no es el fin del mundo logo

No es el fin del mundo

El pódcast semanal de El Orden Mundial para entender qué pasa en el mundo. Análisis, contexto y matices sobre la realidad internacional.

Yakuza: la mafia japonesa en la sombra

Cuando pensamos en Japón imaginamos orden, seguridad y un respeto casi reverencial por las normas: un país donde puedes olvidarte la cartera en un restaurante y recuperarla horas más tarde en el mismo sitio. Sin embargo, en el corazón de una de las sociedades más seguras del planeta ha sobrevivido durante casi cuatro siglos la Yakuza, una de las organizaciones criminales más poderosas y enigmáticas de la historia. ¿Cómo encaja semejante contradicción? En el nuevo episodio de No es el fin del mundo nos adentramos en el submundo nipón para averiguarlo.

Lejos de ser una mafia al uso, estos supuestos herederos de los samuráis llegaron a tener oficinas con su nombre en la puerta, participaron en la reconstrucción del país tras la Segunda Guerra Mundial y tejieron alianzas con el poder político. Su mitología ha conquistado el cine, el manga y los videojuegos, aunque la realidad resulta bastante más compleja que la ficción. A lo largo de la conversación separamos el grano de la paja para entender qué hay de cierto en todo ese imaginario.

Los orígenes de la Yakuza: del periodo Edo a los herederos de los samuráis

El propio nombre esconde una pista sobre su identidad. Ya, ku, za son los números ocho, nueve y tres, la peor jugada posible de un juego de cartas tradicional, y simboliza a los perdedores de la sociedad, gente con vidas complicadas y poco que aportar. Ese origen humilde se remonta al periodo Edo, cuando el shogunato Tokugawa unificó el archipiélago y trajo más de dos siglos de estabilidad. Con las ciudades en expansión florecieron el comercio y, de paso, la delincuencia entre las clases más desfavorecidas.

Tres colectivos sentaron las bases de estas redes: los tekiya, comerciantes ambulantes y estafadores; los bakuto, dedicados a las apuestas y los préstamos usureros; y los ronin, samuráis sin señor que se quedaron sin oficio en tiempos de paz. De su colaboración progresiva surgió una estructura familiar única, la ikka, con un padre (oyabun) y sus hijos adoptivos (kobun) unidos mediante rituales de sake y una lealtad casi sagrada. Esa jerarquía de raíz confuciana, donde traicionar al superior equivale al peor de los pecados, ayuda a explicar por qué la Yakuza ha resistido tanto tiempo. En el episodio detallamos cómo aquellos grupos dispersos acabaron convirtiéndose en grandes sindicatos como el Yamaguchi-gumi, que funcionan casi como conglomerados empresariales.

Yakuza: katanas, tatuajes y limusinas

El ocaso de la Yakuza: leyes antimafia, tatuajes y castigos rituales

Durante los años sesenta y setenta la organización vivió su apogeo: llegó a reunir más de 180.000 miembros y el Yamaguchi-gumi fue considerado el grupo criminal más grande del mundo. Controlaba el mercado negro de la posguerra, la construcción, el ocio nocturno y el pachinko, ese ingenioso juego que esquiva la prohibición de las apuestas en Japón. En plena burbuja económica de los ochenta incluso especuló en bolsa e inmuebles, dando lugar a la llamada Yakuza económica.

Todo cambió en los noventa. El pinchazo de la burbuja, las guerras internas por la sucesión y, sobre todo, la Ley Antiyakuza de 1992 marcaron el inicio de una larga decadencia. Las reformas posteriores prohibieron a bancos, inmobiliarias y empresas hacer negocios con sus integrantes, que hoy apenas superan los 18.000: ser miembro pasó a significar no poder firmar un alquiler ni comprar un coche a crédito. Más allá de las cifras, en el episodio nos detenemos en su universo simbólico, con los espectaculares tatuajes irezumi, el yubitsume o ritual de cortarse el meñique como disculpa, y un código de honor heredado del bushido. Dale al play para descubrir por qué la Yakuza, pese a estar en horas bajas, sigue demostrando una capacidad de adaptación extraordinaria.

Otros pódcast de EOM