No ha pasado tanto desde que el domingo 29 de marzo el subsecretario de Sanidad de México se dirigiera a la nación en tono serio pidiendo que todos los ciudadanos del país se quedaran en casa. Ese mismo día el presidente, Andrés Manuel López Obrador (conocido como AMLO), publicó un vídeo en su cuenta de Twitter en el que restaba importancia al coronavirus y hacía referencia a cómo la oposición está utilizando la pandemia para socavar su Gobierno. La actitud del presidente durante esta crisis, manifestada en su confianza en estampas religiosas como método de prevención o en su insistencia en saludar y abrazar a sus seguidores, ha generado dudas entre los mexicanos y ha puesto en entredicho su capacidad de gestión. Es más, esta crisis está poniendo a prueba todo el proyecto nacional del presidente y el populismo sobre el que se ha construido su Gobierno.
La carrera de Obrador
Cuando llegó al poder en julio de 2018, López Obrador lanzó lo que él denominó “la cuarta transformación”, un cambio completo en las dinámicas políticas y económicas del país que hacía referencia a otros tres periodos similares desde la independencia de México. Para Obrador, México debe liberarse de “la mafia del poder”, metáfora con la que se refiere a los política tradicional. AMLO se perfilaba como una novedad para un país que llevaba viviendo un más de ocho décadas gobernado por dos partidos: el PRI y en PAN. Su discurso de izquierda nacionalista conectó bien con las clases humildes canalizando la indignación de una sociedad que había visto cómo la corrupción arrasaba con el país.
La gestión que hizo como alcalde de Ciudad de México entre el 2000 y el 2005 le granjeó el apoyo popular que necesitaba. Además de ser elegido mejor alcalde del mundo en 2004, sus logros en materia de seguridad social o en la lucha contra la corrupción fueron la simiente para su salto a la política federal. Tras disputar dos veces la presidencia en 2006 y 2012 como líder del Partido de la Revolución Democrática, AMLO abandonó la formación para encabezar el Movimiento Regeneración Nacional (MORENA). Finalmente, AMLO llegó a la presidencia con un 56% de los votos, una de las cifras de apoyo más altas de la historia del país, aprovechando la impopularidad de sus adversarios, salpicados por la corrupción.
Ya entonces se vislumbraban los peligros que tenía el discurso populista de Obrador. Una de las características del populismo es su capacidad para polarizar. Apelando al descontento de la población, AMLO ha construido su base política en torno a quienes quieren un nuevo México, contraponiéndolos, en su retórica, a quienes quieren mantener el sistema como está para seguir beneficiándose de él.
Para ampliar: “El PRI, 70 años dominando México”, Victoria Ontiveros en El Orden Mundial, 2019
Entre la ambigüedad y el pragmatismo
Una de las primeras medidas que AMLO tomó cuando llegó al poder fue cancelar la construcción del aeropuerto de Texcoco, en Ciudad de México, una obra faraónica iniciada en 2014 que aspiraba a convertirse en el aeropuerto más importante de toda América Latina. Para ello, AMLO utilizó un mecanismo que le permitía mantener sus promesas electorales sin asumir enteramente la responsabilidad: el referéndum. El recién llegado presidente sometió a consulta nacional la cancelación de la obra y la puesta en marcha de un proyecto alternativo que, según se dijo, costaría mucho menos. Participó menos del 1% de la población y la propuesta de Obrador ganó con más del 60% de los votos, a pesar de que el nuevo plan obviaba los costes añadidos de la cancelación del proyecto, la imposibilidad de recuperar los gastos realizados y la inversión que necesitaría la nueva construcción.
Pero el del aeropuerto de Texcoco no ha sido el único ejemplo: el referéndum se ha convertido en la máxima expresión del estilo de gobierno de López Obrador. Las consultas ciudadanas son una herramienta que le permite pivotar entre el idealismo de izquierdas y el pragmatismo del gobernante sin defraudar a sus electores. Dos ejemplos son la construcción del Tren Maya y la refinería de Dos Bocas, ambos puestos en marcha por AMLO; los dos proyectos se sometieron a referéndum en 2018 junto con otras propuestas, pese a que ya se habían asignado muchos de los contratos, y dieron un resultado similar al del aeropuerto: abrumador apoyo a AMLO con una participación del 1%. Tanto el tren como la refinería han sido criticados por su impacto medioambiental y en las comunidades locales. Sin embargo, AMLO apela al bien común, se desembaraza de la responsabilidad política con las consultas y tilda cualquier crítica de conspiración, afirmando que los críticos quieren mantener el modelo corrupto que ha imperado hasta ahora.
A los referendums y las obras públicas se suman medidas en la misma línea populista como la creación de una Guardia Nacional para luchar contra la violencia y un nuevo plan contra el narcotráfico. AMLO insiste en que ambos estaban dando resultados, pero los datos le contradicen: 2019 ha sido el año más violento desde que se tienen registros en el país.
Para ampliar: “La nueva Guardia Nacional no servirá contra la violencia en México”, Eduardo Saldaña en El Orden Mundial, 2019
Un virus populista
En un principio, AMLO afrontó la pandemia con la misma actitud: en sus declaraciones públicas ha restado importancia al coronavirus, insistiendo en que la transformación del país no debía pararse y afirmando que el Gobierno tenía todo bajo control. Pese a que en las últimas semanas parece haber cambiado de postura, su gestión sigue siendo duramente criticada. La presentación de un plan de reactivación económica a principios de abril ha dejado insatisfechos a muchos en un país en el 56% de la población ocupada lo hace en empleo informal y que ha perdido en dos semanas más empleos de los que se crearon en todo el año anterior.
Además, la pasividad y optimismo del presidente va a contracorriente hasta de su propio Gobierno: mientras AMLO afirmaba el 5 de abril que México “es, después de la India, el país con menos infectados con coronavirus”, unos días más tarde, el 9 de abril, el subsecretario de Sanidad, López-Gatell, confirmaba en rueda de prensa que, el Gobierno calculaba que en el país hay entre diez y doce veces más contagios de los confirmados.
México es uno de los países de la OCDE que menos invierte en sanidad, y también está entre los que tiene menos camas en UCI y menos capacidad hospitalaria. Por si fuera poco, hace frontera con EE. UU., el principal foco a nivel mundial en este momento. A la actitud de AMLO también se suman las muestras de descoordinación del Gobierno aumentando el desconcierto de la ciudadanía y la incertidumbre económica. Una de las últimas medidas, por ejemplo, ha sido el anuncio de una contratación masiva de doctores y enfermeras para paliar la crisis, a pesar de que esa necesidad ya era conocida de antemano por el propio Obrador.

Uno de los problemas del populismo en un momento como este es que la división entre buenos y malos que crea ese discurso no deja espacio para la crítica, tampoco la constructiva. Así, cuando las declaraciones de AMLO restando importancia al coronavirus se tildaron de temeridad, este respondió poniendo el foco en sus críticos y no en la gestión que estaba haciendo de la epidemia: toda contestación a sus decisiones es presentada como una traición a México. El discurso populista de Obrador ha enmascarado su irresponsabilidad con una supuesta lucha encarnizada del Gobierno y el pueblo por defender el cambio que quieren para el país: este “no es un Gobierno de élite de unos cuantos que le da la espalda al pueblo; no, nosotros somos pueblo”, como dijo en una conferencia matinal el 31 de marzo.
Así, además de la propia pandemia, México se enfrenta al peligro de que esta crisis termine por asentar el populismo de AMLO en la política nacional. Su apoyo popular no ha parado de caer en las últimas semanas, pasando de un 57,3% en enero a un 47% a principios de abril. Sin embargo, Obrador sabe salir reforzado cuando enmarca las críticas en un “ellos contra nosotros”, presentándose como un padre de la patria que la protege frente a los corruptos. Si bien la gestión de la pandemia está dejando mucho que desear a nivel sanitario, esta no tiene porqué minar la estrategia política de AMLO: al igual que en otros países la extrema derecha está instrumentalizando el coronavirus con su discurso racista, el presidente mexicano puede utilizarla para reforzar su discurso populista y anticorrupción. De hecho, según Obrador esta crisis demuestra que el modelo neoliberal no ha funcionado y que la única salida es su cuarta transformación, con inversión estatal y obras públicas.
AMLO no va a cambiar su estrategia durante esta crisis porque no tiene necesidad de hacerlo. Muchos se sorprendieron cuando, durante una conferencia, Obrador afirmó que el coronavirus le ha venido a México “como anillo al dedo” para llevar a cabo su transformación; en este caso, el presidente está en lo cierto. La corrupción ha erosionado tanto el Estado que este prácticamente no existe, y la pandemia va a poner aún más de manifiesto la necesidad de construir un Estado fuerte, el mensaje que AMLO lleva años esgrimiendo. Con una oposición debilitada e incapaz de competir con el presidente, solo cabe esperar que sea la propia sociedad mexicana la que tome conciencia de las carencias y riesgos que tiene un modelo político como el de Andrés Manuel López Obrador.
Para ampliar:“¿Qué mundo nos espera tras la pandemia del coronavirus?”, Eduardo Saldaña en El Orden Mundial, 2020







