Del sueño al colapso: ¿cómo hemos imaginado el futuro?
A finales de 1999, medio mundo esperaba que los ordenadores colapsaran al dar las campanadas: aviones cayendo del cielo, centrales nucleares fallando y bancos hundiéndose. Así imaginábamos el futuro ante el famoso efecto 2000, y no ocurrió nada. Aquel episodio dice mucho sobre cómo hemos imaginado el futuro a lo largo de la historia. Hoy volvemos a mirar el mañana con pesimismo, entre titulares de crisis, guerras y colapso climático, pero no siempre fue así: hubo épocas en las que, pese a temer calamidades, vaticinábamos un mundo mejor.
En el nuevo episodio de No es el fin del mundo en colaboración con Moeve nos preguntamos por qué hemos pasado de soñar utopías a producir distopías en serie. ¿Somos la generación más catastrofista de la historia o simplemente hemos perdido la capacidad de imaginar el futuro? Para responderlo recorremos siglos de ideas sobre el porvenir, desde los ritos de las sociedades antiguas hasta la inteligencia artificial, y descubrimos que la forma de imaginar el futuro nunca ha sido neutral ni universal.
Del ciclo eterno a la Ilustración: cuándo empezamos a imaginar el futuro
Durante milenios, el futuro no fue un lugar nuevo al que llegar, sino un presente que se repetía. Muchas culturas antiguas entendían el tiempo como un ciclo porque observaban la naturaleza: las estaciones, el día y la noche o las cosechas. En el Antiguo Egipto la vida giraba en torno a las crecidas del Nilo, y en la India los yugas describían un universo que nacía, moría y renacía sin fin. Si todo iba a repetirse, no hacía falta imaginar nada: bastaba con asegurar que el ciclo se cumpliera mediante rituales, como el festival babilónico en el que el dios Marduk vencía al caos cada primavera para renovar el orden del mundo. La misma lógica aparecía en el Mandato del Cielo chino, donde el emperador ofrecía sacrificios cada solsticio para conservar el favor divino. Concebir el tiempo como línea recta o como círculo cambiaba, en el fondo, todo lo que se podía esperar del mañana.
Ese esquema se resquebraja en el siglo XV con la imprenta y la llegada de los europeos a América, cuando por primera vez cualquiera puede difundir su propia visión y proyectar fantasías como la Utopía de Tomás Moro. Pero la ruptura definitiva llega con la Ilustración, que instaura una idea revolucionaria: el ser humano puede diseñar su propio porvenir si libera la razón de la superstición. Solo entonces empieza a tener sentido eso de imaginar el futuro, porque antes no había que imaginarlo, ya se conocía. En el episodio contamos cómo Malthus sembró enseguida la duda que aún hoy nos persigue: si el progreso es infinito o choca contra límites naturales que no podemos negociar.
Del optimismo industrial al presente: por qué hoy cuesta tanto imaginar el futuro
La Revolución Industrial demostró que el progreso era tangible, y el siglo XX convirtió el futuro en un arma política. Fascismo, comunismo y Guerra Fría compitieron por imponer su relato, ya fuese el sueño americano de consumo o la promesa comunista de una sociedad sin clases. La bomba atómica lo cambió todo, porque por primera vez podíamos autodestruirnos y, por tanto, preguntarnos si habría un mañana. En ese clima nace la futurología: la RAND Corporation lo calculaba como un recurso estratégico, mientras la prospectiva francesa proponía elegir entre varios futuros posibles en lugar de adivinar uno solo. Aquella misma energía atómica que amenazaba con destruirnos se vendió después como la gran promesa de bienestar, prueba de que el poder decide cuándo el futuro se presenta como paraíso y cuándo como catástrofe.
Hoy, en cambio, ninguna imagen dura lo suficiente para movilizarnos. La caída del muro en 1989, el 11 de septiembre y la crisis de 2008 rompieron los grandes relatos, y ahora vivimos resolviendo lo inmediato. No es que hayamos dejado de imaginar el futuro: lo hacemos más que nunca, pero en clave de riesgo. Por eso el cine y las series se han llenado de distopías como The Last of Us o Black Mirror, mientras las grandes figuras del capital tecnológico sueñan con colonizar Marte o vencer a la muerte. La gran anomalía de nuestro tiempo es esa: tenemos todas las condiciones que antes disparaban las utopías, pero solo acertamos a imaginar el futuro como advertencia. ¿Podremos volver a soñarlo de otra manera? En el episodio recorremos toda esta historia para averiguarlo.