Los datos se han convertido en el gran mercado de la economía digital. Son la materia prima para posicionar productos en la red o para entrenar tecnologías como la inteligencia artificial, pero también son necesarios para crear nuevas necesidades. El uso de datos masivos permite incluso que una empresa cambie la manera de pensar de una persona, o modificar a su antojo su estado de humor.
En 2012 Facebook reordenó en secreto el muro de noticias de casi 700.000 usuarios. Durante una semana les mostró noticias positivas y felices, o noticias más tristes y negativas de lo normal, para estudiar su impacto en la vida de estas personas. Sus científicos de datos lo llamaron “impacto emocional”: descubrieron que podía influir en el humor de estos usuarios, que estos lo “contagiaban” a otros fuera, y que cuanto más sosas las noticias menos tiempo pasaba la gente en Facebook. El experimento solo se destapó tras publicarse los resultados en una prestigiosa revista científica, pero fue legal y lo sigue siendo: los usuarios lo aceptan en los “términos y condiciones”.
Los titulares catastróficos o exultantes dan visitas; las visitas, datos, y los datos, dinero. Con un valor estimado de 345.000 millones de dólares para 2026, estos datos nacen de la interacción de las personas en la red y de la habilidad de las empresas para extraerlos a cambio de servicios y entretenimiento. Hasta ahora había funcionado, pero las grandes tecnológicas no contaban con la lucha por el derecho a la privacidad en países occidentales.
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