Le faltó tiempo al primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, para afirmar, tras la victoria de su compatriota Netta en el escenario de Lisboa, que la edición de Eurovisión en mayo de 2019 se celebraría en Jerusalén y no en Tel Aviv —donde se ha celebrado en las otras dos ocasiones en las que Israel ha ganado el certamen—. Una canción contra el acoso se volvía el broche perfecto en su estrategia para legitimar la capitalidad de Jerusalén dentro del Estado de Israel, amparada por el traslado allí de la embajada estadounidense que había ordenado Donald Trump por aquellas mismas fechas.
Para ampliar: “Un mayo exitoso para el Gobierno israelí”, Blas Moreno en El Orden Mundial, 2018
Un año después Jerusalén no verá celebrar ningún festival y será Tel Aviv la que acoja Eurovisión —ya que tampoco existe ninguna obligación de celebrar el certamen en la capital del país—. Netanyahu pecó, como suele pasar tantas veces, de dar por hecho que el plan sobre el papel se plasmaría sin cambios sobre la realidad. Sin embargo, una fuerte campaña internacional contra la celebración del certamen en Jerusalén en la que tuvo que intervenir la propia organizadora del festival, la Unión Europea de Radiodifusión —poco dada a involucrarse en situaciones políticas de este perfil—, hizo temer a Netanyahu poder acabar perdiendo la celebración o que se produjeran ausencias notables, lo cual daría una imagen bastante negativa del país, un lujo que Israel no se puede permitir.
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