“Tengo la seguridad de que todos ustedes, si fuera preciso, darán sus vidas por la libertad. El pueblo armado no será esclavizado”. Son palabras de Jair Bolsonaro, prometiendo a sus seguidores retomar la liberalización de armas que la Justicia suspendió para reducir la violencia antes de las elecciones. La primera vuelta, celebrada el 2 de octubre, ha dado la victoria a su rival Lula da Silva con el 48%, pero Bolsonaro obtuvo el 43,2%, mucho más de lo que anunciaban las encuestas. Tras conocerse el resultado, el presidente dijo que habían “vencido a la mentira” de la demoscopia y empleó un tono conciliador, alejado de sus usuales críticas al órgano electoral ni al sistema de conteo.
Pero es probable que Bolsonaro abandone pronto ese discurso. Lleva varios años cuestionando las decisiones judiciales y amenazando con no reconocer el resultado si pierde en las urnas. Insiste sin pruebas en que el sistema de voto electrónico no es transparente y cuenta con apoyo de parte de las Fuerzas Armadas, a las que pidió ejercer de árbitro electoral. De cara a la segunda vuelta, el 30 de octubre, recuperará su retórica incendiaria, que ya le ayudó a llegar al poder en 2018.
Bolsonaro agita la bandera de la insurrección
El fantasma del fraude electoral, propagado por Bolsonaro, no es nuevo. En las anteriores elecciones ya denunció amaños, asegurando que había ganado en primera vuelta. También dijo, sin pruebas, que las urnas estaban pirateadas. El voto electrónico, vigente en Brasil desde 1996 y verificado por observadores internacionales, ha sido uno de los blancos preferidos del presidente, que ataca el mismo sistema que defendió en los noventa y le dio la victoria en 2018. En esta campaña ha modulado sus palabras, reconociendo que aceptaría las elecciones si son “limpias”, aunque tras la primera vuelta dice que esto debería consultarlo con las Fuerzas Armadas, incluidas en el grupo de observadores electorales.
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