Hong Kong es una de las ciudades más automatizadas del mundo. Con 7,4 millones de habitantes, su poderío económico —gracias al peso financiero y a su importante puerto—, hace de la villa una de las principales puertas de entrada de personas, dinero y bienes de Asia-Pacífico. Sus progresos para convertirse en una ciudad inteligente ya dan frutos visibles: casi el 99% de los habitantes tiene una tarjeta personal para moverse en transporte público, la ciudad está llena de sensores para controlar el volumen de tráfico en las carreteras, hay más de 20.000 puntos de acceso gratuitos a la red wifi y las calles empiezan a iluminarse por farolas inteligentes.
Su estatus dentro de China bajo el modelo de “un país, dos sistemas” ha dado a Hong Kong la oportunidad de tener un sistema económico y político más laxo y liberal que el del resto de la República Popular desde la salida de los británicos en 1997 hasta 2047. Sin embargo, en los últimos tiempos Pekín ha aumentado su influencia sobre la ciudad, generando malestar entre los hongkoneses. La tensión llegó a su punto más alto en junio de 2019, cuando comenzó un ciclo de protestas histórico en contra de una polémica propuesta de ley de extradición que autorizaría el envío a la China continental y a Taiwán de personas que se encontraran en Hong Kong pero que hubiesen cometido delitos en esos lugares. A pesar de que la propuesta de ley finalmente se ha retirado, ésa era sólo una de las demandas de los manifestantes, que seguirán en las calles.
Para ampliar: “La geopolítica tras las protestas en Hong Kong”, por Fernando Arancón en El Orden Mundial, 2019
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