Hace unos diez años, la mayoría de las mejores universidades en el mundo árabe estaban en Egipto y el Levante. Hoy en día casi todas están en la península arábiga. Ha sido un cambio radical: monarquías que apenas existían hace cincuenta años se han vuelto líderes regionales en el sector educativo frente a países con mucha más tradición intelectual, como Egipto, Siria, Irak e incluso Líbano. ¿Por qué?
Por un lado, las petromonarquías del Golfo tienen acceso a más financiación, con la que atraen talento extranjero, hacen inversiones millonarias y modernizan sus currículums. Al mismo tiempo, Siria o Irak llevan una década sufriendo las consecuencias de las revueltas árabes de 2011, mientras que en el Golfo sólo Baréin vivió protestas a gran escala. Las guerras civiles, revoluciones, golpes de Estado y la violencia yihadista han provocado pérdida de infraestructuras, financiación y, sobre todo, académicos y estudiantes.
El colapso educativo en países en crisis
En Egipto, por ejemplo, la Universidad Americana del Cairo perdió presupuesto desde el inicio de la revolución en parte por problemas de seguridad y la caída en las matrículas de estudiantes extranjeros. En Líbano, la inestabilidad política, la inseguridad y la crisis financiera han llevado al sistema educativo al borde del colapso. Las universidades apenas reciben financiación pública y se han visto obligadas a despedir profesores y personal administrativo.
Las guerras civiles e insurgencias en otros países han creado dificultades mucho mayores. Libia ha cerrado sus universidades de manera intermitente por la violencia y la destrucción de varios centros: la Jamahiriya Universidad Médica Internacional, por ejemplo, fue ocupada por una filial de Dáesh entre 2014 y 2016. En Irak, más de 20.000 académicos y profesionales han huido del país desde 2013, tras el cierre de ocho universidades en el norte. Dáesh capturó tres de ellas, incluida la segunda institución más importante del país, la Universidad de Mosul. Más de ...