A unas pocas decenas de kilómetros al oeste de Ereván, la capital de Armenia, varias columnas de vapor se elevan hacia el cielo. No se ve un fenómeno igual en todo el Cáucaso, precisamente por el hecho de que no hay ninguna otra central nuclear en toda esta región, a caballo entre Europa y Asia. Incluso la localidad de Metsamor, que da nombre a la planta, tiene ese toque soviético de pueblo pequeño, de colonia, como en su día —y todavía hoy, a su manera— lo tenía Prípiat, el pueblo ucraniano que creció al abrigo de la central de Chernóbil. Es imposible no acordarse del desastre ocurrido en 1986 cuando se miran las gigantescas torres de la central armenia. Sin embargo, por suerte para sus habitantes, el antecedente de referencia no es el ucraniano, sino el japonés.
Existe un miedo sustancial y fundado tanto en Armenia como en los países vecinos a que la central de Metsamor acabe emulando a la de Fukushima. Aunque el Organismo Internacional para la Energía Atómica (OIEA) ha avalado la seguridad de la central armenia, existen indicios que apuntan a ciertas debilidades o, al menos, a que no tiene unos sistemas de seguridad tan desarrollados como sería deseable. Sin embargo, esta cuestión trasciende la mera política medioambiental. Que su reactor continúe hoy fisionando átomos tiene importantes causas económicas, energéticas y, por supuesto, geopolíticas. Hay quien sí está dispuesto a arriesgar, quizá más de la cuenta.
Para ampliar: “Is this place in the shadow of the ‘world’s most dangerous nuclear plant’?”, Kenneth Dickerman en The Washington Post, 2017
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