El primer caso de coronavirus en el África subsahariana se detectó en Nigeria el 25 de febrero; hasta entonces solo se habían localizado dos casos más en el resto del continente, uno en Egipto y otro en Argelia. A partir de entonces, los casos se fueron multiplicando con creciente rapidez, pero la curva de contagio mostraba una evolución bastante más esperanzadora que la que se había visto en Europa. ¿El motivo? África jugaba con ventaja: la epidemia llegó a este continente un mes después, lo que dio tiempo para implementar las medidas que en Europa habían resultado demasiado tardías. Una de las primeras decisiones que tomaron casi todos los países fue cerrar sus fronteras ya a mediados de marzo, cuando la situación en Italia y España era bastante crítica. Al cierre de fronteras le siguieron confinamientos parciales y toques de queda, principalmente en las ciudades.
Antes de que se detectara el primer caso en Nigeria, la Unión Africana organizó una reunión ministerial de emergencia el 22 de febrero para evaluar las futuras acciones frente a la pandemia. Los Gobiernos africanos concluyeron que no tenían los medios para frenar el colapso sanitario ni económico que el coronavirus había provocado en los países más desarrollados, con lo que todos los esfuerzos habían de centrarse en la prevención. Efectivamente, los sistemas sanitarios africanos son, en términos generales, los peores del mundo. A esto se le suman otras dificultades como la porosidad de las fronteras terrestres, fácilmente franqueables; así como el difícil acceso a los recursos sanitarios en zonas rurales y de conflicto, o los altos índices de pobreza. Todo ello hace de las medidas de confinamiento implantadas en Europa una utopía irrealizable para el continente africano.
Con estos factores, la pandemia augura un futuro catastrófico para la región, que también debe lidiar con la falta de medios de detección. Las esperanzas están puestas en la rapidez de las medidas y en otras ventajas con las que cuenta el continente. Una de ellas es la pirámide poblacional: en África, en torno al 50% de la población es menor de veinte años y solo el 5,4% supera los sesenta, lo que reduce significativamente el segmento de población afectada más gravemente. La experiencia en la gestión de anteriores brotes es otro factor a tener en cuenta. Buena parte de la población de los países que han sufrido el casi extinguido ébola —Guinea, Sierra Leona, Liberia o República Democrática del Congo, entre otros— ya han interiorizado las medidas de distanciamiento, higiene y monitorización. Sin embargo, como demostró la elevada mortalidad del ébola, esas medidas a menudo no son suficientes, y más en un continente como el africano, cuyas condiciones estructurales le hacen profundamente vulnerable.
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