En el foco Geopolítica Asia-Pacífico

Así está Hong Kong reinventando la protesta para el siglo XXI

Así está Hong Kong reinventando la protesta para el siglo XXI
Manifestantes durante las protestas en Hong Kong. Fuente: Studio Incendo (Flickr)

Las protestas en Hong Kong se han convertido en el escenario perfecto para probar el impacto de la alta tecnología en la gestión de las protestas ciudadanas. La necesidad y la creatividad de los manifestantes están consiguiendo mitigar la superioridad tecnológica de la policía, desarrollando un manual de referencia para la protesta urbana en el siglo XXI.

Hong Kong es una de las ciudades más automatizadas del mundo. Con 7,4 millones de habitantes, su poderío económico —gracias al peso financiero y a su importante puerto—, hace de la villa una de las principales puertas de entrada de personas, dinero y bienes de Asia-Pacífico. Sus progresos para convertirse en una ciudad inteligente ya dan frutos visibles: casi el 99% de los habitantes tiene una tarjeta personal para moverse en transporte público, la ciudad está llena de sensores para controlar el volumen de tráfico en las carreteras, hay más de 20.000 puntos de acceso gratuitos a la red wifi y las calles empiezan a iluminarse por farolas inteligentes.

Su estatus dentro de China bajo el modelo de “un país, dos sistemas” ha dado a Hong Kong la oportunidad de tener un sistema económico y político más laxo y liberal que el del resto de la República Popular desde la salida de los británicos en 1997 hasta 2047. Sin embargo, en los últimos tiempos Pekín ha aumentado su influencia sobre la ciudad, generando malestar entre los hongkoneses. La tensión llegó a su punto más alto en junio de 2019, cuando comenzó un ciclo de protestas histórico en contra de una polémica propuesta de ley de extradición que autorizaría el envío a la China continental y a Taiwán de personas que se encontraran en Hong Kong pero que hubiesen cometido delitos en esos lugares. A pesar de que la propuesta de ley finalmente se ha retirado, ésa era sólo una de las demandas de los manifestantes, que seguirán en las calles.

Para ampliar: “La geopolítica tras las protestas en Hong Kong”, por Fernando Arancón en El Orden Mundial, 2019

Sensores y más sensores

Los sensores destinados al control del tráfico son capaces de distinguir cuando hay una concentración de elementos inusual. A ciegas, generan impulsos que dan la alarma de congestión. Una calle más abarrotada de lo habitual o un accidente de tráfico que ha generado un atasco kilométrico son ejemplos de situaciones identificables. Junto a miles de cámaras en las calles, estos sensores son capaces de dar a la policía toda la información sobre la ruta de las manifestaciones, qué calles están tomadas y cuáles —de acuerdo con la trayectoria— podrían ser las siguientes.

Al mismo tiempo, la incorporación de herramientas de reconocimiento facial al equipamiento policial y a elementos urbanos como farolas ayudan a la identificación de los manifestantes y al acceso a sus antecedentes, haciendo más rápido el proceso de enjuiciamiento y castigo. La ciudad también se sirve de otros mecanismos de identificación. El posicionamiento del teléfono móvil o la utilización de la tarjeta de transporte público personal —que está ligada al nombre, apellidos y demás datos del usuario— facilitan la predicción de los brotes de las manifestaciones si los individuos ya han sido etiquetados como sospechosos o si un gran número de personas se dirige a un punto concreto.

Así, la tecnología está empezando a amenazar la anonimidad de los protestantes, y estos se han visto obligados a responder con acciones individuales y coordinación general de la protesta. Al contrario que protestas anteriores —como las de la revolución de los paraguas de 2014—, esta nueva ola de protestas se ha caracterizado desde el principio por la ausencia de líderes claros, lo cual le da continuidad al movimiento y reduce las posibilidades de que las autoridades acaben con él atrapando a “la abeja reina”, es decir, a la cúpula organizativa que da las órdenes y genera las estrategias.

Pero esta no es la única innovación que han introducido los protestantes hongkoneses. En primer lugar, han incorporado elementos típicos de los flashmob, una exhibición de baile realizada por personas coordinadas que se esconden entre la multitud y comienzan a bailar en un momento determinado con el fin de que el resto de los presentes se unan. Al no haber líderes reconocidos, las protestas pueden comenzar, desarrollarse y disiparse en cualquier momento y lugar. Los manifestantes pueden así confundirse con el resto de los viandantes si perciben indicios de presión policial, y reaparecer de nuevo en otro lugar. Además, los participantes tratan de dejarse el teléfono en casa o lo llevan apagado, evitan usar su tarjeta de transporte público personal y llevan un recambio de ropa para no ser identificados.

La arquitectura de las protestas también es compleja, e incluye un núcleo de manifestantes organizados en una cadena humana para cumplir labores logísticas o de asistencia. La división de tareas permite que unos se dediquen a proveer de materiales protectores —pañuelos para la cara, cascos, agua, gafas, paraguas, láseres para cegar las gafas de reconocimiento facial de la policía—, otros a proteger y asistir a los manifestantes heridos, y otros a crear defensas y barricadas para dificultar el paso de la policía. Los manifestantes también han desarrollado un lenguaje de signos propio que les permite comunicarse incluso cuando se dan cortes de internet o saturación de los servidores.

Imagen que contiene texto Descripción generada automáticamente
Signos utilizados por los manifestantes para comunicarse con los integrantes de la cadena de distribución de las manifestaciones. En verde, aquellos referidos a lo que sucede con la policía, y en amarillo a los instrumentos necesarios. Fuente: Medium.

Finalmente, el uso de las criptomonedas también supone una innovación. Creadas para garantizar el anonimato de las transacciones y eliminar los intermediarios, tanto las criptomonedas como los cajeros automáticos que las admiten están teniendo un papel activo en las protestas. Un ejemplo es el de la empresa hongkonesa Genesis Block, que contribuyó a la cadena de distribución de los manifestantes facilitando botellas de agua pagadas a través de donaciones en bitcoin. Las botellas llevaban un código QR para que cualquiera pudiera seguir donando sin revelar su identidad, gracias a la seguridad que ofrecen las criptomonedas.

Para ampliar: “Las ciudades inteligentes o cómo gobernar el futuro”, por Trajan Shipley en El Orden Mundial, 2018

Reinventando la protesta

En la última década, las redes sociales han terminado de sustituir otros mecanismos de convocatoria tradicionales como los piquetes, los periódicos clandestinos o el boca a boca. Mediante listas de distribución, grupos o hashtags, plataformas como Facebook, WhatsApp o Twitter han sido clave para la movilización de cientos de miles de manifestantes en torno a una causa. La manifestación de las velas en Corea del Sur en 2017, el Euromaidán de Ucrania en 2014 o las revueltas árabes en 2011 son algunos ejemplos.

En el caso concreto de Hong Kong, las redes sociales se han tornado también en un arma contra los participantes. La capacidad de la policía de captar los mensajes que aparecen en las redes sociales y descifrarlos ha hecho que éstos busquen formas alternativas de llamar a la movilización. Desde PokémonGO o el sistema Air Drop de Google —que permite el traspaso de información de un terminal a otro de manera anónima y sin conexión a Internet— hasta Tinder, pasando por la versión encriptada de Telegram —que además está a punto de lanzar su propia criptomoneda, Gram, y permite grupos de hasta 200.000 participantes—.

A pocos kilómetros, en la China continental, la tecnología ya es una herramienta de control cotidiana y a partir del 2020 formará parte de una extendida red de crédito social que pretende modificar la conducta de los ciudadanos y castigar o premiar sus actos. Para un año más tarde, en 2023, se espera que China tenga implantada la red 5G en la mayoría de sus ciudades, que permitirá automatizarlas aún más y pondrá la pista para el despegue del llamado “internet de las cosas”, dispositivos cotidianos conectados a la red y, por ende, instrumentos de recogida de datos y control. 

Entre tanto, Hong Kong pasará a adoptar los valores y leyes que rigen en el resto de la República Popular en 2047. Si la preocupación de los manifestantes hongkoneses está puesta ahora en la capacidad de la policía de identificarlos y de predecir sus movimientos gracias a los sensores de la ciudad y su equipamiento biométrico, cabe esperar que los avances tecnológicos agraven las dificultades para protestar en Hong Kong, en China y en el resto del mundo. ¿Será la creatividad de los manifestantes suficiente para contrarrestarlos?

Para ampliar: “El sistema de crédito social chino”, por Andrea G. Rodríguez en El Orden Mundial, 2018