En apenas dos semanas en noviembre de 2020, Centroamérica fue azotada por los huracanes Eta e Iota, ambos de categoría 4. Los vientos huracanados vinieron acompañados de lluvias torrenciales que causaron inundaciones, hundimientos y deslizamientos de tierra. Los dos ciclones siguieron una trayectoria similar: tocaron tierra en la costa noreste de Nicaragua, siguieron su recorrido atravesando Honduras por la parte oeste del país y bordearon Guatemala y El Salvador antes de salir del istmo centroamericano cruzando Belice en dirección a Cuba y Florida.
Las cuentas no salen
Eta e Iota causaron 235 muertes, afectaron aproximadamente a seis millones de personas y desplazaron a más de medio millón. También provocaron graves daños en la infraestructura, destruyendo viviendas, carreteras y puentes, y arrasando grandes extensiones de tierras de cultivo y ganadería. El impacto más grave se produjo en la ciudad de San Pedro Sula, corazón industrial de Honduras, y en las zonas indígenas misquita y garífuna, especialmente castigadas por la pobreza. Se estima que en Honduras y Nicaragua, dos de los países más afectados, los daños ascienden hasta los 2.000 millones y más de 700 millones de dólares, el equivalente a un 8% y un 5,5% de su PIB anual respectivamente.
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