Puerto Rico: música y resistencia
Cuando Bad Bunny canta en Debí Tirar Más Fotos que el jíbaro llora porque «el corrupto lo echó», no está componiendo una canción nueva. Está actualizando un lamento que lleva siglos resonando en la isla. La música de Puerto Rico ha sido, desde la colonia española hasta el reggaeton global de hoy, uno de los principales vehículos de identidad y resistencia de un pueblo que nunca ha tenido plena soberanía política. En este episodio de No es el fin del mundo, recorremos quinientos años de historia boricua a través de sus ritmos, sus letras y sus artistas más influyentes.
Puerto Rico lleva más de cinco siglos bajo el control de una u otra potencia exterior. Primero el Imperio español, luego Estados Unidos, que tomó la isla en 1898 y la mantiene hoy en el peculiar limbo del Estado Libre Asociado. Sin capacidad de votar al presidente ni en el Congreso, con una economía históricamente organizada a conveniencia del poder de turno y con más de la mitad de la población bajo el umbral de la pobreza, los puertorriqueños han encontrado en la cultura el espacio donde ejercer la soberanía que la política les niega. Y en ese espacio, la música puertorriqueña ha ocupado siempre un lugar central.
De la bomba a la plena: las raíces de la resistencia musical en Puerto Rico
La identidad sonora de la isla nació del mestizaje entre los taínos originarios, los colonizadores españoles y los esclavos africanos. De los primeros llegaron instrumentos como el güiro y la maraca; de los españoles, la vihuela que evolucionaría al cuatro jíbaro; y de los africanos, el tambor que está en la raíz de la música popular puertorriqueña. De ese tambor nació, en los barracones de esclavos del siglo XVII, la bomba: un género que se usaba tanto para celebrar como para resistir. Artistas como Rafael Cortijo e Ismael Rivera la modernizarían siglos después, llevándola a la televisión y a los hoteles de lujo de San Juan, y Tego Calderón la reivindicaría en 2002 como símbolo del orgullo afropuertorriqueño.
A la bomba se sumó la plena, nacida entre los obreros de los cañaverales de Ponce a finales del siglo XIX. Llamada también «el periódico del pueblo» por su tendencia a narrar la cotidianidad, la plena se politizó con la llegada de los estadounidenses y se convirtió en canal de información de las huelgas obreras. Figuras como Joselino Bumbum Oppenheimer o Carola Clark la llevaron a Nueva York, donde las grabaciones conectaron a la diáspora con la isla. En paralelo, el jíbaro campesino de las montañas desarrolló su propia música, el seis y el aguinaldo, cantados en décima, para hablar del patrón que lo explota y de la tierra que le arrebataron. Toda esta historia la analizamos en profundidad en el episodio.
La salsa y el reggaeton, la música de Puerto Rico que conquistó el mundo
Cuando la Gran Migración de los años cuarenta y cincuenta trasladó a cientos de miles de puertorriqueños a Nueva York, la música viajó con ellos y se transformó. En los arrabales del Bronx y del Barrio, mezclando la bomba y la plena con el jazz, el mambo cubano y la guaracha, nació la salsa: una música boricua tan reivindicativa como el mundo que la vio nacer. Willie Colón, fallecido en 2025, y Héctor Lavoe convirtieron el trombón en un arma cultural. Sus discos con portadas que imitaban fichas policiales del FBI eran un acto de resistencia contra la criminalización sistemática de los puertorriqueños. Más tarde, junto a Rubén Blades, Colón llevaría la salsa a territorios literarios y políticos con Siembra, el disco de mayor difusión en la historia del género.
Décadas después, en los caseríos de San Juan, ese mismo impulso tomó otra forma. El reggaeton surgió de la mezcla del hip-hop neoyorquino y el dancehall jamaicano con la tradición urbana local, y desde el principio fue una música de resistencia puertorriqueña que las autoridades intentaron censurar. La campaña «Mano Dura contra el Crimen» del gobernador Rosselló en los noventa incluyó redadas en tiendas de discos para confiscar casetes de underground. El reggaeton molestaba porque era la voz de los márgenes que empezaba a salir de los márgenes. Gasolina de Daddy Yankee lo llevaría al mundo entero en 2004, y Bad Bunny lo convertiría en tribuna política global dos décadas después.
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