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Camerún, un conflicto potencial en el África Occidental

Camerún, un conflicto potencial en el África Occidental
Una canoa en un lago camerunés. Fuente: @canonim (Flickr)

Desde hace unos meses, Camerún ha visto cómo vuelve su pasado para poner patas arriba un país que parecía estar avanzando por el buen camino. Detrás de nuevos discursos y nuevos líderes, la herencia de una época que no fue mejor vuelve a golpear la puerta del país africano.

Los enfrentamientos entre las fuerzas gubernamentales y los movimientos separatistas de la que ha sido denominada República de la Ambazonia no han parado de aumentar y comienzan a preocupar a la comunidad internacional. La situación geográfica de la región anglófona hace que un conflicto en sus fronteras sea una amenaza potencial para la estabilidad de todo el golfo de Guinea.

Dos años de tensión

Pese a que la crisis nacional de Camerún saltó a las portadas de muchos diarios internacionales en octubre de 2017, las tensiones entre las regiones anglófonas y el Gobierno central llevaban más de un año. En 2016 las modificaciones del sistema judicial hicieron que en las zonas de tradición británica el modelo jurídico de Derecho anglosajón se empezara a dejar de lado. Esto, junto con la injerencia del modelo francófono en el sistema educativo de las regiones anglófonas, hizo que la comunidad anglófona —la más pobre, pero con más recursos, y el 20% de la población camerunesa— se movilizara y empezara una serie de protestas y huelgas.

Mapa de Camerún. Fuente: Nations Online

Manteniendo un perfil mediático bajo, la respuesta gubernamental consistió en enviar a la policía, llevar a cabo una serie de arrestos y cortar el acceso a internet. Sin embargo, el presidente Biya —uno de los perros viejos de la política africana— decidió ejecutar una serie de concesiones para calmar los ánimos. Demasiado tarde. Durante los meses de represión —finales de 2016 e inicios de 2017—, las fuerzas separatistas tuvieron tiempo —y motivos— para tomar mucha más fuerza y presencia política en las regiones occidentales. Lo que comenzó como un movimiento que reclamaba derechos para la población anglófona había mutado en un beligerante movimiento secesionista.

El 1 de octubre

El 1 de octubre de 2017 fue el día elegido por los movimientos separatistas para dar un paso hacia el objetivo independentista. Durante la celebración de la unificación del Camerún francés y el inglés, los grupos independentistas declararon la República Federal de la Ambazonia: el conflicto entre las regiones occidentales y el Gobierno central había llegado a un nuevo estadio.

Pero no es tan fácil deshacerse de la herencia del pasado. No deja de ser paradójico que, si bien no es la única razón de conflicto, la división que los europeos hicieron del país sea uno de los puntos centrales en el conflicto. De la dominación alemana Camerún pasaría a manos de dos de las potencias ganadoras de la IGM: Francia y Gran Bretaña se dividieron el territorio y lo administraron durante casi cinco décadas.

Conflictos en Camerún y su periferia. Fuente: Crisis Group

El referéndum celebrado en el Camerún británico en 1961, auspiciado por la ONU, puso bajo un mismo Estado a comunidades con sistemas judiciales y administrativos distintos. Esta diferencia se tuvo en cuenta y quedaba, en teoría, respetada dentro del marco de un Estado Federal. En 1972 una nueva Constitución acababa con el sistema federal: la centralidad del Estado fue aumentando, con la consiguiente marginación de la población anglófona. La llegada al poder de Paul Biya en 1982 supuso un fortalecimiento del Estado unitario camerunés. Esto fue visto por los anglohablantes como una traición al referéndum de unificación y generó un rechazo al modelo centralista de inspiración francesa.

La declaración virtual de independencia el 1 de octubre de 2017 fue la gota que colmó el vaso de la paciencia de Biya. La represión durante esos días fue terrible; Crisis Group cifraba la intervención de las fuerzas del orden en al menos 40 muertos y más de 100 heridos en tan solo cinco días. Desde entonces, los enfrentamientos entre los separatistas y el Gobierno han seguido aumentando.

Elecciones y escalada de tensión

Con las elecciones a la vuelta de la esquina y la candidatura de Biya a la reelección —pese a llevar ya 36 años—, lo que se planteaba como una crisis va camino de transformarse en un conflicto armado que derive en una guerra civil. La violencia de cada una de las partes alimenta la ira y la venganza de la otra, un círculo vicioso del que es extremadamente difícil escapar. Según los líderes separatistas, la violencia contra la población ambazoniana es desproporcionada, por lo que la respuesta de sus Fuerzas de Defensa está totalmente legitimada. Por su parte, altos cargos del Ejército camerunés ven intolerable que no se responda con firmeza a la amenaza que suponen estos movimientos y grupos separatistas, que comparan con el terrorismo de Boko Haram.

Para ampliar: “Boko Haram, de la predicación al terrorismo”, Pablo Moral en El Orden Mundial, 2014

Según Amnistía Internacional, el incremento en la violencia de las fuerzas separatistas va de la mano de la militarización de las regiones anglófonas. Se calcula que entre septiembre de 2017 y mayo de 2018 han muerto 44 policías y gendarmes por ataques de grupos secesionistas, a lo que se añade la respuesta violenta de las propias fuerzas de seguridad del Gobierno.

Un peligro potencial en la región

Estos enfrentamientos no son nada en comparación con lo que puede llegar. Una de las razones que ha hecho que la comunidad internacional preste más atención a lo que ocurre en las regiones anglófonas es la repercusión que puede tener en toda la región. La crisis ya ha provocado cerca de 150.000 desplazados internos y unos 20.000 cameruneses han huido a la vecina Nigeria en condiciones extremas.

A la crisis interna hay que sumarle la inestabilidad que rodea al país. En la zona norte, en la frontera con Chad y Nigeria, los combates contra Boko Haram han dejado más de 2.000 muertos en cuatro años, cerca de 240.000 personas se han visto obligadas a abandonar sus hogares y en torno a 90.000 nigerianos se han refugiado en la zona norte de Camerún. Las crisis de Chad y República Centroafricana también afectan al país: de los 543.000 refugiados centroafricanos, cerca de 200.000 están en Camerún.

Zonas de actividad de Boko Haram. Fuente: Geopolitical Atlas

Por ello, la situación en la región anglófona puede suponer una crisis a gran escala en el golfo de Guinea. Hasta la fecha, pese a las crisis internas, Camerún ha funcionado como un lugar de transición entre los conflictos de su periferia, una burbuja que absorbía las consecuencias de las crisis colindantes. Si la crisis ambazoniana no se soluciona y la violencia sigue escalando, se corre el riesgo de que desemboque en un conflicto nacional. El escaso equipamiento de las fuerzas secesionistas las convierte en una amenaza poco real contra el ejército camerunés, entrenado por Washington en la lucha contra Boko Haram. Lo que supone un problema real es la presión que la diáspora, los grupos de oposición al Gobierno y los simpatizantes de la vecina Nigeria pueden plantear. Si canalizan el discurso de los separatistas anglófonos, la crisis puede pasar de un enfrentamiento entre una región y la capital a un conflicto a escala nacional contra el régimen de Biya y el modelo de Estado.

Una cosa queda clara: todos pierden en esta crisis. El Gobierno no ha sabido gestionar una crisis con un trasfondo político y social de calado nacional; la reclamación independentista ha polarizado más a ambos bandos: provocado un fortalecimiento del unionismo entre los francófonos y un mayor apoyo a la independencia entre los anglófonos más moderados. Parece difícil revertir esta situación; la única solución pasa por un diálogo entre todos los actores sobre el modelo de Estado y los problemas de integración que vive el país.

Para ampliar: “112 Camerún”, Wilfred Tassang en El Orden Mundial, 2017