Reparto colonial de África en 1914

Cartografía Geopolítica África

El reparto colonial de África en 1914

Descripción del mapa

En 1914, año de inicio de la Primera Guerra Mundial, en África solo había dos territorios políticamente independientes: Liberia y Etiopía. El resto eran colonias de distintas metrópolis europeas. Reino Unido y Francia eran las grandes potencias que controlaban el continente, mientras que potencias secundarias como Bélgica, Portugal, Italia, Alemania o España poseían un número más reducido de colonias, que a menudo eran utilizadas como territorio tapón para evitar rencillas francobritánicas. Sin embargo, esto simplemente era el resultado de un largo proceso donde se mezclaban la geopolítica con los intereses económicos.

La colonización africana había comenzado en el siglo XV, cuando las coronas de Castilla y Portugal se empezaron a expandir por los archipiélagos de Macaronesia (Canarias, Madeira o Cabo Verde) y a establecer fuertes y factorías comerciales en la costa del Magreb. Aunque esta primera fase colonizadora tendría poco que ver con la que veríamos siglos más tarde.

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El descubrimiento de una ruta a las riquezas de India rodeando África hizo que las compañías de comercio y navegación europeas establecieran nuevas bases en las costas africanas. El primero fue Portugal, que se extendió por Santo Tomé y Príncipe, Fernando Poo —luego cedida a España—, Angola, Mozambique o Zanzíbar; al que le siguió los Países Bajos —Colonia del Cabo, hoy en Sudáfrica—, Francia e Inglaterra. Estas factorías serán la base de la posterior expansión por el interior del continente.

En el siglo XIX el norte de África permanecía en gran medida bajo control otomano, aunque poco a poco fueron expulsados por Francia y Reino Unido, que conformaron importantes colonias o protectorados en Argelia y Egipto, respectivamente. Mientras tanto, en el sur del continente el Reino Unido se había hecho con la Colonia del Cabo, bajo control neerlandés, tras el Congreso de Viena en 1815. Los bóeres —descendientes de los colonos neerlandeses y hugonotes franceses— fundaron nuevas repúblicas huyendo del control británico. El Imperio británico no toleró estos nuevos Estados y tras las Guerras de los Bóeres se los anexionó, dando lugar al germen de Sudáfrica.

El legado del Imperio británico

En esta situación empezó el reparto de África. El impulso a la carrera colonizadora fue dado por Leopoldo II de Bélgica, que sin ningún territorio en el continente y sin apoyo de sus ministros se lanzó a crear un imperio colonial personal en la cuenca del río Congo en 1876. La inmensidad de sus dominios en el centro del continente africano llevaron a un conjunto de reclamaciones del resto de potencias ya instaladas en las costas a las que se sumarían las recién unificadas Italia y Alemania.

El reparto quedó institucionalizado a finales del siglo XIX. En la Conferencia de Berlín, celebrada entre 1884 y 1885, las principales potencias europeas, que ansiaban ampliar sus colonias africanas, acordaron un reparto para evitar que una disputa colonial pudiese desembocar en un conflicto a gran escala también en el continente europeo. Mientras el Reino Unido ansiaba unas colonias en África de norte a sur que pudiesen conectar El Cairo (Egipto) con Ciudad del Cabo (Sudáfrica), Francia buscaba un imperio colonial de este a oeste. Ambos deseos eran incompatibles. La propuesta alemana pretendía hacer compatibles los proyectos de Londres y París con las pulsiones imperialistas de potencias secundarias en Europa, que en un intento de subirse al tren del colonialismo también buscaban controlar algunos territorios en África. La solución más práctica era sentarse y repartir los territorios.

Los caprichos fronterizos de África

Ninguna metrópoli salió plenamente satisfecha, pero tampoco salieron disgustadas. El objetivo principal era evitar que tanto Francia como Reino Unido gozasen de grandes continuos territoriales, por lo que para evitar esto, Alemania, Portugal o Bélgica vieron caer en sus manos territorios que hacían de tapón en las posesiones francesas o británicas. El ya mencionado Congo belga, en el centro del continente, es el ejemplo por excelencia, aunque también se puede comprobar esta premisa en el África Oriental Alemana, actuales Tanzania, Ruanda y Burundi.

Este reparto, sin embargo, no duró demasiado. Con el estallido de la Gran Guerra en 1914, las posesiones alemanas fueron conquistadas por británicos, franceses y sudafricanos. Al finalizar la contienda en 1918 estos territorios, que antes dependían de Berlín, pasaron a manos de sus conquistadores: Togo y Camerún para Francia, Burundi y Ruanda para Bélgica, Tanzania para el Reino Unido y Namibia para Sudáfrica.

La colonización de África (1815-2015)

Los siguientes cambios fronterizos ya se darían en el contexto —previo o posterior— de la Segunda Guerra Mundial: en 1935 Italia invadió Etiopía para crear una gran colonia en el oriente africano —algo que ya había intentado en 1895 y que se saldó con una humillante derrota—, y una década después ya habría perdido todos los territorios, que pasaron a manos británicas y etíopes.

Con todo, las fronteras que se podían observar en 1914 son muy similares a las que se pueden ver hoy. Durante las décadas de descolonización, en la segunda mitad del siglo XX, los recién nacidos Estados africanos llegaron al compromiso de no cuestionar las fronteras heredadas de la época colonial. Esta imposición arbitraria, aparentemente sin sentido, evitaba abrir un problema todavía mayor como era tener que repensar y rediseñar todas y cada una de las fronteras de los países africanos, algo que seguramente habría llevado a innumerables conflictos y disputas.

La descolonización de África

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