La frontera entre Estados Unidos y México es una de más amplias y transitadas del mundo. Transcurre desde el océano Pacifico hasta el golfo de México, atravesando por el camino el extenso desierto de Sonora antes de seguir el curso del río Bravo. Su mitad occidental, sin embargo, fue trazada con líneas rectas sobre el mapa, sin barreras naturales ni accidentes que separasen ambos países. Al menos así fue hasta finales del siglo XX, cuando Estados Unidos comenzó a construir un muro para aislarse de su vecino sureño.
En 1845 Estados Unidos estaba en plena expansión y logró anexionarse Texas, que hasta entonces había formado parte de México. La nueva frontera de ambos países pasó entonces a situarse en el río Bravo (o Grande para los estadounidenses), aunque la conquista del Oeste no terminó ahí. El joven país norteamericano siguió expandiéndose a costa de México, a quien impuso una larga frontera dibujada con escuadra y cartabón en una zona árida y poco poblada.
Con el tiempo, este espacio, estable durante décadas, se fue convirtiendo en una zona de contrabando y tráfico de drogas, pero también en un importante nexo económico y en una ruta para cientos de miles de migrantes que trataban de alcanzar el país norteamericano. Aunque la construcción de pasos fronterizos y vallas ya era habitual en las primeras décadas del siglo XX, fue a mediados de los noventa, con la administración Clinton, cuando la política migratoria se endureció hasta el extremo y pasó a estar dominada por la construcción de muros, obstáculos y barreras.
El muro fronterizo con México se ha convertido de esta forma en la nueva Gran Muralla, un intento de poner puertas al campo que no funcionó para los chinos pese a su inmenso coste y los muchos años de construcción. De hecho, gran parte del nuevo «muro» norteamericano ni siquiera es una barrera continua, sino varios tramos inconexos salpicados de vallas de alambre, paneles de chapa o acero, barreras para vehículos o simples espicas en el desierto. Mientras, solo junto a las principales ciudades y ejes viarios el muro toma su mediático aspecto de paredes de hormigón y acero de entre 5,5 y 9,1 metros de altura.
Pese a que el muro fronterizo entre Estados Unidos y México empezó a construirse hace más de un cuarto de siglo, fue la presidencia de Donald Trump la que le dio el mayor impulso y fama. No obstante, ni siquiera él logró construir un muro que recorriese toda la frontera. Su coste es inasumible incluso para la mayor economía del mundo, por lo que las barreras solo se han terminado levantado en los tramos más sensibles. De los 3.140 kilómetros de frontera, apenas un tercio tiene algún tipo de barrera.
Así, la política real tras la construcción del gigantesco muro no es realmente impedir la entrada de migrantes o contrabando, sino dificultarla y servir de medida disuasoria, llevando a miles de personas hacia rutas más peligrosas. Su éxito es difícil de calcular, pero la llegada de migrantes a través de México no se ha detenido y 10.000 personas se han dejado la vida en las nuevas rutas desde que se empezó a construir el muro.
Finalizar el muro es una tarea complicada, y no solo por el inmenso coste económico: el trazado de la frontera entre México y Estados Unidos atraviesa numerosas propiedades privadas y reservas indias que no están dispuestos a ceder sus terrenos al Gobierno para continuar la construcción del muro, especialmente en Texas.







