Quedan menos de seis meses para que los votantes decidan si le dan cuatro años más en la Casa Blanca a Donald Trump. El presidente esperaba llegar al 3 de noviembre presumiendo de la excelente marcha de la economía, pero el boom se ha esfumado junto con los más de 90.000 estadounidenses que han fallecido por coronavirus. Ahora todo indica que el enfrentamiento entre Trump y el demócrata Joe Biden será más bien un referéndum sobre la gestión que ha hecho el presidente de la covid-19.
Por extraño que parezca, la pandemia no ha cambiado mucho la opinión de los estadounidense sobre Trump, ni a mejor ni a peor. Su nivel de aprobación es estable: en términos generales, los votantes ya tenían clara su opinión sobre él y el coronavirus no la ha cambiado. Esto quiere decir que mantiene sus detractores, pero también su base: goza de un apoyo muy mayoritario entre los republicanos, los votantes blancos sin educación superior, los mayores y los que viven en zonas rurales. Sin embargo, la clave es que las elecciones presidenciales no se deciden a nivel nacional, sino en los estados.
El éxito de Trump en 2016, cuando ganó las elecciones presidenciales con tres millones de votos menos que Hillary Clinton, se debió a que sus votantes tenían una distribución geográfica mucho más eficiente. El presidente perdió California y sus 55 votos electorales porque su rival obtuvo allí cuatro millones de votos más que él. Sin embargo, Trump se hizo con la Casa Blanca gracias a los 46 votos electorales de Míchigan, Wisconsin y Pensilvania, que consiguió con apenas 80.000 votos de diferencia. La fórmula ganadora del presidente es muy ajustada.
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