En 1853, Rusia aprovechó el reconocimiento que le había dado el Imperio otomano como guardián de los cristianos ortodoxos de Moldavia y Valaquia —los llamados principados del Danubio— para ocupar dichos territorios, un movimiento que daría inicio a la guerra de Crimea (1853-1856). Cerca de un siglo después, en 1939, el ejército soviético marchó al oeste y cruzó la frontera con Polonia para proteger a los ucranianos y bielorrusos que vivián en la parte este del país, ya que su seguridad estaba en entredicho por el colapso del Estado polaco, siempre según la propaganda de Moscú. Esa agresión —unida también a la invasión polaca nazi— acabaría desatando el mayor conflicto bélico de la historia.
La justificación de la reciente invasión rusa de Ucrania no supone ningún giro de guion: "salvar a la gente del sufrimiento del genocidio es la principal razón, motivo, y propósito de la operación militar", esgrimió Vladímir Putin en marzo de 2022. La retórica rusa sobre la memoria histórica, su esfera de influencia y sus derechos territoriales es una estrategia burda y evidente para levantar una cortina de humo en torno a sus violaciones del derecho internacional y dar cobertura a su máquina del fango propagandístico.
Pese a esto, la estrategia no se limita a un oportunismo meramente coyuntural. La autoridad que trata de proyectar el Kremlin en su entorno es al mismo tiempo un reflejo de sus complejos, miedos y vaivenes fronterizos a lo largo de dos siglos frenéticos, una muestra de que el país más grande del mundo nunca ha gozado de estabilidad en sus fronteras.
Según los datos de Correlates of War, un proyecto académico creado en 1963 por el politólogo norteamericano J. David Singer, Rusia suma hasta 85 cambios territoriales desde 1817, el año posterior al Congreso de Viena y el fin de la era napoleónica. El ataque a Ucrania se puede leer como una respuesta a la humillación que supone para Putin el balance acumulado: en dos siglos, Rusia ha perdido 3,4 millones de kilómetros c...