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Multilateralismo, no te rayes, Trump no te merece

Multilateralismo, no te rayes, Trump no te merece
Fuente: Needpix

En un contexto global caracterizado por desafíos transnacionales como la crisis climática o las migraciones, el multilateralismo no consigue alzar el vuelo. El auge nacionalista, el cuestionamiento del orden liberal y el ascenso de nuevas potencias están detrás de la crisis por las que pasan numerosos foros y organizaciones internacionales en la actualidad.

El mundo está hoy globalizado e hiperconectado hasta tal punto que los Estados son prácticamente incapaces de lidiar con desafíos de índole medioambiental, económica, tecnológica o de seguridad por sí mismos. Por eso, puede resultar paradójico e incluso inoportuno que el multilateralismo —entendido como la cooperación intergubernamental entre varios países— se encuentre en horas bajas. Pero un vistazo sobre determinadas organizaciones regionales así parece constatarlo. 

En América Latina, organizaciones como Mercosur, Unasur o la OEA se encuentran estancadas y fracturadas. La OTAN, según Macron, está en proceso de “muerte cerebral”. La Unión Europea ha comenzado el año con el abandono, por primera vez en la historia, de un Estado miembro, lo que ha servido para evidenciar el auge del euroescepticismo a lo largo y ancho del Viejo Continente. En el mundo árabe, la Liga Árabe o el Consejo de Cooperación del Golfo continúan divididos por las rencillas entre sus miembros y sus distintos alineamientos internacionales. 

Junto a ello, la Organización Mundial del Comercio vive su mayor crisis desde que fuera creada en 1995: se encuentra bloqueada de facto desde el pasado mes de diciembre debido a la decisión de Estados Unidos de no renovar a dos jueces del tribunal de resolución de disputas. Estos bloqueos y desavenencias en el seno de las organizaciones internacionales se trasladan, del mismo modo, a las cumbres y los foros internacionales. Sirvan de ejemplo, por un lado, las profundas discrepancias acaecidas en la última cumbre del G20 o en la del G7 en 2018; y, por otro, la decepcionante Cumbre del Clima celebrada a finales de 2019 en Madrid, en la que, tras extenderse más de lo previsto, los miembros resolvieron sus discrepancias con un acuerdo muy poco ambicioso. 

Desencanto liberal, nacionalismo y unilateralidad

Bien es cierto que los motivos del extendido inmovilismo multilateral varían según el contexto regional y nacional de los países que lo propician, pero en general se pueden extrapolar una serie de causas comunes que tienen que ver con las dinámicas actuales en el sistema internacional. 

En primer lugar, el repunte del autoritarismo en países considerados liberales y el ascenso de los llamados “hombres fuertes” a la cúspide del poder nacional han lastrado la capacidad de las organizaciones internacionales, a menudo vistas con recelo por estos gobernantes por considerar que coartan el potencial y la soberanía nacionales. En relación a ello, el repliegue nacional experimentado en determinados países, ligado al auge del nacionalismo, ha venido acompañado de la recurrencia del unilateralismo y la imprevisibilidad en la esfera internacional. Estados Unidos puede ser considerado el paladín de esta tendencia en los últimos años, como refleja su salida del Acuerdo de París y de la Unesco, entre otros, o el repentino incremento de los aranceles comerciales a determinados países. Pero más allá del gigante norteamericano, en la Unión Europea Hungría es otro Estado que ha recurrido con asiduidad a prácticas unilaterales que en ocasiones chocan con la legalidad europea

Para ampliar: “El aislamiento de Estados Unidos”, Andrea G. Rodríguez en El Orden Mundial, 2018

Precisamente los dirigentes de ambos países, Donald Trump y Viktor Orbán, son dos de los grandes exponentes, junto con el brasileño Jair Bolsonaro, del cada vez más extendido antiglobalismo que ha encontrado su eco en partidos de extrema derecha como Vox en España, la Liga en Italia o la Reagrupación Nacional de Le Pen en Francia. Estos partidos entienden el globalismo como ideología contraria al patriotismo y a la soberanía nacional. El ascenso de esta tendencia no es sino un reflejo del profundo desencanto que una parte de la sociedad, aquella más desfavorecida por la expansión neoliberal de las últimas décadas, experimenta respecto a la globalización. De hecho, estos dirigentes han sido en buena medida aupados por aquellos que se han sentido vulnerables y desprotegidos ante la mayor competencia extranjera y la consecuente decadencia de determinados sectores tradicionales, como la agricultura o la industria

Los principales bloques comerciales del mundo son grandes exponentes de la consolidación del multilateralismo en las últimas décadas.

Los partidos nacionalpopulistas, en su pretendida defensa de la patria, han conseguido canalizar buena parte de este descontento y han respondido de forma reaccionaria y proteccionista al orden global liberal, basado en normas y consensos multilaterales. En la configuración de este orden gestado tras la Segunda Guerra Mundial, mucho ha tenido que ver la proliferación de instituciones internacionales con distinto grado de integración y alcance, particularmente a partir de los noventa. Por ejemplo, la OMC y la UE, en su actual configuración, se fundaron en esa década, momento en el que también se firmaron acuerdos como TLCAN o Mercosur. Pero igual que se vio espoleada por la expansión neoliberal, la tendencia integracionista y desreguladora comenzó a frenarse con la gran recesión de 2008, cuyas consecuencias socioeconómicas transnacionales sembraron la semilla del rechazo a la globalización. 

Para ampliar: “La Europa que no fue”, Astrid Portero en El Orden Mundial, 2018

¿Hacia un nuevo multilateralismo?

Otras de las causas del mal momento que atraviesa el multilateralismo tienen que ver con la cambiante estructura del sistema internacional. El orden liberal fue impulsado principalmente por Estados Unidos y sus aliados en un momento excepcional en las relaciones internacionales en el que Occidente, merced a la caída de la URSS, tuvo vía libre para extender su influencia. El politólogo Francis Fukuyama se refirió a esta coyuntura como “el fin de la historia”, una vez acabadas la luchas ideológicas y triunfado la democracia liberal.  

Sin embargo, ese mundo de pos Guerra Fría hoy se encuentra en plena transformación. El ascenso de potencias como China o Rusia está configurando un escenario geopolítico cada vez más competitivo. En consecuencia, los consensos a nivel intergubernamental se están demostrando cada vez más difíciles de lograr, al mismo tiempo que la polarización de las sociedades hace que los consensos a nivel nacional tampoco sean fáciles de alcanzar. Todo ello ha repercutido en el desfase y la obsolescencia de determinadas organizaciones internacionales como la OTAN, cuyos miembros cada vez coinciden menos en sus visiones estratégicas, no solo entre Europa y Estados Unidos, sino también con Turquía. También la ONU, que este año cumple su septuagésimo quinto aniversario, es objeto de constantes críticas: su jerarquía, heredada de 1945, difícilmente se corresponde con la realidad de la sociedad internacional del siglo XXI. Junto a ello, a medida que aumenta el poder de potencias como China o Rusia, es de esperar que crezca el recelo de Estados Unidos. Ello podría explicar, por ejemplo, la creciente desconfianza de Donald Trump hacia el comercio con el gigante asiático, su inicial veto a Huawei y su exhortación a los países europeos de no aceptar a esta compañía como proveedor del 5G

Para ampliar: “Huawei y la geopolítica del 5G”, Andrea G. Rodríguez en El Orden Mundial, 2019

En los últimos años también ha habido brotes verdes de multilateralidad, aunque son más bien excepciones que confirman las reticencias de los países a la hora de establecer acuerdos integrales. Cabe destacar Asia-Pacífico, donde cinco países —China, Japón, Corea del Sur, Australia y Nueva Zelanda— se unirán a los miembros de ASEAN para formar el mayor acuerdo de libre comercio del mundo en términos de población: la Asociación Económica Integral Regional. Esta iniciativa, lanzada por China, tiene un importante objetivo geopolítico para el gigante asiático, que se servirá del acuerdo para estrechar lazos con países tradicionalmente inclinados a Occidente mientras consolida su área de influencia en una región objeto de pugnas geopolíticas con Estados Unidos, Rusia o la Unión Europea. África es otra excepción: prácticamente la totalidad del continente ha firmado un acuerdo de libre comercio que, si bien es un hito en la integración africana, no resulta muy ambicioso al no profundizar mucho los vínculos ya existentes. 

De este modo, la cooperación multilateral permanente instituida en organizaciones parece un fenómeno en declive. La última década ha dejado paso a una realidad en la que cobran mayor importancia la tradicional cooperación bilateral —cada vez más predominante en el caso de Estados Unidos y comúnmente empleado por China o Rusia—, y la cooperación multilateral puntual, establecida por países con intereses convergentes respecto a fines concretos, como por ejemplo la cooperación entre Irán, Rusia y Turquía en la guerra de Siria o el reciente acuerdo entre Israel, Chipre y Grecia para la construcción de un gasoducto en el Mediterráneo oriental. 

Para ampliar: “El gas natural abre una lucha geopolítica en el Mediterráneo”, Eduardo Saldaña en El Orden Mundial, 2019

Retroceder o huir hacia delante

Si el repliegue nacional de los Estados se acentúa, es probable que vayamos hacia un mundo cada vez más desincronizado, donde coexistan el recelo hacia la cooperación intergubernamental con fenómenos globales, como las nuevas tecnologías, el cambio climático, los flujos migratorios o las redes criminales. Esta tendencia da pocos síntomas de revertirse, a tenor de las cada vez más numerosas barreras de tipo arancelario, físico —en un mundo en el que cada vez hay más muros fronterizos— y virtual, con la amenaza real de que internet se someta a la soberanía de los Estados y se parta en varios pedazos desconectados.

Para ampliar: “Cuando internet se rompa en dos”, Pablo Moral en El Orden Mundial, 2019

Una visión más optimista apunta a que este es un periodo de transición en el que no solo es posible, sino conveniente, reformar las disfuncionalidades del orden internacional para no ahondar en el desfase ya existente. No obstante, ello necesitaría que los que impulsaron este sistema y se beneficiaron en mayor medida de su consolidación, en particular los países occidentales, estuvieran dispuestos a limitar sus propios privilegios en aras de adaptar el sistema al peso económico, geopolítico y demográfico de países y continentes en auge. Desde esta perspectiva, el declive del multilateralismo solo se solucionaría con más y mejor multilateralismo. 

Sin embargo, la falta de determinación para revitalizar el internacionalismo liberal, junto con la polarización a nivel nacional, tampoco han dado muchas razones para la esperanza. Excepcionalmente, la iniciativa informal Alianza por el Multilateralismo ha abierto un resquicio; lanzada en abril de 2019 por Alemania y Francia, tiene por objetivo “proteger y reformar las normas e instituciones internacionales para una mayor efectividad”. Independientemente del éxito que pueda llegar a tener esta iniciativa, demuestra que determinadas democracias liberales tienen ya una mayor concienciación de la necesidad de actuar. De lo contrario, el orden liberal global tal y como lo hemos conocido puede estar condenado al ocaso. 

Para ampliar:“La reforma del Consejo de Seguridad de la ONU”, Fernando Arancón en El Orden Mundial, 2014