El último escándalo del presidente de la Federación Española de Fútbol (RFEF), Luis Rubiales, se ha convertido en un fenómeno global. Su beso no consentido a la futbolista de la selección española, Jenni Hermoso, ha copado portadas y editoriales en los medios internacionales. Jugadoras de todo el mundo se han sumado a la campaña #SeAcabó en apoyo a Hermoso, e incluso desde Naciones Unidas y el alcalde de Londres, Sadiq Khan, se han pronunciado a su favor. El caso ha alcanzado tal magnitud que la FIFA ha suspendido a Rubiales de su cargo y la Fiscalía española lo está investigando por un posible delito de agresión sexual.
Pero el presidente de la RFEF no es el único damnificado por su escándalo. También ha perjudicado a España. El caso Rubiales ha dañado la imagen internacional del país, cuya marca en el exterior depende mucho de la cultura y del deporte. Al mismo tiempo, ha alimentado los ataques cruzados entre el Gobierno y la oposición, que están intentando sacar réditos de la situación. Sin embargo, el principal problema para el Estado español es a su vez el menos intuitivo: sus relaciones con Marruecos.
Un Mundial para reconciliarse
Las relaciones entre España y Marruecos han sufrido altibajos en los últimos años. El viaje a España del líder del Frente Polisario, Brahim Gali, desencadenó una crisis diplomática en abril de 2021. El punto álgido de esas tensiones culminó el mes siguiente con la entrada masiva de inmigrantes por Ceuta instigada desde Rabat. Meses después, distintos medios revelaron que los servicios secretos marroquíes habían usado el sistema Pegasus para espiar a miembros del Gobierno español, incluido el presidente, Pedro Sánchez.
Pese a ello, España cedió ante Marruecos para zanjar la situación. En julio de 2021, el Gobierno español cesó a la ministra de Exteriores, Arancha González Laya, y la sustituyó por un perfil promarroquí como José Manuel Albares. Sin embargo, su gran concesión fue reconocer el plan de autonomía marroquí para el Sá...