Cuatro elecciones que marcarán el futuro de España

España tiene cuatro citas electorales en un mes: legislativas el 28 de abril y municipales, regionales y europeas el 26 de mayo. Y a todas ellas llega en una situación tan impredecible como inédita, marcada por la crisis territorial en Cataluña y el auge de la extrema derecha.
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Cuatro elecciones que marcarán el futuro de España
El toro de Osborne. Fuente: Luis Miguel Castro (Flickr)

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A mediados de mayo de 2011, miles de españoles salieron a la calle clamando contra la corrupción y contra un sistema bipartidista, dominado por conservadores y socialdemócratas, que parecía monolítico. Fue el movimiento 15M, que prendió también en otras partes del mundo. En aquel momento, el duopolio político en España comenzó a resquebrajarse y probablemente nadie de quienes entonces se manifestaban podía anticipar la ruptura que se venía encima. Ocho años después, el panorama no podría haber cambiado más: al menos cuatro partidos se disputan el poder político a escala nacional —ninguno de ellos con una primacía clara—, la inestabilidad se ha vuelto la norma y el debate público se ha empobrecido por la polarización y la lógica de vivir en una campaña electoral constante.

La España de la marmota

De unos años a esta parte, la agenda política española se ha convertido en una selección bastante limitada y predecible de temas. La corrupción —en sus múltiples formas y protagonistas—, la crisis independentista en Cataluña y el auge de nuevas formaciones políticas han conformado buena parte de los discursos y las tertulias una y otra vez. Las elecciones que encara España estos meses no son una excepción.

El problema territorial en Cataluña sigue siendo el principal tema de la agenda política. La cuestión, absolutamente enquistada, no tiene perspectivas de resolución por las posiciones de máximos que mantienen buena parte de los partidos políticos implicados y que hacen imposible cualquier tipo de negociación o acercamiento. Por un lado, los partidos independentistas —Esquerra Republicana en la izquierda y el Partido Demócrata Europeo Catalán en la derecha— mantienen su apuesta por la independencia a pesar de ser, en multitud de aspectos, un camino inviable o en su defecto abogan por un referéndum de independencia que, para ser convocado legalmente, requiere una reforma de la Constitución, para lo que no existe la mayoría parlamentaria necesaria. Por el otro, los partidos de derechas —Ciudadanos, de corte liberal; el Partido Popular, de perfil conservador, y el recién llegado Vox, con tintes ultraderechistas— han exigido y aplicado la mano dura contra el independentismo catalán y su Gobierno autonómico, desde la detención de líderes políticos hasta la interrupción de la autonomía catalana. Por medio han quedado los partidos de la izquierda española —Partido Socialista y Podemos—, sin un plan definido para desatascar la situación y sin demasiado margen de maniobra.

Para rematar la situación, las legislativas de abril se darán con el llamado “juicio del procés, todavía abierto, en el que se está juzgando a políticos catalanes que participaron en el conato independentista por cargos que abarcan desde el delito de rebelión —previsiblemente con poco recorrido— hasta malversación de fondos públicos para financiar el referéndum de independencia —sin validez legal— del 1 de octubre de 2017, una acusación frente a la que los procesados pueden tenerlo más complicado. Con todo, este juicio también se ha convertido en un símbolo: el independentismo argumenta que la sentencia está dictada de antemano por un sistema judicial al servicio del poder político; en los partidos no independentistas —con la salvedad de Podemos, más favorable a un posible referéndum— pretende servir para demostrar la independencia judicial española y a su vez poner fuera de juego a personalidades relevantes del independentismo.

Para ampliar: “Las cuentas pendientes de la democracia en España”, Fernando Arancón en El Orden Mundial, 2018

La peor cara de esta crisis territorial es que ha sido activamente alimentada por partidos de uno y otro lado. Las lógicas de la polarización se han convertido en rentables herramientas para la movilización electoral y en ingentes graneros de votos. A mayor tensión, mayor rédito por parte de las formaciones independentistas y de derecha españolas al fomentar una contraposición al otro que quiere destruir su ideal nacional —sea una Cataluña independiente o una España unida—.

La crisis en Cataluña también ha resultado útil para numerosas formaciones de cara a tapar sus numerosos escándalos de corrupción. España es, dentro de Europa occidental, uno de los países con mayor percepción de corrupción.

Precisamente en este escenario —más bien como consecuencia de él— ha surgido la segunda clave de esta tanda electoral: el auge de Vox. La formación, ultraconservadora en lo social y ultraliberal en lo económico, irrumpió en las regionales de Andalucía del pasado mes de diciembre como quinta fuerza y llave para un Gobierno del Partido Popular, con lo que desbancaba al Partido Socialista, que llevaba todo el período democrático —cuatro décadas ininterrumpidas— en el poder.

Su fórmula no es novedosa y sigue los patrones que ya han marcado otras formaciones nacionalpopulistas europeos durante estos años, desde el Frente Nacional —actualmente Agrupación Nacional— en Francia al Fidesz en Hungría. Sus propuestas y discursos han estado orientados a temas susceptibles de crear polémica y con potencial para atrapar votantes desafectos con una derecha a la que acusan de tibia, desde una supuesta “invasión de inmigrantes” que no es tal hasta la conculcación de derechos fundamentales de personas LGTB, pasando por una cruzada constante contra el feminismo y una posición abiertamente beligerante en cuanto al conflicto catalán. Aunque muchas de estas propuestas apenas tienen recorrido, han servido para marcarles totalmente la agenda —lo cual es un logro importante para una formación nueva y minoritaria— a los otros partidos de derechas y para acaparar buena parte de la atención mediática. Está por ver qué resultados obtiene esta formación: las encuestas le otorgan en torno a un 10% de los votos, pero podría verse beneficiada de un cuantioso voto oculto.

Para ampliar: “Vox, en busca de aliados europeos”, Arsenio Cuenca en El Orden Mundial, 2019

Este trasvase constante de votos no es reciente. La política española lleva en campaña electoral desde junio de 2018, cuando una moción de censura impulsada por los socialistas desalojó al conservador Mariano Rajoy de la presidencia. De ahí surgió un Gobierno en minoría y políticamente débil al necesitar del apoyo de Podemos y los nacionalistas vascos y catalanes para mantenerse. Fueron estos últimos quienes decidieron bajarse del barco, lo que llevó a los socialistas a convocar elecciones, algo que ocurriría antes o después, ya que la aritmética parlamentaria en España es relativamente fácil de leer. Por ello, desde las primeras semanas de Gobierno, el Partido Socialista ha ido desarrollando distintas medidas de corte social —como la subida del salario mínimo o la ampliación del permiso de paternidad— orientadas, sobre todo, a generar un impacto mediático positivo y ganar capital político para unas elecciones que acabarían llegando.

Dos bloques y un destino

No es sencillo anticipar qué pueden arrojar las urnas a lo largo de los meses de abril y mayo. Además del previsible voto oculto, también existe más de un 40% de votantes indecisos, cuyo comportamiento lleva años tendiendo a resolverse en los últimos días de campaña e incluso durante el propio domingo electoral. Todo ello arroja sondeos y encuestas con amplias horquillas que ofrecen pocas certezas.

Sí sabemos que habrá dos escenarios claves: una mayoría de izquierdas encarnada por el Partido Socialista y Podemos, apoyada por algún partido nacionalista periférico, como el Partido Nacionalista Vasco (PNV), o una mayoría de derechas en un agregado de los diputados de Partido Popular, Ciudadanos y Vox, como ya ha sucedido en Andalucía. No obstante, ninguna de las combinaciones está exenta de costes: una izquierda apoyada por nacionalistas —sobre todo catalanes— refuerza el argumento de la derecha de haberse aliado con independentistas y “separatistas” —una falsa dicotomía que ha sido frecuente estos meses—, a pesar de que, paradójicamente, el PNV ha sido de los partidos que más sentido de Estado ha demostrado en los últimos tiempos.

En la derecha la situación no es mejor. Su hipotético Gobierno dependería del apoyo de Vox, que probablemente condicione su ayuda a la derogación o reforma de determinadas leyes claves en su agenda. El antecedente andaluz lleva a pensar que ni el PP ni Ciudadanos se opondrían a tal apoyo con tal de sacar a la izquierda del Gobierno nacional, una actitud que ha sido ampliamente criticada desde fuera de España por figuras como el antiguo primer ministro de Francia, Manuel Valls —que ahora se presenta a la alcaldía de Barcelona— o The Economist, que reprochó a los liberales de Ciudadanos vetar a los socialdemócratas y no a los nacionalpopulistas para posibilitar un Gobierno.

Para ampliar: “Refundaciones, nuevos actores y posibles alianzas: la derecha política en España”, Arsenio Cuenca en El Orden Mundial, 2019

Pero, de nuevo, las matemáticas mandan. Las encuestas no dan como probable una mayoría de ninguno de los dos bloques; ambos necesitarían el apoyo —o el permiso— de terceras formaciones, nacionalistas o regionalistas, para lograr un Gobierno con mayoría absoluta en primera votación o mayoría simple —más síes que noes— en segunda vuelta. Si ninguno consigue apoyo suficiente, iríamos a una repetición electoral, como ya ocurriese entre 2015 y 2016.

Un histórico de voto en España todavía muestra el bipartidismo imperante hasta hace poco. Ese efecto poco a poco se diluye y los feudos electorales se vuelven más inestables.

Cabe esperar que la hipotética formación de un Gobierno en España se alargue hasta el mes de junio. El motivo es que los comicios regionales y locales de mayo —que se unen a las europeas— servirán para corregir o refrendar los resultados de abril, con el añadido de que este segundo domingo electoral puede utilizarse para intercambiar apoyos locales y regionales por cooperación en el Parlamento.

De lo que no cabe duda es de que España vive un clima político nunca visto en el país y que en muchos aspectos se ha vuelto nocivo para la salud democrática. Los debates se han empobrecido y han transitado hacia una política de trincheras con buenos y malos, una negativa constante al diálogo o proyectos en común y clima de creciente desinformación. El resultado solo puede ser la polarización y un hartazgo cada vez mayor de la política.

Echando una mirada al pasado, el momento actual es llamativo: hace cuatro años el clima era distinto, con dos nuevos partidos en alza, nuevas perspectivas en política —que han acabado en casi nada— y una ciudadanía relativamente interesada y activa. A veces se hace complicado no caer en el mito de que cualquier tiempo pasado fue mejor.

Fernando Arancón

Madrid, 1992. Director de El Orden Mundial. Graduado en Relaciones Internacionales por la UCM. Máster en Inteligencia Económica en la UAM. Especialista y apasionado de la geopolítica.