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Hubo una vez una gran potencia que dominó su entorno durante siglos. Su economía era la más avanzada, sus productos se exportaban a todo el mundo y su desarrollo tecnológico no tenía rival. Su sistema de Gobierno y sus valores eran envidiados y copiados por todos los pueblos de su entorno, que no podían competir contra el hegemón.
Tanta era la confianza tenía esta potencia que se llamó a sí misma "Reino del Centro". Quizá lo hayas adivinado ya: estoy hablando de China. Política, económica, geográfica y hasta moralmente los chinos se consideraban el centro del mundo. Nadie podría superarla, al contrario: todos dependían de ella y rendían pleitesía a su líder, el emperador.
El exceso de confianza fue su condena. A principios del siglo XVI, en la cúspide de su poder, la dinastía Ming decidió replegarse. Dejó de mirar al exterior y no aprovechó las oportunidades de la exploración marítima que potencias emergentes en Europa —como España o Portugal primero, Inglaterra, Francia u Holanda después—, sí estaban explotando.
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