Los Juegos Olímpicos de Invierno de Pekín son los primeros que comienzan sin un solo copo de nieve natural. China no pudo mover montañas para garantizar las condiciones climáticas necesarias, pero la operación que llevó a cabo para cubrir de blanco los alrededores de su capital también es difícil de creer: desvió agua de un embalse, inundó el lecho de un río seco y reubicó a cientos de familias de agricultores.
No fue un plan improvisado. Pekín no suele sufrir fuertes nevadas –la primera gran nevada ha ocurrido cuando ya se llevaba una semana de competición– y nada parecía indicar que 2022 fuera a ser diferente, así que las autoridades chinas ya explicaron su alternativa al Comité Olímpico Internacional, que no tuvo muchos problemas en aceptar alternativas a la nieve natural. En realidad, muchas ediciones de los Juegos de Invierno ya habían dependido en gran medida de los cañones de nieve —incluidas las de Pieonchang, Sochi y Vancouver, las tres últimas— y lo cierto es que comienza a ser complicado desarrollar deportes de invierno sin nieve artificial.
El cambio climático es el culpable. El calentamiento global provoca que la nieve sea cada vez menos frecuentes, y que, cuando cae, tarde menos en descongelarse. En las diecinueve ciudades que han albergado los Juegos Olímpicos de Invierno desde 1950, por ejemplo, la temperatura media durante el mes de febrero es hoy 2,67 °C más elevada que hace setenta años. Pekín, sin ir más lejos, ha sufrido un aumento de cinco grados en este periodo, y registró su febrero más caluroso el pasado año.
Pero gracias a la nieve artificial la temperatura o la ausencia de copos han dejado de ser un problema. De hecho, el clima de las sedes escogidas para los Juegos de Invierno tiende a ser cada vez más cálido, tal y como se desprende del análisis de los datos de Climate Central. Entre 1950 y 2020, la temperatura media en febrero de las ciudades elegidas fue de -3,8 °C, pero desde los Juegos de Turín en 2006 ya ha habido hasta tres sedes con temperaturas medias durante el mes de febrero bastante por encima de los 0ºC, un hecho que se volverá a repetir en 2026 en Milán-Cortina d’Ampezzo.
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Otra cosa es el impacto medioambiental de la producción masiva de nieve. China en concreto ha utilizado cerca de un millón de metros cúbicos de agua, el equivalente a 400 piscinas olímpicas, en una zona donde las reservas de agua dulce son de 135.000 litros por habitante, igual que en Níger. Además, hasta el 35% del agua empleada se desperdicia, ya sea porque se evapora antes de que llegue a cristalizar, se la lleva el viento o se filtra a la tierra, mientras que las pistas de esquí artificiales pueden erosionar el suelo y degradar la vegetación.
Más allá de la falta de nieve, el cambio climático también puede comprometer la seguridad de los deportes de invierno al aire libre de élite, como demostró un estudio de la Universidad de Waterloo. Teniendo en cuenta cuatro condiciones que 339 atletas y entrenadores encuestados identificaron como inseguras o injustas —lluvia, nieve húmeda, cobertura de nieve fina y temperaturas inaceptables—, los investigadores llegaron a la conclusión de que solo nueve de las veintiún ciudades anfitrionas hasta la fecha podrían volver a albergar los Juegos de forma segura en 2050 y ocho en 2080. Y todo ello en un escenario de bajas emisiones en el que se consigan alcanzar los objetivos marcados en el Acuerdo de París. En un escenario de altas emisiones, el número de ciudades confiables descendería hasta las cuatro para 2050 y tan solo una, Sapporo (Japón), para 2080.