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No es el fin del mundo

Cada semana el equipo de El Orden Mundial analiza los temas que mueven la política internacional para intentar desentrañar cómo funciona el mundo.

Japón, de Pearl Harbor a la actualidad

El 7 de diciembre de 1941, cazas japoneses atacaron Pearl Harbor y desencadenaron una guerra que terminaría con su rendición apenas cuatro años después. Sin embargo, lo más sorprendente no fue la derrota de Japón, sino su resurrección: un país arrasado que en pocas décadas se convirtió en la segunda economía del mundo, amenazando incluso la supremacía estadounidense sin disparar un solo tiro. Hoy analizamos en profundidad la segunda mitad del siglo XX en Japón, la continuación de nuestra serie sobre el archipiélago nipón, donde exploramos cómo este país pasó del militarismo imperial a convertirse en una potencia tecnológica y cultural global.

En el episodio anterior del podcast «No es el fin del mundo» recorrimos la historia de Japón desde sus orígenes míticos hasta la Segunda Guerra Mundial, pasando por la era de los samuráis, el shogunato Tokugawa y la restauración Meiji. Ahora completamos esa historia para entender cómo la segunda mitad del siglo XX japonés resume una de las transformaciones más extraordinarias de la historia contemporánea: de imperio militarista derrotado a gigante económico y referente cultural planetario, todo ello mientras navegaba entre crisis económicas, dilemas identitarios y tensiones regionales que persisten hasta hoy.

De la ocupación estadounidense al milagro económico

El ataque a Pearl Harbor no fue un hecho aislado, sino parte de una estrategia de expansión defensiva. En apenas cuatro meses, las fuerzas japonesas conquistaron Tailandia, Malasia, Singapur, Indonesia y Filipinas, creando un cinturón de protección alrededor del archipiélago. Sin embargo, esta huida hacia delante tenía los días contados. La superioridad industrial estadounidense se hizo sentir rápidamente: batallas como Midway en junio de 1942 marcaron el punto de inflexión definitivo en la Segunda Guerra Mundial para Japón.

Los últimos meses de la guerra fueron devastadores. Los bombardeos incendiarios arrasaron ciudades enteras, y el 6 y 9 de agosto de 1945, las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki inauguraron la era nuclear con un coste humano terrible: más de 200.000 muertos. Pero lo que finalmente precipitó la rendición japonesa el 2 de septiembre de 1945 a bordo del acorazado Missouri no fueron solo las bombas nucleares, sino el miedo a una invasión soviética desde el norte. Casi un siglo después de la llegada de los «barcos negros» del comodoro Perry en 1853, Japón comenzaba una nueva era claudicando, una vez más, ante el poder naval estadounidense.

La ocupación estadounidense duró hasta 1952 y transformó radicalmente el país. El general MacArthur impuso una nueva Constitución que convertía al emperador en una figura meramente simbólica, establecía un sistema parlamentario democrático y, crucialmente, incluía el famoso artículo 9 que prohibía a Japón mantener un ejército ofensivo. También se llevaron a cabo reformas sociales impensables en Estados Unidos: reforma agraria, leyes laborales avanzadas, igualdad entre hombres y mujeres sobre el papel, e incluso la legalización del Partido Comunista. La economía se liberalizó, llegaron inversiones masivas y la influencia cultural estadounidense impregnó todos los aspectos de la sociedad en la segunda mitad del siglo XX en Japón.

Durante las décadas de 1960 a 1980, Japón experimentó un crecimiento económico sin precedentes conocido como «el milagro económico japonés». Con tasas de crecimiento del 10% anual durante casi dos décadas, el país pasó de las cenizas de la guerra a convertirse en 1978 en la segunda economía mundial, superando incluso a la Unión Soviética. Este boom se sustentó en tres pilares: el apoyo masivo de Estados Unidos, que abrió su mercado e invirtió generosamente; una estrategia industrial agresiva del gobierno japonés que protegió y financió a sus grandes conglomerados empresariales; y la prohibición de armarse, que permitió dedicar más recursos a la industria tecnológica.

El éxito fue tan espectacular que generó lo que se conoció como «el problema japonés»: el miedo estadounidense a ser superado por su propio aliado. En 1989, el 68% de los estadounidenses consideraba a Japón una amenaza mayor que la propia Unión Soviética. No era para menos: cuatro de los cinco bancos más grandes del mundo eran japoneses, el Honda Accord se había convertido en el coche más vendido en Estados Unidos, y el archipiélago nipón parecía en camino de dominar sectores estratégicos como los semiconductores, donde en 1986 ya producían más microchips que Estados Unidos.

Japón: de los orígenes al imperialismo

Crisis, estancamiento y poder blando global

Pero este momento de gloria tendría los días contados. A principios de los años noventa estalló una de las mayores burbujas inmobiliarias de la historia: el valor de los bienes inmuebles japoneses suponía el 20% de la riqueza mundial, y solo el área metropolitana de Tokio valía tanto como todo Estados Unidos. Cuando la burbuja reventó en 1991, inauguró lo que se conoce como «la década perdida», que en realidad se convirtieron en décadas perdidas que marcarían el final del siglo XX y el inicio del XXI en Japón. Desde entonces, el crecimiento se estancó en torno al 1%, los salarios reales cayeron un 11%, y la deuda pública se disparó hasta el 237% del PIB, la más alta del mundo.

Esta crisis económica tuvo consecuencias políticas profundas. El Partido Liberal Democrático, que había dominado la política japonesa desde 1955, vio tambalear su poder y la derecha sintió la necesidad de una refundación ideológica. En 1997 se fundó el Nippon Kaigi, una organización ultraconservadora que incluye a numerosos líderes políticos y que defiende el revisionismo histórico sobre la Segunda Guerra Mundial, niega o minimiza crímenes como las «mujeres de consuelo» y la masacre de Nankín, y aboga por reformar el artículo 9 de la Constitución. Este revisionismo sigue envenenando las relaciones con China y Corea del Sur, generando tensiones diplomáticas recurrentes.

A pesar del estancamiento económico, la segunda mitad del siglo XX en Japón consolidó un poder blando extraordinario que perdura hasta nuestros días. El manga y el anime, que comenzaron a expandirse globalmente en los años cincuenta y sesenta inspirándose en los cómics y la animación occidental, se han convertido en productos culturales reconocibles en todo el mundo. Estudios como Toei Animation y Studio Ghibli han creado universos que trascienden fronteras, mientras que empresas como Nintendo han revolucionado la industria del videojuego con iconos como Mario Bros y Pokémon. La influencia cultural japonesa es innegable, desde manifestantes de la generación Z que portan la bandera pirata de One Piece hasta el boom turístico que ha multiplicado por seis las visitas internacionales en apenas dos décadas.

Los desafíos que enfrenta Japón hoy son formidables: una crisis demográfica con una de las tasas de fecundidad más bajas del mundo, el auge de la extrema derecha xenófoba que culpa al turismo y la inmigración de los males del país, y dilemas de seguridad regional frente a China y Corea del Norte que reavivan el debate sobre el rearme. Así, Japón navega el siglo XXI atrapado entre su glorioso pasado económico, su innegable influencia cultural y los fantasmas históricos que aún no ha conseguido exorcizar.