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Bailar con el ataúd: el negocio tras los funerales tradicionales en África

Bailar con el ataúd: el negocio tras los funerales tradicionales en África
Fuente: elaboración propia.

En África, la muerte es una ocasión para celebrar la vida de los difuntos. Aunque cada etnia tiene distintos rituales, es popular contratar a porteadores bailarines para el ataúd o invitar a cientos de personas a una fiesta hasta altas horas de la noche. No obstante, estos actos sociales se han convertido en una gran carga para los bolsillos de las familias pobres y en un peligro para la salud en tiempos de enfermedades infecciosas.

Seis hombres negros vestidos de esmoquin y con gafas de sol bailan cargando con un ataúd, revolcándose por el suelo haciendo la cucaracha y agitando pañuelos. Este vídeo, acompañado de música electrónica de fondo, se ha popularizado en todo el mundo a través de las redes sociales en plena pandemia de coronavirus. Pero no se trata de una parodia: es un funeral real celebrado en Ghana. Los que bailan son porteadores profesionales y participan en un ritual funerario. 

La de los porteadores es una modalidad popular sobre todo en África occidental, en países como Ghana y Nigeria, pero no es la única manera festiva de despedir a un difunto y honrar su vida. Las diferentes tribus y culturas africanas tienen sus rituales funerarios, y no todas lo hacen llorando, de luto y en silencio como es habitual en las culturas occidentales. En cualquier caso, los funerales se han convertido en todo un acto social y pueden llegar a costar el salario entero de un año.

Una despedida festiva

En todo el continente africano hay alrededor de 3.000 grupos étnicos de religiones, tradiciones y ritos distintos. Además, en cada país conviven multitud de pueblos diferentes, unidos o separados por los europeos tras el reparto colonial de finales del siglo XIX. En la mayoría de las comunidades la muerte no significa el fin, sino un cambio de vida que continúa en otro estado distinto a caballo entre el mundo visible y el invisible. El fallecido se traslada a un lugar físico, una concepción de la muerte muy alejada de la disyuntiva entre cielo e infierno que hace el cristianismo, por ejemplo. Ese es el origen del concepto de los ancestros, antepasados que son el vínculo entre ambos mundos y a los que hay que honrar con ofrendas. De ahí la importancia de darle al fallecido un funeral a la altura que permita una transición suave al nuevo mundo.

Para ampliar: “Los caprichos fronterizos de África”, Fernando Arancón en El Orden Mundial, 2015

Ciertas etnias creen también en la reencarnación tanto en personas como en animales. Aunque proviene del hinduísmo, en África esta creencia difiere en que la reencarnación sí es bienvenida, potenciada y recibida con alegría, y no como una condena. Por ejemplo, los líderes zulúes, en el sur del continente, utilizan serpientes para predecir el futuro, mientras que los xhosa, en Sudáfrica, suelen sacrificar a un buey o una vaca. Estos animales son respetados y considerados poderosos, por lo que se espera ayudarán al difunto a convertirse en un ancestro o en la reencarnación. Además, entre algunos grupos como los xhosa, el cadáver debe ser transportado a su lugar de origen para reunirse con su comunidad y poder así tener el alma en armonía, como ocurrió con el difunto presidente de Sudáfrica, Nelson Mandela, que era xhosa y fue enterrado en su aldea natal.

La mayoría musulmana del norte del continente tiene por costumbre enterrar rápido a sus difuntos, el mismo día a ser posible. Sin embargo, aquellos que atienden la vigilia —en su gran mayoría hombres, ya que las mujeres y niños tienen normalmente prohibido atender a funerales— están invitados a una comida en los días posteriores al entierro. Los festivales culinarios, los bailes y los rituales que se prolongan durante días incluso son comunes en la mayoría de las etnias, aunque con excepciones: si el difunto era joven, la pérdida es considerada una desgracia y la despedida consiste en un sencillo entierro con los invitados vestidos de negro. 

En todo caso, los rituales funerarios han ido evolucionando con el paso de los años y se han convertido en un acto social que simboliza el estatus de una persona o familia, con lo que los funerales cada vez son más multitudinarios, caros y extragavantes.

El negocio de unos rituales adaptados a la modernidad

El vídeo de los porteadores de féretros que se ha popularizado es de la empresa de Benjamin Aidoo, un ghanés que creó su empresa en 2007 y cuenta con cien trabajadores. Su labor, asegura, es hacer feliz a la gente, así que ensayan coreografías para impresionar a los invitados. También son populares las plañideras, profesionales que lloran al difunto. Esta larga tradición es clave para dar una impresión de pomposidad y generar empatía entre los asistentes para que ayuden con dinero a la familia del fallecido.

Otra costumbre al alza es personalizar el féretro para que simbolice la vida del difunto: con forma de pez para un pescador, de avión para un piloto o de teléfono móvil para un técnico de reparación, entre otras opciones. En ocasiones el cuerpo del fallecido incluso se muestra sin féretro, colocado en una posición simbólica como sentado si era un líder tribal o atado a un poste de electricidad para recordar que era electricista.

Ataúdes personalizados en Ghana.  Fuente: David Stanley

Lo más importante es honrar la vida del difunto y celebrarla con alegría. En la comunidad luo de Kenia las celebraciones duran una semana y empiezan con una fiesta conocida como disco matanga. Estas fiestas se celebran la misma noche de la muerte, pues se considera el momento crucial para asegurar el paso al nuevo mundo. Lo que se correspondería con la visita al tanatorio entre los luo es una celebración alegre, con música y bailes hasta altas horas de la madrugada.

Llevados al extremo, estos rituales han provocado que el coste de los funerales se dispare y suponga una importante carga económica para las familias, especialmente a las más pobres. El funerario es un negocio al alza que incluye coste del féretro, el embalsamador y los enterradores, a los que se pueden sumar porteadores o plañideras, el catering de comida, música si se va a celebrar una fiesta esa noche y demás.

Dependiendo del nivel económico del difunto los funerales son más pomposos o menos, pero estos acaban afectando seriamente a la economía familiar. En Sudáfrica se gasta de media un 40% de los ingresos de un hogar al año en funerales. En Ghana, donde el salario medio es de 50 dólares al mes, el servicio más básico de porteadores puede costar 140€  y un féretro personalizado hasta 550€; un funeral completo llega a ascender hasta 15.000$. En Sudáfrica, un entierro medio cuesta 3.300€, y para la comunidad xhosa sacrificar una vaca puede suponer 300€, a los que se añade la comida para la celebración, que asciende de media a otros 250€. En Kenia, según un estudio realizado en 2013, el 63% de los hogares en zonas rurales que cayeron al umbral de la pobreza citaron el alto coste de los funerales como una de las principales razones.

Dado que la gran mayoría de familias no pueden asumir este coste de golpe, las aseguradoras de funerales también están al alza. Tan solo en Sudáfrica hay 39 empresas de este tipo con tarifas de entre doce y cincuenta euros al mes; el negocio de la muerte en este país tiene un valor de 700 millones de dólares. En todo África, ya se estimaba en 2013 que el sector de los seguros de vida —en el que se incluyen los funerales— supondría dos tercios del crecimiento total de los seguros hasta 2020, un total de 24.000 millones de euros. El elevado coste de algunos funerales y su pomposidad generan controversia, pues hay quien considera que se tergiversa el significado original y que suponen una carga económica innecesaria

Para ampliar: “Adónde migran los africanos”, Pablo Moral en El Orden Mundial, 2018

Propagación de enfermedades

Por si el gasto fuera poco, los populares funerales se están convirtiendo en un peligro para la salud, especialmente en lugares afectados por enfermedades infecciosas. Estos rituales son fiestas multitudinarias donde se comparten abrazos, lloros, bailes y hasta comida, en los que, además, se está en contacto con un cadáver, todo ello factores que facilitan el contagio.

Durante la epidemia de ébola que sufrió África occidental entre 2014 y 2016 se descubrió que los rituales tradicionales, incluido el lavado del cadáver, ayudaron a propagar la enfermedad con rapidez. En Kisumu, la localidad con mayor población luo en Kenia, se descubrió en 2009 que las disco matanga eran uno de los mayores vectores de contagio por VIH, con una prevalencia de casi un 20% en hombres y un 30% en mujeres. Los jóvenes se conocen en estas fiestas y pueden llegar a tener sexo, a menudo sin protección, lo que dispara el riesgo de contagio.

Estos casos han alertado a varios Gobiernos africanos, que han reaccionado para reducir el número de asistentes a funerales durante la pandemia de coronavirus. En algunos países, como en República Democrática del Congo, se ha prohibido cualquier tipo de funeral, mientras que en Kenia han optado por limitar los asistentes a un máximo de diez. Esto ha afectado al sector funerario y algunas empresas ahora ofrecen una retransmisión en directo de los funerales para que familiares y amigos puedan estar presentes, aunque de manera virtual. Las medidas de protección también tienen un impacto sociocultural, pues muchos sienten preocupación de que no celebrar los funerales de forma tradicional suponga una falta de respeto al muerto, así como un varapalo para la reputación familiar.

A pesar de que los funerales se han reducido momentáneamente a causa de la pandemia, el negocio de los entierros pomposos crece en África. Basados en tradiciones ancestrales, los rituales de despedida son considerados actos sociales imprescindibles para honrar la vida de sus muertos, facilitar su paso a un nuevo mundo y mostrar el estatus de la familia. Hay muchas maneras distintas de celebrar un funeral alrededor del mundo, pero si tú murieras siendo ghanés, probablemente bailarían sobre tu tumba vestidos de esmoquin mientras se dan un festín para celebrar tu vida.

Para ampliar: “El mundo sí tenía prevista una pandemia, pero no actuó para evitarla”, Fernando Arancón en El Orden Mundial, 2020