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A principios de junio, Ucrania lanzó su última contraofensiva en el sureste del país. Las autoridades en Kiev y los medios occidentales habían hablado durante meses de una operación que decantaría el curso de la guerra. Tal era el optimismo que el jefe de la inteligencia ucraniana, Kyrylo Budánov, vaticinó en enero la “derrota final” de las tropas rusas en primavera. Pero sus predicciones no se han cumplido. La campaña ucraniana no ha prosperado tan rápido como presagiaban y las esperanzas de un desenlace inminente se han esfumado. Ahora, todo apunta a que la contienda será larga.
El escenario de una guerra de desgaste obliga a Ucrania y a Occidente a reajustar su estrategia. Ambos tendrán que preparar la economía ucraniana para un conflicto duradero. Del mismo modo, deberán impulsar sus industrias de defensa para dotar al Ejército ucraniano de equipos militares más potentes y mejor formación. Pero el reloj corre en su contra. 2024 es año electoral en Estados Unidos y en la Unión Europea, y existe el miedo de que un regreso de Donald Trump a la Casa Blanca desbarate estos planes.
La contraofensiva ucraniana: un problema de expectativas
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