Meses antes de la invasión de Ucrania, en noviembre de 2021, el director de la CIA, William Burns, avisó al Kremlin de que Washington sabía lo que estaban planeando los rusos. El viaje a Moscú no se ocultó. Entonces Burns ya se perfilaba como uno de los cerebros de la estrategia estadounidense que vendría después. Primer diplomático de carrera al frente de la CIA y durante años destinado en Rusia, Burns conoce bien el país, sus servicios de inteligencia y a su presidente, Vladímir Putin. Y ese es, en parte, el secreto de su éxito, basado en anular la ventaja que da el secreto.
Estados Unidos y sus aliados han tratado de truncar los planes rusos con una táctica nueva: hacerlos públicos. El régimen ruso está liderado por exagentes que siguen el antiguo manual del KGB. Frente a esas directrices clásicas, Occidente ha respondido divulgando grandes cantidades de información sobre las intenciones y movimientos rusos, obtenida además gracias a fuentes abiertas como redes sociales e imágenes de satélites comerciales. En Ucrania la guerra ha dejado de ser para viejos espías.
El mundo esperaba la invasión
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