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El último escándalo del presidente de la Federación Española de Fútbol (RFEF), Luis Rubiales, se ha convertido en un fenómeno global. Su beso no consentido a la futbolista de la selección española, Jenni Hermoso, ha copado portadas y editoriales en los medios internacionales. Jugadoras de todo el mundo se han sumado a la campaña #SeAcabó en apoyo a Hermoso, e incluso desde Naciones Unidas y el alcalde de Londres, Sadiq Khan, se han pronunciado a su favor. El caso ha alcanzado tal magnitud que la FIFA ha suspendido a Rubiales de su cargo y la Fiscalía española lo está investigando por un posible delito de agresión sexual.
Pero el presidente de la RFEF no es el único damnificado por su escándalo. También ha perjudicado a España. El caso Rubiales ha dañado la imagen internacional del país, cuya marca en el exterior depende mucho de la cultura y del deporte. Al mismo tiempo, ha alimentado los ataques cruzados entre el Gobierno y la oposición, que están intentando sacar réditos de la situación. Sin embargo, el principal problema para el Estado español es a su vez el menos intuitivo: sus relaciones con Marruecos.
Un Mundial para reconciliarse
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