Si por algo se ha caracterizado la historia reciente de Tailandia, desde que en 1932 dejara atrás la monarquía absoluta para pasar a una constitucional, ha sido por la inestabilidad política. Más de una quincena de golpes militares y diecinueve constituciones nacionales diferentes lo atestiguan. Y es que, tras los avances democráticos implementados en la década de los noventa, la entrada del nuevo siglo sumió al país en la confrontación más profunda, una división que aún está muy presente a lo largo y ancho de Tailandia.
Thaksin Shinawatra, un conocido empresario multimillonario, accedió democráticamente al poder en 2001 y cuatro años después consiguió revalidar su mandato, algo inédito en la política tailandesa. Thaksin llevó a cabo medidas redistributivas que le hicieron ganarse la confianza del electorado rural, sobre todo del norte y este tailandés, las zonas históricamente olvidadas por la rica Bangkok y con dinámicas comerciales —el gran río Mekong tiene mucho que ver—, culturales e ideológicas más próximas al vecino Laos. A pesar de ello, pronto el Gobierno de Thaksin se vio envuelto en escándalos de nepotismo y corrupción, y la dureza con la que reprimió las insurrecciones de musulmanes en el sur del país, así como su feroz lucha contra el tráfico de drogas, lo colocaron en el centro de la indignación popular.
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