Los rusos no quieren ir a la guerra. Después de que Putin anunciara la “movilización parcial” de 300.000 reservistas para contrarrestar los avances ucranianos, miles de ciudadanos han huído del país. Algunos por aire, agotando y disparando los precios de los billetes de avión a Turquía y Armenia durante meses; otros por tierra, colapsando la frontera con Georgia, por donde han llegado a pasar 10.000 rusos al día. Se calcula que entre 200.000 y 250.000 han abandonado Rusia. Sin embargo, no todos en Europa están dispuestos a recibirlos.
Estonia, Letonia, Lituania y Polonia han cerrado sus fronteras y otros como Finlandia o la República Checa se inclinan a hacerlo. El presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, lleva meses instando a la UE a prohibir la entrada a los rusos, y Bruselas ha respondido endureciendo las condiciones de entrada a su territorio poco antes del anuncio de movilización. No obstante, cerrar Europa a la migración rusa puede traer más desventajas que beneficios.
Los rusos ya tienen difícil huir a Europa
La Unión Europea ya está favoreciendo la restricción a la llegada de rusos, incluso cuando no hay consenso entre los Veintisiete. El propio presidente del Consejo Europeo, Charles Michel, ha defendido que la UE debe abrirse a acoger a aquellos que no quieren ser instrumentalizados por el Kremlin, y Gobiernos como el alemán pretenden hacer excepciones por cuestiones humanitarias.
Además, existe un debate legal sobre si huir de la movilización es motivo suficiente para obtener asilo. Su concesión depende de las leyes de cada país y busca proteger a personas perseguidas por motivos de etnia, religión, nacionalidad, pertenencia a un grupo social u opiniones políticas. Con todo, aunque no se reconociera el asilo a quienes no quieren participar en la guerra, restringir fronteras también supone un obstáculo para quienes sí merezcan protección por otras razones, como los opositores políticos a Putin. Dado que el estatus de refugiado se debe s...