En uno de los episodios de la segunda temporada de la serie Big Little Lies, una niña se desmaya en medio de una clase en su colegio. La menor no ha podido manejar la presión que le supone que su profesor les hable del cambio climático, de cuánta agua es necesaria para la producción de salchichas y cuántas duchas podría darse alguien con esa cantidad de agua. Aunque pueda parecer ficción, el aumento de casos de ansiedad y otros trastornos relacionados con el cambio climático provocó que la Asociación Americana de Psicología publicara en marzo de 2017 un estudio sobre el impacto del cambio climático en la salud mental, acompañado de una guía para gestionar la ansiedad que genera esta amenaza.
En la misma línea, la Asociación Médica Australiana declaró en septiembre que el cambio climático se ha convertido en una emergencia sanitaria, no solamente por las muertes que se producen como consecuencias del mismo, sino también por los efectos directos e indirectos que esta amenaza tiene sobre la salud mental de las personas. Fenómenos como las catástrofes atmosféricas o el desplazamiento forzado por el clima puede tener efectos graves en la salud mental de la sociedad. La ecoansiedad parece ser una patología de los tiempos que corren, y la impresión de que las acciones individuales no son suficientes para revertir la situación solamente aumenta la preocupación colectiva. Y ello a pesar de que la red se está llenando de consejos para contribuir a cambiar las cosas, como reducir el número de vuelos, lo que ya está consiguiendo desinflar el tráfico aéreo en Suecia.
Para ampliar: “¿Hay que dejar de volar para frenar el cambio climático”, Teresa Romero en El Orden Mundial, 2019
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