Con las elecciones al Elíseo a la vuelta de la esquina, el debate sobre la inmigración ha vuelto a activarse en Francia. La extrema derecha, representada por Marine Le Pen y Éric Zemmour, es la principal interesada en avivar una discusión en la que ha conseguido imponer su marco teórico y que obliga a posicionarse a dirigentes de todos los colores políticos.
En la derecha, la inmigración ha dado lugar a una espiral xenófoba en la que ningún aspirante quiere quedarse arrinconado. Tanto es así que Valérie Pécresse, la candidata de Los Republicanos, no duda en atacar a los musulmanes y hablar también del «gran reemplazo», la teoría conspirativa sobre la que Zemmour construye gran parte de su discurso y que defiende que las sociedad blanca cristiana europea está siendo reemplazada intencionadamente por migrantes de otras minorías étnicas, especialmente árabes.
La izquierda, que acude una vez más fragmentada a las elecciones, directamente no cuenta con una política sólida y estable en este sentido, y por lo normal intenta evitar el debate. En medio, el centrista Emmanuel Macron trata de hacer valer su equidistancia, aunque en los últimos años ha protagonizado igualmente un giro a la derecha en cuestiones migratorias para frenar la fuga de votos hacia las opciones más radicales. Ejemplo de ello es la guerra que declaró el presidente francés al islamismo radical a finales de 2020.
Con todo, el peso que tiene la inmigración en la población francesa es ligeramente menor al de los países del entorno. Según el Institut National de la Statistique et des Étude Économiques (INSEE), que entiende por migrantes a aquellos que han nacido en el extranjero, en 2021 este grupo abarcaba 6,96 millones de personas, el 10,3% de la población —el 21,7% si se tienen en cuenta los descendientes de migrantes—. Y si se utilizan datos de Eurostat, más útiles para la comparación europea y que parten de una definición más amplia —individuos nacidos en el extranjero—, esa proporción asciende al 12,8%, por detrás del 18,2% alemán, el 17,9% belga, el 15,2% español o el 14% neerlandés.
El debate en Francia, eso sí, suele centrarse en el 46% de esos casi siete millones de migrantes: los africanos. La mayoría musulmanes provenientes de Argelia, Marruecos y Túnez, constituyen el colectivo sobre el que la extrema derecha vierte sus ataques, a los que acusa de no integrarse y construir grupúsculos paralelos con riesgo de radicalizarse dentro de la sociedad francesa. El propio Macron, con su lucha contra el «separatismo islamista», también contribuye a la aceptación de esta creencia. En consecuencia, los africanos son los que más discriminación sufren. Un ejemplo es la tasa de desempleo, un 15,9% en el caso de esta minoría étnica y que desciende al 13% si se tiene en cuenta a todos los migrantes, al 12% para los migrantes de segunda generación y al 7,5% para los franceses sin historial migratorio.
En este sentido, según una encuesta de Ipsos publicada en 2019, un 65% de la población francesa piensa que acoger inmigrantes no mejora la situación del país y otro 45% que priva a los franceses de ciertos servicios sociales. Además, un 54% considera que los nativos deberían tener prioridad en la asignación de un puesto de trabajo.
En cuanto a la historia de la inmigración en Francia, el flujo de llegadas comenzó a crecer con la llegada de la Revolución Industrial en el siglo XIX y se disparó en el periodo de entreguerras, cuando multitud de españoles e italianos hicieron las maletas para satisfacer las necesidades de mano de obra de una industria francesa en expansión y la agricultura. Después de la Segunda Guerra Mundial y la cascada de procesos de descolonización, Argelia y posteriormente el resto de países de Magreb empezaron a concentrar la mayor parte de llegadas, aunque también hubo oleadas puntuales como la española —que alimentó principalmente la industria del automóvil y la siderurgia— o la portuguesa durante la década de 1960.
A partir de 1974, sin embargo, en un contexto económico en deterioro, se frenó la inmigración laboral y se desarrolló la agrupación familiar. Desde entonces, el flujo de mujeres extranjeras no ha parado de aumentar hasta superar la inmigración masculina —en 2021 protagonizaron el 52% de las llegadas—. Por regiones, la región de Isla de Francia, donde se ubica París, ha sido el polo migratorio del país, hasta el punto de que en la actualidad la inmigración supone el 20% de la población local y el 38,2% de la población inmigrante nacional.