Si alguna vez escuchas es un restaurante que alguien pide una Nabucodonosor probablemente pienses que se trate de la última creación vanguardista del chef o que el cliente se ha equivocado de lugar. Pero no saques conclusiones precipitadas: por muy raro que suene, Nabucodonosor es el nombre que reciben las botellas de vino de 15 litros. Y lo mismo pasa con Jeroboam, Baltasar o Melquisedec, la denominación de los envases de 3, 12 y 30 litros, respectivamente.
Es un patrón que se repite en todas las botellas de 3 litros o más de vino: sus nombres hacen referencia a reyes bíblicos y profetas de los antiguos territorios de Israel, Judea, Asiria y Babilonia, o lo que es lo mismo, a personalidades destacadas de la Media Luna Fértil o Creciente Fértil, una región histórica que se extendía por el Levante mediterráneo, Mesopotamia y Persia —en la actualidad Israel, Jordania, Líbano, Palestina, Siria, Irak, Kuwait, el sudeste de Turquía y noreste de Egipto—.
Es precisamente en esta zona, en las cuencas del Éufrates, el Tigris, el Nilo y el Jordán, donde se originó la revolución neolítica, es decir, donde surgieron las primeras civilizaciones que dejaron atrás la vida nómada para construir núcleos de población con economías productoras basadas en la agricultura y la ganadería. La Media Luna Fértil es también el lugar de nacimiento de la escritura, la rueda, el cristal y, cómo no, del vino.
Por esta razón, varios miles de años después, en 1795, el fundador de la cristalería real de Burdeos Pierre Mitchell fabricó una botella de vino de gran tamaño que fue bautizada con el nombre de Jeroboam, el primer monarca del Reino de Israel del norte en el siglo X antes de Cristo. Su intención no era sino rendir homenaje a los orígenes del vino y a la cuna de la civilización occidental, aportar «contexto y grandeza», en palabras de Luis Baselga, metre y sumiller del restaurante Smoked Room del Grupo Dani García.
Según explica Baselga, la creación de la primera Jeroboam coincide con el surgimiento de la necesidad de crear nuevos envases para transportar el vino que se consumía en los convites de la aristocracia bordelesa. Y el vidrio, cuyas técnicas de fabricación ya permitían elaborar botellas más alargadas que resistieran la presión del gas carbónico, se comenzó a convertir en la opción favorita de los cristaleros. Al principio, eso sí, todos lo hacían de forma artesanal, ya que no fue hasta el año 1821 cuando una compañía de Bristol patentó una forma mecánica de elaborar botellas.
El resto de nombres fue surgiendo de una manera espontánea, en sintonía con la Jeroboam pero en su mayoría sin un inventor claro. De esta manera, el homenaje a las civilizaciones que comenzaron a fermentar la uva continuó y poco a poco fue cogiendo forma una clasificación internacional que pasó de generación en generación y de bodega en bodega hasta llegar a nuestros días.
En cuanto a la botella estándar, la de 750 mililitros, su uso preferencial quedó establecido por las Comunidades Europeas en 1970 y pronto el resto de países adoptaron la misma medida como unidad de referencia. La elección de ese tamaño, sin embargo, se remonta varios siglos más atrás, concretamente a la Europa medieval, cuando el galón inglés era la unidad básica del comercio internacional y se optó por las botellas de 750 mililitros, su quinta parte, como forma ideal de transportar y almacenar el vino.







