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No es el fin del mundo

Cada semana el equipo de El Orden Mundial analiza los temas que mueven la política internacional para intentar desentrañar cómo funciona el mundo.

La geopolítica del aguacate

Hay pocos alimentos que condensen tanto como el aguacate. No solo ha conquistado los desayunos, los brunchs y los supermercados de todo el mundo: también es el escenario de batallas arancelarias entre potencias, el objetivo del crimen organizado y un espejo en el que se refleja cómo la globalización está homogeneizando lo que comemos. Por eso, en el nuevo episodio de No es el fin del mundo, dedicamos casi dos horas a diseccionarlo en todas sus dimensiones: desde su origen en Mesoamérica hace miles de años hasta la guerra comercial que libró Trump con México cuando quiso gravar su importación, y que acabó teniendo que revertir.

Porque el oro verde no ha llegado a nuestras neveras por casualidad. Detrás de su expansión hay décadas de política comercial, marketing calculado y una industria que supo crear, antes que nadie, el manual del alimento saludable del siglo XXI.

De México a California: la geopolítica detrás del aguacate Hass

Aunque el aguacate lleva consumiéndose en Mesoamérica desde hace entre siete mil y diez mil años, la variedad que domina el 95% del mercado global, el Hass, tiene una historia profundamente política. A principios del siglo XX, Estados Unidos importó material genético de decenas de variedades mexicanas y, casi al mismo tiempo, en 1914, prohibió la entrada de aguacates procedentes de México con la llamada Cuarentena 12. Una maniobra que combinó la apropiación del conocimiento agrícola ajeno con la protección del mercado propio.

La variedad Hass, desarrollada por accidente en California a partir de injertos de aguacate guatemalteco, acabó siendo el resultado de todo ese proceso. Y fue la Comisión de Aguacates de California la que, a partir de los años noventa, desplegó la maquinaria publicitaria que convertiría este fruto en sinónimo de vida sana: campañas de nutrición, asociaciones con la Super Bowl y el empuje definitivo del Tratado de Libre Comercio de América del Norte, que en 1994 abrió los mercados regionales, aunque la prohibición de importar aguacates mexicanos no se levantaría hasta 1997.

En el episodio se explica también cómo ese momento fue, en palabras del entonces presidente de la Comisión de Aguacates de California, «la bienvenida oficial al mundo geopolítico del siglo XXI». Y cómo, décadas después, el aguacate mexicano es tan indispensable para el mercado estadounidense que ningún arancel ha podido con él.

El precio oculto del oro verde: crimen organizado e impacto ambiental

El boom del aguacate tiene una cara B que conviene conocer. México, y en concreto el estado de Michoacán, donde se concentra el 75% de la producción nacional, se convirtió en un objetivo del crimen organizado a medida que el mercado se disparaba. Los mismos métodos del narcotráfico, extorsión, secuestros, desplazamiento forzado, se aplicaron a toda la cadena de valor del aguacate: el 80% de las plantaciones michoacanas se establecieron de forma ilegal, en muchos casos sobre tierras protegidas deforestadas por grupos armados para ser luego regularizadas y vendidas al sector privado.

El impacto medioambiental del cultivo intensivo tampoco es menor. Producir aguacates consume unos 9.500 millones de litros de agua al día en Michoacán, y los acuíferos de la región lo acusan desde hace décadas. Un manantial en los alrededores de Uruapan, conocida como la capital mundial del aguacate, pasó de producir más de 4.000 litros por minuto en los años sesenta a menos de 800 en 2015. El problema no es exclusivo de México: en España, primer productor europeo, con cultivos concentrados en Andalucía y Canarias, el agotamiento hídrico y la apertura de pozos ilegales plantean las mismas preguntas sobre la sostenibilidad del modelo.

Y aquí reside una de las grandes contradicciones que el episodio analiza: el aguacate se vende como símbolo de lo saludable y lo ecológico, mientras su producción intensiva agota recursos naturales, alimenta economías criminales y forma parte de los monocultivos más devastadores para la biodiversidad local. Un fruto que, en definitiva, refleja con una precisión incómoda las tensiones del mundo en que vivimos.