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Corría el minuto noventa de partido en Alejandría. El gol de Bouka Moutou clasificaba a la República del Congo y dejaba a Egipto una vez más a las puertas de la copa del mundo. Un gol en el tiempo de descuento era la única esperanza para evitar otra traumática eliminación del combinado nacional y la desolación de un país entero. Pero entones apareció el número diez. En el 94, Mohamed Salah transformó un penalti que clasificaba a la selección egipcia para su primer mundial desde 1990 y que lo encumbraba definitivamente, si no lo estaba ya, al rango de héroe nacional.
La salahmanía se ha desatado en Egipto, donde millones de aficionados al deporte rey se concentran cada semana para ver jugar a su ídolo con la elástica de su club actual, el Liverpool. En murales callejeros, camisetas, un sinfín de objetos, anuncios publicitarios, mercados, plazas, tiendas… su figura es omnipresente en El Cairo y trasciende el mero ámbito nacional: de Marruecos a Irak, también es venerado en el resto del mundo árabe. No en vano, nunca un futbolista árabe llegó tan lejos. Ninguno se había codeado con los mejores de Europa y, por supuesto, nunca antes ningún otro futbolista marcó más goles en una temporada de la Premier League —32, récord histórico—.
Pero Salah es mucho más que un jugador de fútbol. En un país socialmente fragmentado y oprimido, el Faraón o la Cuarta Pirámide, como algunos lo apodan, representa un nexo de unión entre la polarizada ciudadanía egipcia, y un modelo, un atisbo de esperanza, para una juventud frustrada por la falta de expectativas. Todos lo quieren —a lo que ayuda que nunca jugó en los dos clubs de mayor rivalidad en el país, el Al Ahly y el Zamalek— y se sienten identificados con los valores que representa: un joven discreto de origen humilde y rural, cuya familia no le pudo sufragar estudios superiores, que con su esfuerzo y contra todo pronóstico ha triunfado en su carrera. Una celebridad agradecida que ha donado dinero para escuelas, plantas potabilizadora...
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