¿Es el fin del Estado del bienestar?
Durante generaciones, el Estado de bienestar ha funcionado como un contrato tácito entre la ciudadanía y sus instituciones: trabajas, cotizas y el sistema te protege cuando lo necesitas. Hoy, ese contrato muestra grietas profundas. Las listas de espera se alargan, el acceso a la vivienda se vuelve imposible para muchos jóvenes y los salarios pierden poder adquisitivo. Las preguntas se acumulan: ¿es sostenible el modelo? ¿Estamos ante el principio del fin?
En el nuevo episodio de No es el fin del mundo, exploramos uno de los grandes temas de nuestro tiempo. Un episodio que construye desde los cimientos, qué es, de dónde viene y cómo ha sobrevivido a cada crisis, hasta los retos que amenazan su futuro y que hacemos dentro del marco de la beca europea GenEU.
Los pilares y los modelos: qué es realmente el Estado de bienestar
El Estado de bienestar es, en esencia, un pacto entre el Estado y la ciudadanía para garantizar derechos sociales que el libre mercado no puede asegurar por sí solo. Seguridad social, servicios públicos, asistencia social, trabajo social y gobernanza económica forman sus cinco pilares básicos. Pero más allá de los pilares, lo que diferencia a los distintos sistemas es su lógica de diseño: quién tiene acceso a qué y en qué condiciones.
De ahí nacen los grandes modelos que el episodio desgrana con una metáfora tan sencilla como eficaz: las ensaladas. La escandinava, con universalidad y generosidad altas financiadas con impuestos generales. La continental bismarckiana, construida en torno al trabajo y las cotizaciones. La liberal anglosajona, que cubre a muchos pero con una red muy fina. Y la mediterránea, marcada por una dualidad histórica entre trabajadores protegidos y una periferia desatendida. Cada modelo tiene su receta, su historia y sus defensores, lo que explica por qué el Estado de bienestar ha resultado tan difícil de desmantelar incluso cuando las circunstancias han cambiado.
Los retos del Estado de bienestar: entre el rearme y la legitimidad perdida
Desde el shock petrolero de 1973 hasta la austeridad post-2008, pasando por el COVID, el Estado de bienestar ha sobrevivido adaptándose. Pero los retos actuales tienen una dimensión nueva. El envejecimiento de la población tensiona un sistema de pensiones diseñado para otra pirámide demográfica. La precariedad laboral deja fuera a una generación entera de trabajadores, los llamados outsiders, que pagan un sistema del que no saben si podrán beneficiarse. Y la erosión fiscal, con décadas de rebajas impositivas a las rentas altas y al capital, ha ido vaciando la base con la que se financia todo.
A esto se suma un contexto geopolítico que replantea las prioridades. El rearme europeo, acelerado tras la guerra en Ucrania, compite directamente con el gasto social: cada euro destinado a defensa es un euro que no va a sanidad, pensiones o educación. El ejemplo más reciente y contundente llega desde Alemania, donde la nueva coalición ha aprobado recortes sanitarios y de prestaciones de una magnitud no vista en décadas, mientras financia un programa de rearme sin precedentes. La sostenibilidad del Estado de bienestar no depende solo de los números, sino también de si los ciudadanos confían en que el sistema es justo y en que quien lo gestiona lo hace honestamente. Sin esa confianza, el modelo se vacía antes de desaparecer.



