La lucha LGTBIQ+: de Stonewall al capitalismo rosa
«Todo el mundo está inquieto, enfadado y exaltado. Nadie tiene un lema, ni siquiera una postura definida. Pero algo se está gestando». Así se describieron los disturbios de Stonewall mientras ocurrían, la noche del 27 al 28 de junio de 1969. Aquella revuelta espontánea en un bar gay de Nueva York se convirtió en el punto de partida simbólico de la lucha LGBTIQ+ tal y como la conocemos hoy: una comunidad que pasó de vivir en los márgenes de la sociedad a organizarse, marchar y reclamar derechos en todo el planeta. Desde entonces, cada 28 de junio se conmemora el Día Internacional del Orgullo, una fecha que recuerda que detrás de los desfiles hay décadas de protesta, represión y resistencia.
En el nuevo episodio de No es el fin del mundo, el podcast de El Orden Mundial, recorren este movimiento a través de una metáfora muy concreta: la de montar una protesta, paso a paso. ¿Quién forma el colectivo? ¿Qué reclama exactamente? ¿Por qué se eligió el 28 de junio como fecha simbólica? Y, sobre todo, ¿contra qué sigue luchando hoy, en un momento de avances notables pero también de retrocesos preocupantes en distintas partes del mundo? Son las preguntas que desgranamos a continuación, y que el episodio responde con mucho más detalle.
¿Quién protesta? El sujeto plural de la lucha LGBTIQ+
Cuando hablamos de colectivo LGBTIQ+ nos referimos al movimiento social y a la comunidad que engloba la diversidad de identidades de género y orientaciones sexuales que se alejan de la norma tradicional: lesbianas, gays, personas bisexuales, trans, intersexuales y queer, entre otras realidades que el símbolo «+» intenta recoger. Pero el sujeto de este movimiento no ha sido siempre el mismo ni ha recibido la misma atención. En los disturbios de Stonewall, quienes plantaron cara a la policía fueron sobre todo personas trans y trabajadoras sexuales racializadas, como Marsha P. Johnson o Sylvia Rivera. Sin embargo, durante décadas el protagonismo del movimiento recayó casi en exclusiva sobre el hombre gay blanco, relegando a un segundo plano a quienes realmente habían encabezado la revuelta.
Tampoco se trata, como a veces se asume, de un fenómeno exclusivamente occidental. Las disidencias sexuales y de género han existido en prácticamente todas las culturas, y muchas de las leyes que hoy criminalizan al colectivo son herencia directa del colonialismo europeo, que impuso una visión binaria de la sexualidad allí donde antes no existía. Casos como el de la Unión Soviética, que despenalizó la homosexualidad ya en 1917, o el de la amplia y antiquísima comunidad trans de India, muestran que la geografía de la lucha LGBTIQ+ ha cambiado radicalmente con el tiempo. Reducir su origen a Stonewall simplifica una historia mucho más global y plural, con ejemplos en varios continentes que el episodio recupera uno por uno.
Pinkwashing, capitalismo rosa y los retrocesos que amenazan al colectivo
A medida que este movimiento ha ido ganando visibilidad y derechos, también ha despertado el interés de Estados y empresas dispuestos a apropiarse de su imagen sin asumir sus reclamos. Es lo que se conoce como pinkwashing: usar la bandera del colectivo para lavar la reputación de un país o una marca, como hizo la FIFA en Qatar o como hace Israel desde 2005 con su campaña turística en torno a Tel Aviv, mientras el matrimonio igualitario sigue sin existir en su territorio. Algo parecido ocurre con el capitalismo rosa: durante el mes del Orgullo, ciudades como Madrid mueven más de cien millones de euros diarios gracias a un desfile patrocinado por grandes corporaciones, lo que ha llevado a parte del movimiento a organizar manifestaciones alternativas que reclaman repolitizar la fecha.
Porque, pese a los avances legales de las últimas décadas, la lucha LGBTIQ+ está lejos de haber terminado. En España, una de cada cuatro personas del colectivo sufrió discriminación en 2025 y una de cada tres ha pensado alguna vez en quitarse la vida; en el resto del mundo, gobiernos como el de Trump en Estados Unidos, Meloni en Italia o Vox en España impulsan retrocesos legislativos, mientras el número de países que criminalizan la homosexualidad ha vuelto a crecer por primera vez en una década. El episodio completo de No es el fin del mundo recorre estos y muchos otros frentes —desde el impacto del sida hasta el fenómeno del sexilio en la España rural— para entender hacia dónde camina hoy una de las luchas sociales más vivas y, todavía, más amenazadas.