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China empezó a comercializar vehículos eléctricos ya en el siglo XX, en 1999, cuando comenzaron a distribuirse las primeras bicicletas eléctricas a pequeña escala. En aquel momento, el alto coste de los automóviles y la ausencia de restricciones a los coches de gasolina provocó que no se vendieran apenas. Habría que esperar hasta ya entrada la década de los 2000 para observar el surgimiento de los vehículos eléctricos chinos. En 2015, China incluyó los vehículos eléctricos como uno de los 10 puntos principales de su estrategia “Made in China 2025”, otorgando a este sector una relevancia enorme en el desarrollo del país. Para entonces, el Gobierno chino ya se había dado cuenta de los dos grandes problemas que provocaban los vehículos de combustión: la contaminación y la dependencia del combustible externo.
La distribución geográfica de China advierte de la necesidad de un cambio en el modelo de transporte. Por un lado, el gigante asiático no dispone de yacimientos de recursos naturales suficientes para abastecer sus necesidades energéticas —más allá del carbón, que no se emplea como combustible de vehículos—. Por otro, cuenta con más de 100 ciudades con una población superior a un millón de habitantes, es decir, megalópolis en las que contar con un medio de transporte motorizado es un requisito prácticamente imprescindible. Además, China concentra una parte muy importante de la producción mundial de manufacturas, para lo que necesita millones de fábricas, infraestructuras y redes logísticas que generan una demanda energética inigualable que se ha multiplicado por ocho en las últimas dos décadas.
Para satisfacer esa demanda, la principal fuente de energía de la que se sirve China es el carbón, seguida por el petróleo y el gas natural. China es actualmente el mayor importador de petróleo del mundo y, aunque es el mayor productor de carbón, las importaciones de este material no paran de crecer, correspondiendo al 9% del total de consumo de carbón en el país. Tambi...
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