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Mohamed Salah, el faraón apolítico

Mohamed Salah, el faraón apolítico
Fuente: Saiflee100 (Wikicommons)

Con sus goles, Mohamed Salah se ha convertido en un icono del mundo árabe. A pesar de que el delantero egipcio prefiere alejarse de la política, el régimen de Al Sisi trata de explotar su figura con fines propagandísticos.

Corría el minuto noventa de partido en Alejandría. El gol de Bouka Moutou clasificaba a la República del Congo y dejaba a Egipto una vez más a las puertas de la copa del mundo. Un gol en el tiempo de descuento era la única esperanza para evitar otra traumática eliminación del combinado nacional y la desolación de un país entero. Pero entones apareció el número diez. En el 94, Mohamed Salah transformó un penalti que clasificaba a la selección egipcia para su primer mundial desde 1990 y que lo encumbraba definitivamente, si no lo estaba ya, al rango de héroe nacional.

La salahmanía se ha desatado en Egipto, donde millones de aficionados al deporte rey se concentran cada semana para ver jugar a su ídolo con la elástica de su club actual, el Liverpool. En murales callejeros, camisetas, un sinfín de objetos, anuncios publicitarios, mercados, plazas, tiendas… su figura es omnipresente en El Cairo y trasciende el mero ámbito nacional: de Marruecos a Irak, también es venerado en el resto del mundo árabe. No en vano, nunca un futbolista árabe llegó tan lejos. Ninguno se había codeado con los mejores de Europa y, por supuesto, nunca antes ningún otro futbolista marcó más goles en una temporada de la Premier League —32, récord histórico—.

Pero Salah es mucho más que un jugador de fútbol. En un país socialmente fragmentado y oprimido, el Faraón o la Cuarta Pirámide, como algunos lo apodan, representa un nexo de unión entre la polarizada ciudadanía egipcia, y un modelo, un atisbo de esperanza, para una juventud frustrada por la falta de expectativas. Todos lo quieren —a lo que ayuda que nunca jugó en los dos clubs de mayor rivalidad en el país, el Al Ahly y el Zamalek— y se sienten identificados con los valores que representa: un joven discreto de origen humilde y rural, cuya familia no le pudo sufragar estudios superiores, que con su esfuerzo y contra todo pronóstico ha triunfado en su carrera. Una celebridad agradecida que ha donado dinero para escuelas, plantas potabilizadoras de agua y equipamiento médico en su región natal. Y, además, un fiel musulmán que exhibe su fe hasta el punto de postrarse en el césped al celebrar sus goles, con lo que combate los prejuicios culturales de una Europa en tiempos de islamofobia.

Tanto con sus éxitos individuales como en su papel estelar en la selección nacional, Salah es el principal artífice de que el fútbol se haya convertido para sus compatriotas en una vía de escape que ameniza la cruda realidad social, política y económica del país. A la feroz represión política y la falta de libertades se le suma la drástica austeridad económica aplicada por el Gobierno, que ha propiciado el recorte de los subsidios estatales y la carestía de los bienes más básicos, como la vivienda o los alimentos. No obstante, en la otra cara de la moneda, el fútbol también es un motivo de distracción masiva ante un régimen que mantiene a 60.000 presos políticos en las cárceles y que no permite ni un atisbo de disidencia.

Para ampliar: “El invierno egipcio”, Pablo Moral en El Orden Mundial, 2017

Consciente del fervor patriótico que despiertan los éxitos del deporte egipcio y del prestigio adquirido por el atacante red, el presidente Al Sisi no ha querido dejar pasar la oportunidad de utilizar el fútbol como herramienta propagandística del régimen. Ante la eclosión futbolística de Salah, ha tratado de asociar, con mayor o menor éxito, la imagen del astro egipcio a la de su régimen en varias ocasiones con el fin de incrementar su reputación y popularidad, especialmente entre los más jóvenes. No obstante, se ha topado con la cautela y moderación de una estrella que no ha demostrado tener ningún interés por politizar su figura. El atacante del Liverpool ha debido de aprender la lección de uno de sus ídolos de la infancia y actual amigo: la antigua estrella egipcia Aboutrika, exiliado en Catar, declarado terrorista y perseguido por el régimen tras declarar su apoyo al antiguo presidente egipcio, Mohamed Morsi —depuesto en julio de 2013 tras un golpe de Estado orquestado por el propio Al Sisi— y denunciar la masacre de Rabaa a manos del Ejército.

Pero, a pesar de la prudencia demostrada hasta el momento por Salah, la dimensión social adquirida por el joven de Nagrig y la voluntad política del Gobierno han hecho que inevitablemente sus caminos se crucen. Durante su excelente última campaña con la AS Roma, antes de partir hacia Anfield, el ariete egipcio fue recibido en un acto oficial por Al Sisi y el ministro de Deportes en el palacio presidencial, en el que el presidente afirmó que el delantero era “un embajador de Egipto”. En otra ocasión, con motivo del nombramiento de Salah como jugador africano del año 2017, Al Sisi publicó un tweet con su imagen en el que se manifestaba “orgulloso del logro del hijo de Egipto”, en línea con las declaraciones más recientes del ministro de Asuntos Exteriores, en las que afirmaba que Salah era un “icono del poder blando” egipcio.

Anteriormente, el Gobierno ya había tratado de aprovechar el tirón de su estrella al firmar un acuerdo de patrocinio con el club romano que convertía a Egipto en el “destino turístico oficial de la AS Roma”.  Junto a ello, el diez nacional ha participado en campañas gubernamentales para promover los derechos de las mujeres y contra la drogadicción, con el resultado en este segundo caso de un incremento de un 400% en las llamadas de jóvenes a la línea telefónica disponible para la rehabilitación. Asimismo, Salah donó 282.000 dólares a un fondo de desarrollo estatal controlado por el propio Al Sisi, que provocó, por un lado, que el Gobierno sacara pecho de su implicación y, por otro, que entre sus fans surgieran críticas al considerarlo un gesto de apoyo al régimen. Un último ejemplo de la polémica explotación de su figura llegó en abril de 2018 cuando Salah, imagen publicitaria de Vodafone en Egipto, mostraba en su cuenta de Twitter su descontento por el hecho de que el patrocinador de la Federación Egipcia de Fútbol, la teleoperadora WE —del grupo Telecom Egipto, cuya propiedad corresponde mayoritariamente al Gobierno—, utilizase su imagen con fines publicitarios en el avión del equipo nacional.

No obstante, si por parte del régimen ha habido intentos de politizar a la estrella nacional a su favor, los opositores también se las han ingeniado, de una manera más satírica, para proyectar internacionalmente su desafección. En las últimas elecciones presidenciales, celebradas en marzo, Al Sisi se hizo con un 97% de los votos, con lo que se imponía a un único rival que además era abiertamente partidario del presidente. No obstante, en el recuento no figuró un imprevisto tercer candidato extraoficial: Mohamed Salah, cuyo nombre fue escrito en múltiples papeletas —según algunas fuentes, en torno a un millón— como forma de reivindicar el descontento con la farsa electoral y dejar en evidencia quién era el verdadero líder del país.

Mientras tanto, el joven delantero sigue dedicándose a lo que lo ha hecho convertirse en un objeto codiciado de los intereses políticos nacionales: meter goles. No debe de resultar fácil en el Egipto de hoy abstraerse del contexto político, pero hasta el momento el habilidoso punta ha tratado de driblarlo como si de un defensa rival se tratase. A sus 25 años, Salah ya es el mejor jugador egipcio de todos los tiempos. Está por ver si también pasa a la Historia como el faraón que intentó ser apolítico a pesar de las circunstancias.