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Metsamor, una bomba de relojería nuclear

Metsamor, una bomba de relojería nuclear
Central nuclear de Metsamor. Fuente: Adam Jones

La existencia de la central de Metsamor trasciende la mera política medioambiental. Que su reactor continúe hoy fisionando átomos tiene importantes causas económicas, energéticas y, por supuesto, geopolíticas. Hay quien sí está dispuesto a arriesgar, quizá más de la cuenta.

A unas pocas decenas de kilómetros al oeste de Ereván, la capital de Armenia, varias columnas de vapor se elevan hacia el cielo. No se ve un fenómeno igual en todo el Cáucaso, precisamente por el hecho de que no hay ninguna otra central nuclear en toda esta región, a caballo entre Europa y Asia. Incluso la localidad de Metsamor, que da nombre a la planta, tiene ese toque soviético de pueblo pequeño, de colonia, como en su día —y todavía hoy, a su manera— lo tenía Prípiat, el pueblo ucraniano que creció al abrigo de la central de Chernóbil. Es imposible no acordarse del desastre ocurrido en 1986 cuando se miran las gigantescas torres de la central armenia. Sin embargo, por suerte para sus habitantes, el antecedente de referencia no es el ucraniano, sino el japonés.

Existe un miedo sustancial y fundado tanto en Armenia como en los países vecinos a que la central de Metsamor acabe emulando a la de Fukushima. Aunque el Organismo Internacional para la Energía Atómica (OIEA) ha avalado la seguridad de la central armenia, existen indicios que apuntan a ciertas debilidades o, al menos, a que no tiene unos sistemas de seguridad tan desarrollados como sería deseable. Sin embargo, esta cuestión trasciende la mera política medioambiental. Que su reactor continúe hoy fisionando átomos tiene importantes causas económicas, energéticas y, por supuesto, geopolíticas. Hay quien sí está dispuesto a arriesgar, quizá más de la cuenta.

Para ampliar: “Is this place in the shadow of the ‘world’s most dangerous nuclear plant’?”, Kenneth Dickerman en The Washington Post, 2017

Orgullo soviético, salvavidas armenio

Las centrales nucleares siempre fueron motivo de satisfacción soviética. Representaban el progreso y el poderío del bloque comunista en una energía que se consideraba del futuro. A principios de los años ochenta contaban con al menos una decena de centrales nucleares y 26 reactores funcionando. Los planes de la época indicaban que para 1990 habrían ampliado su capacidad energética nuclear a casi medio centenar de reactores solo en su modelo WWER (‘reactor energético de agua-agua’, por sus siglas en inglés). Con todo, como es bien conocido, la catástrofe de Chernóbil en abril de 1986 supuso un serio revés para la energía nuclear mundial en general y la soviética en particular. Los sucesos en Metsamor apenas dos años después llevaron a la élite soviética a ser más conservadora para no repetir los errores del pasado. El descrédito y los costes habrían sido inasumibles.

A media mañana del 7 de diciembre de 1988, el noroeste de Armenia tembló. Un sismo de 7,2 en la escala Richter sacudió el pueblo de Spitak y provocó cerca de 50.000 víctimas mortales. Más al sur, en Ereván —y, por tanto, en Metsamor—, el terremoto se sintió con una magnitud de 6,1. Temiendo que nuevos temblores pudiesen causar una fisura en la estructura o daños en los sistemas, desde Moscú se ordenó el cierre de ambos reactores, que quedaron apagados por el tiempo que la URSS siguió viva.

Cuando Armenia nació, estaba envuelta en una crisis de proporciones similares a la del resto de ex repúblicas soviéticas, con el añadido de que también se encontraba en guerra con su vecina Azerbaiyán por el Alto Karabaj. El suministro de energía era, por tanto, un elemento indispensable para que el país pudiese seguir adelante. Por si fuera poco, el país estaba prácticamente aislado; su frontera con Turquía estaba clausurada desde 1993 y en la de Azerbaiyán hubo guerra hasta 1994 y luego un conflicto congelado. La única salida era echar mano de Rusia —que a inicios de los noventa tampoco estaba en su mejor momento— o buscar cierta autosuficiencia. Y en este punto reaparece Metsamor.

El Gobierno armenio decidió en 1995 poner en marcha uno de los dos reactores —el más moderno— para reforzar la independencia energética del país. Aunque una central nuclear no supusiese demasiada diferencia en la URSS, en un país tan pequeño como Armenia y con una demanda energética reducida, la reapertura del reactor ha supuesto que desde entonces entre un tercio y un 40% de la energía que consume el país provenga de allí.

Esto no supondría un riesgo latente en la zona si los movimientos sísmicos funcionasen por designio humano o con un interruptor. Lamentablemente, la geología no atiende a razones y el peligro sísmico sigue siendo evidente en el Cáucaso, donde la placa iránica limita con la euroasiática. Es por ello cuestión de tiempo que un terremoto afecte en mayor o menor medida a la central.

La central nuclear de Metsamor es otro problema añadido a la ya delicada geopolítica del Cáucaso.

Renovarse o Rusia

El reactor de Metsamor debería haber cerrado en 2016; era la vida útil que en principio tenía. Sin embargo, el Gobierno, avalado por la OIEA, ha extendido su uso una década más, hasta 2026. El beneplácito de la organización que se encarga de supervisar la seguridad de las centrales del mundo debería ser suficiente para calmar los ánimos, pero no es así. Aunque está diseñada para soportar terremotos fuertes, la central carece de otros sistemas de seguridad obligatorios en los estándares occidentales, aunque no estén en zonas sísmicas. La línea entre un suceso y el desastre es más fina en Metsamor que en muchas otras centrales de la zona.

Para ampliar: “Armenia Debates Shift Away From Nuclear Power”, Oksana Musaelyan en Eurasianet, 2017

Las alternativas no son mucho mejores, menos todavía cuando el país está tan atado energéticamente a una única fuente de generación. Mantener la central es caro para Armenia, pero tampoco dispone de otras fuentes energéticas no renovables como para virar —su vecino y enemigo Azerbaiyán tiene ingentes cantidades de gas natural—, y, aunque se han planteado construir una nueva central nuclear más moderna, la factura por el momento es completamente inasumible para el país. La otra opción es apostar por las renovables, una opción energéticamente inteligente a largo plazo, pero que no resuelve en el corto el desmantelamiento de Metsamor y, por tanto, la amenaza. Además, Rusia, aliado clave de Armenia en la región, no ve con buenos ojos una transición energética armenia hacia la renovables. Dado que Moscú es el suministrador de uranio de Ereván —Kazajistán, país en la órbita rusa, es el principal productor de uranio del mundo—, temen que la desnuclearización armenia debilite sus lazos y, por extensión, la proyección rusa en el Cáucaso.

Una solución práctica y factible para todas las partes no parece estar por hoy en el horizonte caucásico. Mientras llega 2026, solo cabe esperar que el suelo de la región se mantenga tranquilo.

Para ampliar“La energía nuclear rusa, clave de liderazgo geopolítico”, Ricardo Lenoir-Grand en El Orden Mundial, 2017