Ha hecho falta que Rusia invada Ucrania para que la Unión Europea apueste de forma contundente por su soberanía energética. Bruselas es consciente de que el gas ruso ata de pies y manos la diplomacia comunitaria y, tras años de titubeos y concesiones promovidos principalmente por Alemania, ya trabaja para buscar nuevos proveedores y reducir la importación de gas ruso en dos tercios para finales de este año. A largo plazo, la idea es suprimir por completo esta dependencia en 2030, aumentando por el camino la interconexión eléctrica del continente, todavía insuficiente.
En ese nuevo escenario, por su ubicación geoestratégica y su red de terminales de gas natural licuado (GNL), España podría estar llamada a desempeñar un papel clave como hub gasístico de Europa, pero aún carece de la infraestructura de gasoductos necesaria para transportar grandes cantidades de hidrocarburos más allá de los Pirineos. De ahí que el proyecto del Midi-Cataluña o Midcat, un gasoducto que permitiría enviar al corazón de Europa gas proveniente de Argelia y de otras zonas conectadas por vía marítima, haya sido ahora resucitado por el Gobierno español tras quedar paralizado en 2018.
En su momento Francia se opuso a su construcción porque a su juicio no existía una gran demanda de gas en su entorno y el suministro tampoco corría riesgos. El contexto, claro, era otro. Para España la crisis energética actual y la guerra en Ucrania son razones más que de sobra para que la UE financie su puesta en marcha —la inversión rondaría los 500 millones de euros—. Además del gas, un combustible contaminante que Bruselas ha incluido en su taxonomía verde pese a los planes para abandonarlo a medio plazo, España también defiende que un gasoducto como el Midcat serviría para transportar hidrógeno verde, un combustible generado con energías renovables y producido en la península ibérica.
La propuesta encaja en la estrategia de la Unión Europea. Para suplir 102.000 millones de metros cúbicos de los 155.000 que la ...