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Los nuevos faraones: la apuesta china por los megaproyectos

Los nuevos faraones: la apuesta china por los megaproyectos
Perfil de Shanghái. Fuente: Wilson Hui

En poco más de medio siglo, China ha pasado de ser un país mayoritariamente agrario a convertirse en la mayor potencia industrial del mundo. Este cambio no ha sido por casualidad; para ello ha sido necesario construir, y mucho. La estrategia de desarrollo llevada a cabo por el Gobierno chino ha ido ligada a la construcción de todo tipo de infraestructuras, algunas de las cuales se encuentran entre los mayores proyectos de la Historia de la humanidad.

El 22 de octubre de 2018 el presidente Xi Jinping inauguraba en Zhuhai el puente sobre el mar más largo del mundo, que conecta Hong Kong con Macao y la propia Zhuhai. Este puente marca un antes y un después para dos de los núcleos financieros más importantes del territorio y supone un añadido estratégico de gran valor a la ya de por sí formidable red logística china. Las dimensiones del proyecto han recibido críticas y alabanzas a partes iguales; sin embargo, es tan solo el último paso en una senda que inició el Gobierno de Mao Zedong hace más de 50 años.

Con ayuda de los soviéticos, el Gobierno de Mao industrializó varias áreas del país, especialmente en una región oriental que concentró el 70% de los activos industriales. Su primer proyecto de gran envergadura fue la construcción en 1970 de la presa Gezhouba, hoy la segunda mayor de China y fase experimental de la primera: la presa de las Tres Gargantas. Fue el Gobierno de Deng Xiaoping el que comenzó la construcción de las Tres Gargantas, el mayor proyecto hidroeléctrico del mundo y una de las principales fuentes de energía del país, cuyo precio fue de 37.000 millones de dólares. El tráfico fluvial habilitado por las presas ha mejorado las rutas de comercio por el Yangtsé, en cuya cuenca habita casi un tercio de la población china, aunque también ha cambiado para siempre la naturaleza de un río cada vez más contaminado y explotado.

Fue precisamente a partir de las reformas liberales de Deng cuando más apostó China por la construcción de megaproyectos para satisfacer las demandas del mercado al que se abría. Su Gobierno y sus sucesores orientaron sus políticas hacia la industrialización masiva del país con el objetivo de aprovechar la gran cantidad de población activa china —786 millones de personas en 2017—. Para ello, China necesitaba mucho más de todo: carreteras, polígonos industriales, puertos, aeropuertos, viviendas… y, por qué no, hasta ciudades enteras nuevas.

Las áreas nuevas

Desde los años 90, el Gobierno chino ha aprobado la construcción de 19 áreas nuevas, de las cuales ya se han construido 12. Es su respuesta ante el desafío que plantea emplear y movilizar a la mayor parte de su población en unas regiones concretas. Estas áreas consisten en auténticas ciudades construidas de la nada y en tiempo récord, normalmente situadas en la periferia de las ciudades más importantes de China, cuyo papel es convertirse en centro logístico, productivo o financiero de la región. La mayoría de ellas se han construido recientemente, a partir de 2010, y actualmente suponen el 5% del PIB chino.

Algunas se han convertido en núcleos financieros fundamentales, como es el caso del Área Nueva de Pudong, en Shanghái, o la zona económica especial de Shenzhen. Otras son de corte más industrial, como el área de Tianfu, cerca de Chengdú, hogar de múltiples empresas tecnológicas y del tamaño aproximado de Londres,  y que pronto dispondrá de la primera luna artificial del mundo. Estas ciudades albergan a un número importante de habitantes, pero todavía está por llegar la joya de la corona: Xiongan.

El área Nueva de Xiongan es sin duda el proyecto de infraestructura más ambicioso de Xi desde que está en el poder. Consiste en construir una ciudad inteligente tres veces mayor que Nueva York en la provincia de Hebei, a cien kilómetros de Pekín. El Gobierno chino quiere trasladar a esta nueva ciudad muchas de las funciones administrativas que actualmente tiene Pekín, así como multitud de empresas, con el fin de aliviar una de las ciudades más superpobladas del planeta. Existen dudas en torno al proyecto que no comparte un Gobierno chino que lo apuesta todo por una ciudad de la que se espera que acoja en torno a tres millones de personas —la población de Madrid o Misisipi—.

La lista de megaproyectos no acaba aquí. Otra construcción de dimensiones vertiginosas es el Trasvase de Agua Sur-Norte, que cruza 1.432 km de territorio chino hasta el seco norte y provee de agua a ciudades enteras, como Pekín o la futura Xiongan. El aeropuerto de Pekín es la construcción única más grande de China y una de las más extensas del mundo, el nuevo puerto de Shanghái tendrá la mayor capacidad de barcos cargueros del mundo y aparte está la construcción de centrales nucleares de gran rendimiento, trenes de alta velocidad, más puentes gigantes, más presas, más ciudades… y el más inmenso de todos los proyectos: la unión de todas las ciudades del delta del río de las Perlas en una sola megaciudad con un PIB equivalente al de Corea del Sur, proyecto del que forma parte el recién inaugurado puente entre Hong Kong y Macao.

Población de las ciudades del delta del río de las Perlas —proyección para 2020— en comparación con ciudades occidentales. Fuente: Visual Capitalist

Cuando estos proyectos estén terminados, crearán nuevas corrientes migratorias por todo el país y movilizarán a grandes masas de trabajadores hacia las nuevas ciudades. Estos flujos han sido uno de los objetivos que persigue la industrialización desde la época de Deng, y a la vista está: solo entre 2000 y 2010, 131 millones de habitantes pasaron del campo a las ciudades, sobre todo a aquellas de la costa este.

 

¿Qué gana China con estas migraciones internas?

China tiene un gran desafío debido al tamaño de su población, que se ha duplicado desde los años 50 a pesar de las restricciones en el número de hijos. Sin embargo, está claro que el plan del Gobierno chino al desarrollar tanto unas zonas sobre otras pasaba por concentrar un gran número de personas en las nuevas áreas industriales, lo cual no alivia, sino que agudiza los efectos de la superpoblación en estas ciudades. Los megaproyectos son la solución parcial a un problema generado al atraer a cientos de millones de inmigrantes rurales a las fábricas del Yangtsé, el delta del río de las Perlas o Pekín.

Estos inmigrantes se han convertido en el motor de la economía china, son quienes han puesto en movimiento las millonarias inversiones llegadas tras la reforma liberal dejando su tierra natal atrás. Las ventajas para los empresarios son mayúsculas: los migrantes rurales trabajan en condiciones de sobreexplotación, aún peores que las de sus colegas de la ciudad. La mayoría trabaja para la industria o la construcción, en jornadas eternas que sufren hasta entrada la vejez, ya que la mayoría trabaja sin contrato y sin derecho a prestaciones sociales como pensiones o bajas laborales.

Para ampliar: “China: crónica de las revoluciones”, Meng Jin Chen en El Orden Mundial, 2018

La mano de obra ilimitada a muy bajo coste fue la razón de que tantas empresas extranjeras llegaran a China a finales del siglo pasado y lo que llevamos de este. Aproximadamente un quinto de los productos manufacturados del mundo vienen de China y es de largo el que más valor añadido genera, con una producción que abastece al mercado chino —1.300 millones de personas— y al internacional. China es actualmente la fábrica del mundo cuando no hace ni 30 años solo producía el 3% de los bienes mundiales. Es por ello por lo que en China apenas hay paro —3,8%— a pesar de tener tantísimos trabajadores: se ha llevado una gran parte de la industria mundial a su territorio. Hoy en día siguen siendo comunes los casos de fábricas —especialmente en países con mejores derechos laborales— llevadas a China no por ser deficitarias o poco productivas, sino porque el margen de beneficios allí es mucho mayor.

Con el auge económico del país, el “Made in China” empieza a ser cosa del pasado. El gigante asiático aspira ahora a convertirse en un referente mundial de la alta tecnología para 2025.

De ahí viene la necesidad de construir tanto y tan rápido. Incluso a pesar de la competencia de otros países del sudeste asiático en el mercado laboral de bajo coste, la importancia de China como centro industrial y logístico es tal que prácticamente ninguna gran empresa puede permitirse el lujo de no tener negocios en el país ni China quiere perder la oportunidad de que todo el mundo los tenga.

La construcción de estos megaproyectos tiene normalmente el fin práctico de aumentar la producción y distribución de la mercancía china. Sin embargo, los altos costes de algunos proyectos y sus exageradas dimensiones han levantado sospechas entre los críticos con el Gobierno. Así, hay detractores que ven en ellos un acto de propaganda estatal para engrandecer la imagen de China y su Gobierno mostrando el poderío chino con la construcción de estructuras de fantasía que no acaban teniendo una utilidad real para la población local.

Otro asunto importante es el poderío del sector de la construcción en las altas esferas chinas. En 2018 tres de las seis mayores fortunas en China provenían del sector inmobiliario y cuatro de las cinco mayores constructoras del mundo eran empresas chinas de propiedad estatal. Ellas son las primeras interesadas en que los proyectos faraónicos del Gobierno chino salgan adelante y llenarse los bolsillos con dinero público mientras generan un empleo de muy mala calidad que se convierte en la única alternativa para millones de chinos de las provincias rurales.

Estas empresas exprimen al máximo los recursos del país, naturales o humanos, para aumentar la altísima productividad china. Cuanto menos se tarda en extraer, producir, distribuir y vender, mayor es la competitividad de las empresas chinas en el mundo y mayor su cuota de mercado. Pero detrás de las grandes infraestructuras modernas chinas se encuentran los que levantan estos proyectos y los ponen realmente en marcha, que son también quienes menos sacan de ellos.