El pasado 2 de febrero, la prestigiosa revista The Lancet dio el visto bueno a los resultados de la vacuna rusa Sputnik V en fase 3, en la que habían participado casi 20.000 voluntarios. Los resultados fueron de un 91,6% de efectividad contra los síntomas de la covid-19, muy cerca de la vacuna de Pfizer-BioNTech, empresas estadounidense y alemana, pese a que la metodología para medir la efectividad de la vacuna rusa era menos favorable.
Tras la publicación de los resultados, muchos países se han apresurado a registrar la vacuna rusa. Rusia ha cerrado acuerdos para su distribución con países iberoamericanos como Argentina, Brasil, México, Bolivia o Venezuela, en su vecindario, en Oriente Próximo, en mercados asiáticos tan importantes como el de India e incluso con Hungría, miembro de la Unión Europea. Esto supone una victoria política, diplomática, científica y comercial con la que Rusia apenas podía soñar comienzos de 2020.
Sputnik V: la vacuna efectiva más cuestionada
Rusia registró para uso interno la primera vacuna contra el coronavirus del mundo, bautizada Sputnik V, el 11 de agosto de 2020. La vacuna se desarrolló en el Centro de Investigaciones Epidemiológicas y Microbiología Gamaleya, dependiente del Ministerio de Salud ruso. El logro fue anunciado personalmente por el presidente Vladímir Putin, y el nombre tampoco fue una cuestión baladí: Sputnik es ‘satélite’ en ruso, y Sputnik I fue el primer satélite que la Unión Soviética puso en órbita en 1957, que le supuso ganar esa etapa de la carrera espacial. La v deriva de vacuna.
El nombre se escogió para evocar la imagen de Rusia como potencia y proyectar poder en el exterior. Moscú tenía esperanzas de que la vacuna se convirtiera en un nuevo hito que sustentase la narrativa del poderío militar, político y científico ruso. Sin embargo, que se aprobase incluso antes de que concluyeran los últimos estudios clínicos también la politizó. De hecho, cuando se aprobó, la Sputnik V no era de las vacunas más avanza...