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No es el fin del mundo

Cada semana el equipo de El Orden Mundial analiza los temas que mueven la política internacional para intentar desentrañar cómo funciona el mundo.

Punzada mundial: la utopía

La humanidad siempre ha fantaseado con mundos mejores: sociedades sin guerras, avances tecnológicos que resuelvan nuestros problemas o la justicia social perfecta. Sin embargo, en las últimas décadas parece que hemos perdido esa capacidad de imaginar futuros deseables. La utopía, ese motor histórico que impulsó revoluciones políticas y avances científicos, aparenta haberse desvanecido del horizonte contemporáneo, reemplazada por visiones apocalípticas y distópicas del porvenir. Como decía Oscar Wilde, «un mapa del mundo que no contenga el país de Utopía no merece ni siquiera que le echemos un vistazo». En este episodio de «No es el fin del mundo» exploramos qué nos dice esta tendencia sobre nuestra época y si es posible recuperar ese pensamiento utópico.

Esta colaboración especial con las filósofas Inés García y Paula Ducay, creadoras del proyecto Punzadas, nos permite adentrarnos en el concepto de utopía desde perspectivas complementarias: la filosófica y la internacional. Juntos analizamos el origen del término, recorremos la historia de las principales propuestas utópicas y debatimos si realmente se nos ha acabado la capacidad de imaginar algo mejor, o si simplemente las nuevas utopías están surgiendo en otros lugares y bajo otras formas.

De Platón a los falansterios: la historia de la utopía

La palabra utopía fue acuñada por Tomás Moro en 1516, un neologismo que juega con la ambigüedad del griego: «u-topos» hace referencia tanto al «buen lugar» (eu-topos) como al «lugar que no existe» (ou-topos). Esta dualidad es esencial para comprender la utopía como el buen lugar que no existe pero que deseamos, la valoración política de una sociedad imaginaria que debería ser real. Sin embargo, el recorrido histórico de las propuestas utópicas comenzó siglos antes. La República de Platón ya planteaba en la Antigua Grecia una polis ideal gobernada por filósofos-guardianes, donde el equilibrio en el acceso a recursos garantizaba la convivencia.

Tomás Moro describía una isla imaginaria basada en la justicia, la ausencia de clases y la propiedad colectiva, surgida como alternativa a la Inglaterra del siglo XVI marcada por la desigualdad. Es significativo que tanto Platón como Moro escribieran en momentos de gran conflicto histórico, en «interregnos» que abrían nuevas posibilidades. El descubrimiento de América también alimentó la imaginación utópica: esos territorios aparentemente vacíos se presentaban como oportunidades para construir comunidades ideales. El siglo XIX marcó la edad dorada del pensamiento utópico, propiciando el surgimiento de las «utopías revolucionarias». Figuras como Robert Owen con su New Lanark o Charles Fourier con sus falansterios planteaban comunidades cooperativistas que priorizaban el bienestar de sus miembros, experimentos prácticos que buscaban materializar ese mundo mejor.

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¿Estamos ante el agotamiento de la utopía?

En el siglo XX, las utopías adquirieron escala global. Organizaciones como la ONU o la Unión Europea, que nacieron del horror de la Segunda Guerra Mundial, eran proyectos que en su momento parecían imposibles: ¿cómo iban a convivir países tan diferentes y enfrentados? Sin embargo, la historia demostró que estos proyectos utópicos podían materializarse. El diagnóstico actual, no obstante, es pesimista. El filósofo Jameson señalaba que «hoy nos resulta más fácil imaginar el total deterioro de la tierra que el derrumbe del capitalismo». Con el triunfo de la democracia liberal tras la Guerra Fría y el auge del «realismo capitalista», parece haberse cancelado no solo la posibilidad de alternativas, sino la capacidad misma de imaginarlas.

Sin embargo, el pensamiento utópico no ha desaparecido: simplemente ha mutado. Los magnates de Silicon Valley como Elon Musk o Peter Thiel plantean sus propias visiones, desde colonias en Marte hasta comunidades autónomas en plataformas marítimas. Estas «utopías neorreaccionarias» recuperan elementos de propuestas clásicas: el gobierno de los mejores, la conquista de nuevos mundos, la eugenesia tecnológica. La pregunta es para quién son utopías y para quién distopías. Más allá de Occidente, otras regiones imaginan sus propios futuros: China proyecta su hegemonía global, mientras movimientos como el panafricanismo o las comunidades autogestionadas plantean alternativas locales. Como proponen pensadoras contemporáneas como Layla Martínez o Berta del Río, quizás la clave esté en ser «fuertemente pragmáticos y radicalmente optimistas», recuperando ese deseo utópico en lo cotidiano sin renunciar a horizontes más amplios. Profundiza más en estas reflexiones escuchando el episodio completo.

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