Capitalismo rosa: cómo el mercado se apropió de la lucha LGTBIQ

Las personas LGTBIQ llevan décadas protestando contra la discriminación. Sin embargo, las marcas que posan con la bandera arcoíris les han quitado protagonismo. El Día Internacional del Orgullo sigue visibilizando al colectivo, pero su mercantilización banaliza el movimiento y expulsa a cada vez más miembros.
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Capitalismo rosa: cómo el mercado se apropió de la lucha LGTBIQ
Fuente: Shane (Pexels)

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Como cada mes de junio, las banderas arcoíris vuelven a llenar las calles, comercios, productos y redes sociales. Bajo el pretexto de visibilizar la discriminación que sufren las personas del colectivo LGTBIQ, empresas e instituciones usan la lucha del movimiento para obtener beneficios económicos y políticos. En el caso de las empresas, más frecuente, este fenómeno se conoce como capitalismo rosa o arcoíris. 

Sin embargo, esta reivindicación superficial no se lleva a la práctica. Hoy en día los actos sexuales entre adultos del mismo sexo son un crimen en 62 países, mientras que el matrimonio igualitario es legal en menos de cuarenta. En la Unión Europea, el 19% de los hombres y el 17% de las mujeres LGB sufrieron discriminación en sus lugares de trabajo en 2023, un porcentaje mayor entre hombres (35%) y mujeres trans (43%). En Estados Unidos, el 22% de los adultos LGTBIQ vive en la pobreza, y la realidad se agrava entre adultos trans y mujeres cis bisexuales (29%), adultos trans afroamericanos (40%) y latinos (45%). Mientras tanto, la mercantilización del colectivo le está ganando terreno a una lucha que lleva décadas.

De los disturbios al consumismo

La propia lucha del colectivo LGTBIQ ha estado vinculada a lo comercial. El Día Internacional del Orgullo se celebra el 28 de junio en recuerdo de los disturbios de Stonewall en Estados Unidos. En aquella madrugada de 1969, la policía de Nueva York llevó a cabo una de sus redadas habituales en el Stonewall Inn, un local nocturno frecuentado por personas del colectivo. La policía registró a los clientes y fueron a detener a varias mujeres trans por su vestimenta. Sin embargo, varias personas como Marsha P. Johnson y Sylvia Rivera, dos mujeres trans racializadas, decidieron defenderse. El resto de clientes se sumaron al levantamiento, arrojando objetos a la policía, y la protesta duró varios días. Un año después, la gente volvió al Stonewall Inn a conmemorar el primer movimiento por la lucha del colectivo LGTBIQ.

El Stonewall Inn es un ejemplo de cómo los bares y locales de ocio han sido espacios de resistencia para el colectivo LGTBIQ. Son lugares que permiten encontrar una comunidad y apoyo, además de construir relaciones diferentes a la dinámica típica cisheterosexual. Como las clases medias y altas se reunían en casas y hoteles, este tipo de locales quedaba para las personas del colectivo de clase baja, racializadas, con expresión de género no conforme y sin hogar. Como espacios seguros, los bares permitieron crear una identidad colectiva y fortalecer la conciencia política, lo que favoreció la creación del movimiento LGTBIQ. Con todo, muchos bares establecían normas de presentación de género y de segregación racial.

En el momento histórico de Stonewall, el neoliberalismo emergente en Estados Unidos iba de la mano con el conservadurismo, abiertamente homófobo y contrario al colectivo LGTBIQ. Por entonces se expandía un modelo de acumulación capitalista que necesitaba sociedades consumistas en masa. En este contexto, las empresas vieron en grupos de gays y lesbianas un nicho de mercado que explotaron fomentando una identidad comunitaria. Esta identidad se asoció a un consumismo vinculado a modos y expresiones de vida concretos: hogares con dos buenos salarios, casas y hábitos de consumo de calidad; cuerpos normativos y conformes con su género, y frecuentar ciertos locales o consumir elementos culturales específicos.

El acceso al mercado ha visibilizado y reducido la desigualdad de la diversidad sexual y de género. Sin embargo, lo ha hecho cosificando el deseo sexual, la mayor conformidad de género y la segmentación de la comunidad LGTBIQ por ingresos, raza y género. En la práctica, la vinculación de identidad homosexual y consumismo ha homogeneizado el colectivo en torno a hombres blancos cis de clase media o alta. Esto ha expulsado a quienes no encajan con el mercado, como personas racializadas, indígenas, trans o con una expresión de género no conforme, así como personas discapacitadas, ancianas o con bajos ingresos.

LGTBIQ: la apropiación de las siglas

En Europa y América, los comercios enfocados a las contrasexualidades fueron estableciéndose en las mismas zonas. Este proceso normalizó la presencia de personas del colectivo en espacios públicos. Barrios como Chueca en Madrid, Soho en Londres o Marais en París, distritos como El Castro en San Francisco o Hell’s Kitchen en Nueva York o la Zona Rosa en Ciudad de México pasaron a ser habitados por personas LGTBIQ. Con el tiempo se configuraron como lugares de resistencia, seguridad y comunidad. Del mismo modo, se creó un mercado que permitió a consumidores y empresarios crear lugares seguros, mientras que su asociación con el colectivo LGTBIQ y personas marginadas mantenía bajo el precio de la vivienda.

Sin embargo, pronto se popularizó la libertad y diversidad asociada a estos barrios. Los empresarios centraron sus negocios en ese nicho de mercado, pasando a enfocarlos a individuos con mayores ingresos. En las últimas décadas, todo ello ha llevado a una gentrificación que está expulsando a las personas del colectivo y convirtiendo estos barrios en zonas elitistas. Es el caso de Chueca. Tras el franquismo, este barrio pasó a ser una zona degradada de Madrid. Las personas del colectivo se asentaron allí ya que sufrían menos discriminación y los alquileres eran bajos, pero con el tiempo se volvió una zona turística y comercial. Actualmente es uno de los barrios más cosmopolitas y caros de Madrid.

Pero la mercantilización del Orgullo no se limita a estos barrios. Muchas empresas, desde la moda hasta la hostelería, se lucran con la diversidad sexual y el colectivo, capitalizando la identidad LGTBIQ para mostrarse progresistas. Sin embargo, muchas veces también discriminan a trabajadores o clientes del colectivo o apoyan a políticos contrarios al mismo. Por ejemplo, Starbucks contrató en 2020 a un actor trans para un anuncio, y varios empleados trans respondieron denunciando casos de discriminación en su trabajo. Otro caso conocido sucedió en 2014 en España, cuando un vigilante de seguridad de Burger King expulsó de un establecimiento a una pareja gay por besarse. Esta tendencia banaliza la lucha convirtiéndola en simples productos y experiencias, y disuade a las personas de participar en un activismo real.

El dilema del Orgullo

Desde que los clientes del Stonewall Inn se rebelaron el 28 de junio de 1969 contra la violencia policial, cada año en el Día Internacional del Orgullo LGTBIQ se realizan marchas para continuar aquel activismo. En esta jornada, organizaciones LGTBIQ se movilizan para visibilizar el colectivo, y varias marchas se han convertido en grandes eventos a nivel estatal. Sin embargo, las empresas también han comprendido la rentabilidad propagandística y económica de participar, por ejemplo, con carrozas esponsorizadas.

La comunidad LGTBIQ está dividida sobre la evolución del Orgullo. Una parte lo ve como un acercamiento de la cultura queer a la sociedad y espacios heteronormativos, y ve necesario que las empresas participen. Por el contrario, otra parte opina que las marchas han perdido su capacidad reivindicativa, centrándose en el turismo y el beneficio económico. Explican también que el Orgullo, como el mercado, se enfoca en un tipo de gay normativizado y no representa a las diferentes identidades del colectivo LGTBIQ. De esta división han surgido en los últimos años marchas alternativas, como el Orgullo Crítico o el Orgullo Vallekano, de carácter interseccional, antirracista y anticapitalista.

Otra controversia son las imágenes que deberían aparecer en el Orgullo. Una parte de la comunidad no está de acuerdo con que aparezcan drag queens o cuerpos y estilos de ropa menos normativos. Lo mismo sucede con instituciones como la policía, que participa en muchas marchas: gran parte del colectivo LGTBIQ se opone debido a su histórica discriminación y violencia contra las personas del colectivo.

Con todo, el Orgullo moderno ha acabado muy lejos de los disturbios de Stonewall. En palabras de la pionera del movimiento Sylvia Rivera, hoy en día está “en deuda con el dólar”. El desarrollo consumista de la identidad LGTBIQ, apropiada por el mercado, expulsa cada día a más personas del colectivo y vacía de significado la lucha del movimiento.

Natalia Ochoa

Toledo, 2000. Estudiante de Relaciones Internacionales y Economía en la Universidad Rey Juan Carlos (URJC). Interesada en la geopolítica, la economía, los movimientos sociales y la cultura.