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Por fin, el pasado 27 de mayo los colombianos pudieron elegir a su presidente. Cerca de 19 millones de personas —un 53% del censo, todo un récord de participación en Colombia— se acercaron a las urnas para definir el destino del país durante los próximos cuatro años. Sin embargo, cosas de los sistemas presidenciales a dos vueltas, el 27 de mayo no hubo un ganador, sino dos. Ningún candidato logró más del 50% de los votos —el más cercano se quedó a once puntos— y la campaña continúa.
Iván Duque, el hijo pródigo del uribismo, y Gustavo Petro, el inesperado candidato de izquierdas, siguen en la carrera. Aunque todos saben que al próximo presidente lo elegirán los votos de Sergio Fajardo y su Coalición Colombia. ¿Por qué? Pues porque Fajardo, con un 23,73% y unos 4,5 millones de votos, quedó tercero. Los autodenominados centristas tienen la llave de la Casa de Nariño y los dos candidatos supervivientes ya han adaptado su discurso al nuevo elector. Duque repite en televisión y radio el mensaje fajardista de la importancia de la educación y Petro aprovecha cualquier ocasión para recordar que solo él es ese candidato independiente, enemigo del establishment y la corrupción, que tanto gusta a los electores de Coalición Colombia.
Sin Fajardo, paradojas de la política, son sus ideas las que ahora dominan buena parte del debate, e incluso, en su afán por conquistar el centro, tan amigo del pacto y el consenso, los candidatos matizan o se deshacen de sus propuestas más polémicas. Petro ha cambiado la constituyente por “un gran acuerdo” en el Congreso y Duque intenta no hablar demasiado de su propuesta de reforma del sistema judicial.
Los equipos de campaña se esfuerzan, aunque duquistas y petristas se han encontrado con un problema: Fajardo y los suyos están más pendientes de mantener la Coalición Colombia para las regionales de 2019 que de jugar a poner presidente. Sus 4,5 millones de votos les pueden dar unas cuantas alegrías el año que viene y no quieren forzar lo interno po...
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