Las Fuerzas Democráticas Sirias (FDS), lideradas por las fuerzas kurdas y aliadas de Estadados Unidos, capturaron en marzo de 2019 el último feudo de Dáesh, Baguz, en la frontera con Irak. Este momento supuso el final territorial de la organización yihadista y, ahora que parece estar más debilitada que nunca, Estados Unidos y los países europeos de los que salieron terroristas para unirse a Dáesh se enfrentan en un nuevo problema: qué hacer con los combatientes, y sus familiares, que están encarcelados en centros controlados por las FDS y que desean volver a casa. Se estima que estas cárceles contienen alrededor de ochocientos terroristas de origen europeo, más unas setecientas mujeres y mil quinientos menores de edad que se encuentran en campos de refugiados. Aunque no hay datos disponibles del número de detenidos de origen estadounidense, se estima que este es muy bajo.
En este contexto, octubre de 2019 ha sido un punto de inflexión: Estados Unidos anunció entonces la retirada de sus tropas del noroeste de Siria, zona controlada por sus aliados kurdos. Esta retirada ha dado luz verde al Ejército turco, enemigo de las FDS, para intervenir y combatir a los kurdos en territorio sirio. Los kurdos han declarado que, ante el avance de las fuerzas turcas, no podrán hacerse responsables de los yihadistas europeos y estadounidenses durante más tiempo. Es en este momento cuando la cuestión de qué solución adoptar con respecto a los yihadistas occidentales que desean regresar a casa gana más urgencia.
Para ampliar: “Quién gana y quién pierde con el abandono de Estados Unidos a los kurdos”, Carlos Palomino en El Orden Mundial, 2019
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