Don Pelayo, Blas de Lezo, los tercios, los Reyes Católicos, el Gran Capitán, el Regimiento Alcántara… El nacionalismo español vive tiempos de auge y retromanía; de un interés intenso en el pasado que se traduce en libros de historia, divulgación y novela histórica convertidos en superventas que inundan las librerías y llegan hasta los supermercados. Hay figuras y épocas emblemáticas, más tratadas que otras, pero no es difícil encontrar, entre toda esa producción, incursiones en cualquier época y siglo, incluida la prehistoria objeto de las novelas de Antonio Pérez Henares. Con una excepción: el siglo XIX. ¿A qué se debe este desinterés; ese salto de siete leguas que pasa del Imperio a la Guerra Civil?
El siglo de la pérdida
Todos los nacionalismos tienen siempre épocas emblemáticas y algún siglo que nunca existió. Antiguamente, ocurría con el XVIII, que el romanticismo nacionalista consideraba “no español, ajeno y extraño al ser de la nación”, como apunta Tomás Pérez Vejo en España imaginada. Era la centuria de los Borbones y los ilustrados, hombres flemáticos con peluca, defensores de la razón, tras otras que habían sido de los descubridores y los conquistadores de América y las guerras de los Austrias por toda Europa. El chovinismo tradicional —siempre atravesado de retórica patriarcal— encontraba al siglo XVIII afeminado, poco heroico, no épico. Y tal vez eso le ocurre hoy al siglo que empezó resistiéndose a Napoleón y terminó perdiendo los últimos restos imperiales.
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