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El espacio exterior ha sido el último reducto de colaboración entre Rusia y Estados Unidos desde que estalló la guerra de Ucrania en 2022. Una cooperación tensa que ahora enfrenta los problemas de seguridad de la Estación Espacial Internacional (EEI): la NASA alertó a mediados de noviembre del riesgo de un “fallo catastrófico” debido a las fugas de aire en uno de los módulos rusos. Este escenario daría un final mucho más dramático al planeado para la Estación, cuyo cierre está fijado en 2030, y que amenazaría las comunicaciones en la Tierra, el futuro de la exploración espacial y la economía de la órbita terrestre.
La decadencia de la EEI es un signo de estos tiempos. Construida en 1998 gracias a la colaboración entre Rusia y Occidente, es uno de los mayores éxitos del multilateralismo optimista sucesor de la Guerra Fría. Hoy en día las tensiones con Rusia, el auge de potencias como China y la relevancia geopolítica de figuras como Elon Musk también se han trasladado al espacio. El ecosistema espacial es complejo y competitivo, lo que aumenta el riesgo de conflictos y agrava sus impactos. Sin embargo, la EEI sigue siendo un ejemplo de la relevancia del diálogo en las relaciones internacionales. Más aún cuando afecta al futuro del planeta.
Los riesgos de la decadencia rusa
El final de la EEI es un plan anunciado. El proyecto ya había extendido su vida útil más de los quince años previstos en su inauguración en el año 2000, pero no fue hasta 2022 que la NASA fijó su caducidad en 2030. La invasión rusa de Ucrania acabó con cualquier plan de continuar la colaboración ruso-estadounidense por otras vías. Sólo cinco meses después de la invasión, la agencia espacial rusa Roscosmos anunció que cesaría su participación en la EEI en 2024 para centrarse en construir su propia estación, un límite que luego amplió a 2028.
Aunque Rusia se ha comprometido a cumplir con sus obligaciones en la EEI y los cosmonautas rusos y astronautas estadounidenses conviven con normalidad, los problemas entre agencias son cada vez más evidentes. Las recientes brechas de seguridad son prueba de ello. Mientras la NASA elevó en abril el nivel de riesgo al máximo, Roscosmos le quita importancia y niega esas probabilidades para un fallo catastrófico. Esa diferencia de criterios puede entorpecer el trabajo para asegurar la Estación y proteger a sus ocupantes. Más aún teniendo en cuenta que partes vitales para el buen funcionamiento de la EEI, como los sistemas de propulsión, dependen de la agencia rusa.
Además del desgaste de la EEI, estos problemas evidencian la decadencia de Roscosmos. Su presupuesto anual en 2018 ya era seis veces inferior al de la NASA y tres veces menor al de CNSA china, a lo que se sumaron recortes del 16% en 2022. La agencia rusa se ha quedado muy atrás en la carrera por las estrellas. Su relevancia se reducía a la presencia en la EEI y a la colaboración en proyectos como ExoMars, que exploraba la presencia de vida en Marte, pero fue cancelada por la Agencia Espacial Europea debido a la invasión de Ucrania. Además, Estados Unidos ha disminuido la dependencia de las naves rusas Soyuz, durante años las únicas que llevaban astronautas y cosmonautas a la EEI, gracias a los transbordadores de la compañía SpaceX. Los problemas rusos en el espacio podrían verse como una ventaja para otras agencias, pero en realidad pueden poner en peligro el futuro espacial en su conjunto.
Más empresas y agencias
El futuro de la geopolítica espacial sigue dos líneas complementarias: la privatización y la competición entre Estados Unidos y China. Lo primero lo evidencian empresas como SpaceX, Axiom Space o Blue Origin, que ya se han convertido en colaboradores indispensables para las principales agencias y también desarrollan proyectos en solitario. Lo segundo se refleja en hitos espaciales de China, como el primer alunizaje de una sonda en la cara oculta de la Luna en 2019, y en la respuesta de la NASA. Se trata de dos ambiciosos programas de exploración espacial: la misión Artemisa para volver a mandar humanos a la Luna y lograr ese objetivo en Marte en la década de 2030. China también tiene el objetivo de alunizar a sus propios astronautas antes de ese año.
Otro atractivo rincón del espacio es la órbita baja de la Tierra. Esa franja exterior a menos de mil kilómetros de la superficie tiene potencial para la expansión de las telecomunicaciones, la investigación o el comercio. El gran ejemplo de las posibilidades que presenta esta región es SpaceX: su red de satélites Starlink provee de internet a quienes contraten sus servicios y prueba, una vez más, la influencia de Elon Musk en la carrera espacial. Empresas como las estadounidenses Blue Origin, Nanoracks, Northrop Grumman o la china Geespace también están desarrollando estaciones y satélites privados en la región, y tanto Washington como Pekín favorecen la idea de generar una economía de órbita baja.
Pero no sólo las empresas están llenando el cielo nocturno. La NASA también está tejiendo alianzas con otras agencias. Además de aliados clásicos como la Agencia Espacial Europea o Japón, la NASA colabora con los programas emergentes de Corea del Sur, Emiratos Árabes Unidos o Brasil, que ya son parte de Artemisa. Esta combinación de actores públicos y privados deja un ecosistema espacial diverso, pero también con gran cantidad de satélites, proyectos, naves y estaciones. Aunque esa competición ha favorecido el interés por el espacio, también plantea retos para afrontar desafíos comunes, como la conflictividad, los accidentes o la sostenibilidad.
El multilateralismo sigue siendo necesario
Los problemas de la EEI no tienen por qué ir a más, pero si lo hacen pueden suponer un problema para la exploración espacial. Primero por los riesgos para la vida de sus astronautas y cosmonautas, pero también por la gestión de los restos de sus módulos o de toda su infraestructura. Los planes para desmantelar la Estación incluyen reconvertir y aprovechar algunos módulos en otras estaciones espaciales. La NASA planea construir varias estaciones público-privadas junto con Axiom Space, y lo mismo estaría en los planes de Roscosmos con sus propios módulos. El resto de la EEI se estrellará de forma controlada en el Punto Nemo, el lugar más alejado de la tierra firme de todo el planeta y un habitual cementerio espacial.
De haber algún problema antes de 2030, los restos de la EEI podrían precipitarse sobre la Tierra sin control, impactando sobre tierra firme o zonas pobladas. Aunque muchos se desintegrarían en la atmósfera, podrían poner en riesgo zonas habitadas, campos o infraestructuras clave. Es todavía más preocupante la nube de restos y basura espacial que dejaría la Estación, que podrían dañar incluso otras infraestructuras estratégicas, como satélites de telecomunicaciones. El problema sería mayor considerando los miles de satélites, activos e inactivos, y las toneladas de basura espacial que ya pueblan la órbita terrestre y los millones que se proyecta que pueblen la órbita baja en los próximos años. Un fallo catastrófico en una infraestructura de la EEI pondría en riesgo tanto a esos satélites, como a varias misiones espaciales, las telecomunicaciones globales y otros puntos de la superficie.
El colapso de la EEI es un escenario extremo, pero eso no implica que se puedan dar otros problemas similares. De hecho, el pasado junio sus tripulantes ya tuvieron que refugiarse ante la lluvia de restos a la deriva provocada por la explosión de un satélite ruso. Con un espacio cada vez más abarrotado, la competición exacerbada y la cooperación interesada no pueden ser la única vía para la carrera espacial. Tal y como sucedió en la Guerra Fría, los países tendrán que sentarse para delimitar unas reglas comunes y colaborar para lograr un espacio más seguro. Un multilateralismo que allanará el camino para la carrera que tanto ansían y que podría replicarse en tierra firme.