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La jueza ugandesa Julia Sebutinde se quedó prácticamente sola en la Corte Internacional de Justicia (CIJ), pero le dio igual. El pasado 26 de enero votó en contra de la acusación de Sudáfrica a Israel por actos de genocidio en Gaza. “No creo que las medidas provisionales indicadas por la Corte en esta resolución estén justificadas”, dijo. Con ella sólo coincidió un juez de quince, el israelí Aharon Barak. A las pocas horas, el Gobierno de Uganda salió a aclarar que la decisión de Sebutinde había sido “individual e independiente”.
La soledad de Uganda contrasta con el aplauso internacional a Sudáfrica por la demanda contra Israel. África ha sido cercana a la causa palestina por su población árabe y musulmana y por los movimientos de liberación del siglo XX. Sudáfrica, más aún al haber sufrido el apartheid. “Nuestra libertad es incompleta sin la libertad de los palestinos”, dijo el presidente Cyril Ramaphosa citando a Nelson Mandela tras conocerse la sentencia que obliga a Israel a impedir el genocidio. Sin embargo, para entender el voto ugandés hay que remontarse a los años setenta e introducir un tercer país, Kenia, y su relación de ambos con el Mosad.
La operación Entebbe contra guerrilleros palestinos
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