Al final, la culpa la tuvo un tren. Podría haber sido cualquier otra cosa, pero la discrepancia en torno al proyecto de unir Turín y Lyon por tren de alta velocidad fue la gota que colmó el vaso de la coalición de gobierno en Italia. Como representante de los intereses del rico norte italiano, la Liga apoya firmemente el proyecto, mientras que el Movimiento Cinco Estrellas lo rechaza de forma frontal, reclamando que ese dinero se dedique mejor a las zonas empobrecidas del sur.
Tras este último desacuerdo, el ministro de Interior y líder de la Liga, Matteo Salvini, decidió romper la coalición con el M5S, promover una moción de censura contra su propio Gobierno —dirigido por el independiente Giuseppe Conte, un primer ministro sin autoridad en un gabinete dominado por Salvini y Di Maio, el líder del M5S— y exigir elecciones anticipadas cuando apenas han pasado trece meses y medio en el Ejecutivo. El Senado votó el martes para fijar una fecha a la moción de censura contra Conte, que se fijó para el próximo martes día 20. El plan de Salvini pasa por ir a elecciones cuanto antes aprovechando que las encuestas le dan en torno a un 37% de los apoyos frente a un 18% de sus socios de Gobierno. En las últimas elecciones de marzo de 2018, la Liga obtuvo un 17,3% frente a un 32,6% del M5S.
Aunque quizá el tren solo fuera un pretexto. Desde el primer momento de su andadura política conjunta, el M5S y la Liga han compartido discrepancias, polémicas y discusiones sobre todos los temas posibles, centrando su tiempo en atacarse mutuamente y poniendo la supervivencia de la coalición en riesgo permanente. Los socios aprobaron un programa conjunto y acordaron que darían la cabeza del Gobierno a un independiente, pero perseguían sus propios intereses contrapuestos y Conte —que carece de una plataforma política propia— ha dedicado sus mayores esfuerzos no a gobernar, sino a intentar mediar entre ambas partes, claramente sin éxito.
Las crisis han sido constantes, aunque se han ido agravando desde primavera. En abril, Salvini vetó una ayuda presupuestaria especial para la endeudadísima ciudad de Roma, pobre para los estándares del norte de Italia, con fama de despilfarradora y gobernada por el M5S. En mayo la polémica se centró en la dimisión de un secretario de Estado de la Liga manchado de corrupción, a quien Salvini protegió hasta el último momento. Poco después, el primer ministro Conte llegó a amenazar con dimitir si las dos partes no dejaban sus diferencias a un lado. Y sobrevolando la gestión del día a día está el problema del presupuesto, que sobrepasa los límites de la mera política interna: con la Liga prometiendo sustanciales bajadas de impuestos y el M5S apostando por políticas sociales como la renta básica, la única solución de consenso ha consistido en aumentar el déficit por encima de los límites permitidos en la UE en un país con una deuda pública en niveles récord del 133% del PIB, lo que ya ha causado a Italia problemas con Bruselas.
Entretanto, se han sucedido elecciones que han confirmado la progresiva caída del M5S y el crecimiento imparable de la Liga. La formación ultraderechista ganó entre febrero y mayo las regionales de Abruzos, Cerdeña, Basilicata y Piamonte, incluso siendo las tres primeras regiones sureñas en las que el M5S ganó en las generales de 2018. Y en las europeas del 26 de mayo se confirmó el vuelco: el M5S se desplomó hasta el 17%, pasando del primer al tercer puesto; y la Liga se convirtió en el primer partido de Italia con el 34,5%. Por si fuera poco golpe para los de Di Maio, fueron adelantados por los socialdemócratas del Partido Democrático, que, como el M5S, tienen una postura de izquierdas en materia económica pero rechazan el populismo y la xenofobia de la coalición de Gobierno. Desde entonces, el PD no ha dejado de laminar al M5S, convirtiéndose en la alternativa de izquierdas para los votantes desencantados con el partido de Di Maio.
Para ampliar: “El pulso por dominar la izquierda en Italia”, Blas Moreno en El Orden Mundial, 2019
Este cambio tan radical en las encuestas tiene dos claros protagonistas, los dos viceprimeros ministros y líderes de la coalición: Di Maio y Salvini. Por un lado, Di Maio ha demostrado ser un joven torpe con poca experiencia política a merced de las maniobras de Salvini. El M5S ha centrado su campaña electoral y su labor de gobierno en reformas económicas, que tardan en llegar a la ciudadanía, son difíciles de aplicar en un país con tamaña deuda y además ponían a Di Maio en conflicto con Salvini y a ambos con Bruselas. Además, el partido carga con sus propias contradicciones internas: fundado como movimiento social de protesta, en un primer momento el M5S acogió a miembros de las más diversas tendencias políticas con el rechazo a las élites como único elemento aglutinador. La última paradoja del M5S se manifestaría si hubiera elecciones pronto: en pos de la renovación política, las normas internas del partido impiden que un parlamentario ocupe el escaño más de dos legislaturas, con lo que buena parte de los diputados del M5S y el mismo Di Maio deberían dejar la primera línea en la siguiente legislatura. El partido caería en su propia trampa y quedaría prácticamente descabezado.
Por su parte, Salvini ha hecho suyo aquel famoso lema de Andreotti —primer ministro de Italia en siete ocasiones entre los años 70 y 90—, que afirmaba que “el poder desgasta solo a quien no lo posee”. El líder de la Liga ha tomado las riendas del Gobierno, invisibilizando a Conte y desgastando a un Di Maio que solo podía ir a la zaga. Desde su labor como ministro del Interior, ha desplegado una notable capacidad comunicativa —dando gran protagonismo a las redes sociales— para vender su retórica xenófoba y su política de cierre de fronteras. Un enfoque mucho más efectista, que llega más rápido a los votantes que las reformas económicas y que le ha hecho escalar en las encuestas. Ni siquiera la revelación de que la Rusia de Putin ha apoyado financieramente a la Liga —como también hizo con Le Pen en Francia— ha empañado su meteórico ascenso.
Para ampliar: “Salvini, dueño de Italia”, Blas Moreno en El Orden Mundial, 2018

Con perspectivas políticas tan prometedoras era solo cuestión de tiempo que Salvini provocara una crisis de Gobierno para conseguir el poder en solitario. Si no hubiera sido la cuestión del proyecto ferroviario habría sido otra cosa. Sin embargo, Salvini parece haber calculado mal su estrategia. En primer lugar por los tiempos: pudiendo haber provocado la crisis en cualquier otro momento, ha elegido precisamente la semana previa al receso estival de dos semanas del Parlamento. Eso obligará a votar la moción de censura contra Conte de forma casi inmediata, y, de hecho, no tan pronto como Salvini habría querido —él prefería votarla este pasado miércoles—. Quizá así esperaba tener la partida ganada antes de las vacaciones, pero en vez de eso se ha retratado, demostrando tener prisa, una mala consejera en la política italiana.
El sistema político italiano exige que el presidente de la República priorice siempre intentar formar Gobierno a convocar nuevas elecciones, lo que puede llevar a meses de negociaciones en un parlamento fragmentado como el actual. El último ejemplo lo ofrecen precisamente las negociaciones entre el M5S y la Liga en la primavera de 2018, que duraron tres meses y estuvieron varias veces cerca de fracasar. Aunque es muy improbable que la moción de censura contra Conte no prospere, nada debería hacer pensar a Salvini que el presidente Mattarella vaya a convocar elecciones inmediatamente después de la caída del Gobierno. En vez de eso, Mattarella intentará buscar una mayoría alternativa, y podría encargarle esa labor a Salvini, pero no necesariamente.
Y es que con esta acelerada maniobra, Salvini ha provocado algo peor para sus intereses: que se empiece a hablar de una coalición entre el M5S y el PD para dejar a la Liga fuera del Gobierno. Ambos partidos son competidores y se rechazan mutuamente, pero la perspectiva de dejar a Salvini en la oposición es atractiva. Hasta Beppe Grillo y Matteo Renzi —el fundador y antiguo líder del M5S y el exprimer ministro del PD, ahora senador—, que nunca habrían pactado cuando eran ellos los líderes de sus respectivos partidos, abogan ahora abiertamente por esta opción que reuniría escaños suficientes para formar un nuevo Gobierno. De momento, esta inesperada alianza ha conseguido aplazar la fecha de la moción de censura hasta el día 20. Para complicarle las cosas a Salvini, Forza Italia —el partido de Berlusconi— ha rechazado concurrir a las urnas con listas conjuntas, que maximizarían el impacto del voto conservador pero supondrían la probable desaparición de Forza Italia.
En medio del torbellino político que supone que un ministro proponga una moción contra su propio Gobierno, hay una cuestión más que se le ha atragantado a Salvini: la propuesta de reforma constitucional para reducir el tamaño del Parlamento en 345 diputados, bajando los diputados de la Cámara de 630 a 400 y los del Senado de 315 a 200. Esta propuesta parte del M5S, pero contaba con el apoyo de la Liga, y el Gobierno prometió que no se celebrarían nuevas elecciones sin pasar antes la reforma, con lo que no llevarla a cabo sería mal visto por sus votantes. Por supuesto, la caída del Gobierno y unas elecciones en otoño impiden la tramitación de una reforma que podría incluso requerir un referéndum. Salvini se ha visto obligado a improvisar asegurando que la reforma se hará antes de las elecciones, pero hasta dentro de su propio partido reconocen que se ha precipitado.
¿Qué pasará ahora? El final de este laberinto no es claro. Asumiendo que la moción contra Conte prospere, Mattarella podría entonces encargarle formar Gobierno a un tecnócrata con el apoyo del M5S y el PD para aprobar el presupuesto anual y hasta gobernar en coalición hasta el final de la legislatura. En un escenario similar, cabe incluso la posibilidad de que Conte consiga superar la moción con el apoyo de ambos partidos y el PD pase a entrar en el Gobierno dejando a la Liga fuera. Pero el presidente Mattarella es consciente de que dejar a Salvini en la oposición podría darle todavía más apoyo en las encuestas. Por eso, quizá le dé la responsabilidad a Salvini, que no tiene suficientes escaños en la derecha para gobernar solo pero puede que cuente con el apoyo de diputados del M5S desafectos con su líder y preocupados por perder su escaño si hay nuevas elecciones.
La precipitación de Salvini ofrece a sus oponentes una oportunidad de parar su ascenso, pero el líder de la Liga puede sacar provecho de todos los escenarios: quedándose de momento en la oposición y viendo cómo el M5S y el PD se pelean entre ellos, llegando a ser primer ministro ahora o ganando unas futuribles elecciones. Solo sus propios errores pueden hoy detener a Salvini. ¿Le pasará factura ante sus votantes retratarse tan claramente como el responsable de hacer caer el Gobierno por su propia ambición?