Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), nueve de cada diez personas en el mundo respiran aire contaminado y es la causa de siete millones de muertes al año. Cuando disminuye la calidad del aire que respiramos, aumenta el riesgo de sufrir enfermedades cardiovasculares, cáncer de pulmón y problemas respiratorios. Además, la contaminación es un problema que se agrava con la pobreza: el 97% de las ciudades de más de 100.000 habitantes localizadas en países con un nivel económico bajo o medio no cumplen con los niveles de emisiones establecidos por la OMS, mientras que en los países más ricos en términos económicos ese porcentaje se reduce a la mitad. India es uno de los países con mayor riesgo por la concentración de partículas contaminantes, especialmente en zonas urbanas: en la actualidad, el segundo país más poblado del mundo acoge 14 de las 15 ciudades con peor calidad del aire, entre ellas Benarés, Delhi y Agra.

La densidad de micropartículas en suspensión afecta especialmente a las superpobladas ciudades indias debido a los millones de vehículos que circulan a todas horas por sus calles, las tormentas de arena, el polvo generado por las numerosas construcciones, el uso del carbón en actividades domésticas e industriales y los incendios forestales, que emiten partículas tóxicas que además quedan estancadas en las zonas bajas donde se alzan las ciudades rodeadas de montañas, que no dejan circular este aire. En Delhi, definida por uno de los ministros del Gobierno como “una cámara de gas”, tuvieron que cancelarse vuelos y cerrar las escuelas durante unos días en 2017 debido a los niveles de contaminación. El mármol del icónico Taj Mahal tiene que limpiarse periódicamente porque el blanco que lo caracteriza queda enmascarado bajo el verde o el amarillo. Esto mismo pasa con los pulmones de los habitantes de Agra y otras ciudades.
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