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Estos días, la reunión del Consejo Europeo ha vuelto a dar síntomas de esa fragmentación e inestabilidad ante los retos que golpean las puertas del espacio comunitario. El desafío industrial chino, la apisonadora trumpista, los precios de la energía o la disputa por el presupuesto comunitario europeo —con los halcones de la austeridad despertando de su letargo— han sido el marco de una cumbre de primeros ministros y jefes de Estado árida y con pocos avances.
Lo más acuciante, sin embargo, es la escalada híbrida que está protagonizando Rusia en suelo comunitario, que sucede casi al mismo tiempo que se endurece el rechazo de las fuerzas de extrema derecha alemanas y francesas a seguir apoyando a Ucrania en su defensa contra la invasión.
Al otro lado del Atlántico ha sucedido algo parecido: Trump ha dado oxígeno a Putin en los últimos días tras cerrar un acuerdo para el suministro de diésel y firmar una orden ejecutiva para no imponer más sanciones contra el país euroasiático.
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