Myanmar, la gran guerra del Sudeste asiático
El 1 de febrero de 2021, una monitora de aerobic grababa su clase online frente al Parlamento de Myanmar sin saber que, a sus espaldas, un convoy militar consumaba un golpe de Estado. Ese vídeo surrealista se convirtió en el símbolo del inicio de la guerra en Myanmar, un conflicto que ya se ha cobrado más de 80.000 vidas y que, cinco años después, permanece abierto sin que se vislumbre una salida. A pesar de su brutalidad, esta guerra rara vez ocupa portadas, y en el nuevo episodio de No es el fin del mundo viajamos hasta el sudeste asiático para analizar en profundidad uno de los conflictos más olvidados de nuestro tiempo.
Myanmar no es un país cualquiera. Su posición geográfica lo convierte en un nudo estratégico entre el subcontinente indio y el sudeste asiático, con una salida al océano Índico que permite a China evitar su dependencia del estrecho de Malaca, por donde transcurre el 25% del comercio marítimo mundial. A eso se suma una enorme riqueza en recursos naturales —petróleo, gas, madera de teca, piedras preciosas— y una diversidad étnica de 135 grupos reconocidos, cuya convivencia nunca ha sido sencilla. Todo ello dibuja un escenario complejo que va mucho más allá de lo que los titulares suelen contar.
Las raíces del conflicto en Myanmar
Para entender la guerra que sacude el país desde 2021 hay que remontarse décadas atrás. La historia de Myanmar está marcada por el peso desproporcionado que el ejército —el tatmadaw— siempre ha tenido en la vida política. Desde la independencia del Reino Unido en 1948, los militares han gobernado el país durante la mayor parte de su historia, a menudo con mano de hierro y bajo ideologías tan particulares como la llamada «vía birmana al socialismo». Entre 2015 y 2021, el país vivió una breve ventana democrática liderada por Aung San Suu Kyi, Nobel de la Paz e hija del fundador de las propias fuerzas armadas, en una paradoja que resume bien la complejidad birmana. Cuando su partido volvió a ganar las elecciones de 2020 con una mayoría aún mayor, el ejército decidió que ya había tenido suficiente democracia.
Ese golpe de Estado desencadenó una respuesta civil masiva que fue brutalmente reprimida y derivó en una guerra de guerrillas en la que la resistencia democrática controla hoy el 42% del territorio frente al 24% de la junta militar. El conflicto, sin embargo, no tiene visos de resolverse pronto: el frente está estancado, la opositora Aung San Suu Kyi lleva años detenida en paradero desconocido, y las elecciones celebradas recientemente por la junta carecieron de toda garantía democrática.
Los intereses globales detrás de la guerra olvidada
El conflicto birmano no es solo una guerra civil: tiene dimensiones geopolíticas que explican por qué potencias como China o Estados Unidos tienen tanto en juego. Pekín apoya a la junta militar para proteger sus inversiones en infraestructuras y asegurar su acceso al océano Índico a través del Corredor Económico China-Myanmar, aunque al mismo tiempo ha tenido que lidiar con el florecimiento de ciudades dedicadas al crimen organizado en la frontera porosa entre ambos países. Washington, por su parte, apoyó a las fuerzas pro democráticas y aprobó sanciones contra la junta, pero los severos recortes de la administración Trump han reducido drásticamente esa ayuda. La ASEAN, la organización regional que debería haber mediado, no ha conseguido imponer el cese al fuego que prometió.
En este episodio de No es el fin del mundo, recorremos su historia desde el reino de Pagan y la colonización británica hasta el presente de una guerra en la que drones caseros y espías infiltrados conviven con una junta militar que controla cada vez menos territorio pero se aferra al poder.
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